sábado, 24 de octubre de 2009
Los hay
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domingo, 18 de octubre de 2009
Visiones de todos
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martes, 28 de julio de 2009
Cegamos por vacaciones
Los visionarios volvemos a colgar el cartel de "Cegados por vacaciones" (Sólo hay algo peor que un mal juego de palabras: repetirlo).
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sábado, 18 de julio de 2009
Desperté en Pekín (Visiones que casi se cruzan)


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domingo, 21 de junio de 2009
En el andén de la duda
lunes, 8 de junio de 2009
El ruso que quería ser chino
Era alto y delgado, tan blanco como los perros de Siberia, y cuando entraba en clase el aula se llenaba de silencio. La única que parecía tenerle cierto aprecio era la profesora, que admiraba la disciplina y dedicación de su único estudiante ruso, un hombre que presumía de saberse de memoria las 50 primeras páginas del diccinario chino publicado por la editorial Xinhua.
Un vistazo a sus libros era suficiente para comprender su método de aprendizaje: el vocabulario a estudiar lo tenía subrayado en fosforito amarilllo, la gramática en azul y las estructuras fijas en verde. Todo este arco iris de estudio le servía para reconocer cada carácter, cada uno de los trazos, y para mostrarse casi imbatible ante cualquier pregunta de la profesora. Pero si sus compañeros de clase le odiaban no era sólo por su enfermiza obsesión con el chino: en un ambiente internacional en el que casi todos utilizaban el inglés en los descansos y después de clase, el ruso se mantenía siempre en las fronteras del mandarín. Algunos comentaban que esta actitud era herencia de la Guerra Fría y el enfrentamiento con el mundo anglosajón, y a juzgar por sus enfados cada vez que algún chino le intentaba hablar en inglés, era evidente que no era precisamente un fan de la CNN.
De hecho, su interés por el chino comenzó gracias al ejército del Partido Comunista, en la época en la que éste todavía no había llegado al poder y se encontraba en las montañas de la provincia de Shaanxi. Los comunistas habían inventado un juego que a él le llegó muchas décadas después a través de su versión en inglés (imagínate su cabreo) bajo el título de “Know the characters”, y que tenía como objetivo alfabetizar a los soldados comunistas. Eran un total de 600 tarjetas donde los estudiantes debían adivinar y reproducir el caracter chino insinuado. Él se tomó el juego con tanto interés que las primeras expresiones que aprendió en chino fueron “abajo con los japoneses”, “muerte al Kuomindang” o “viva la revolución proletaria”. A sus 23 años, decidió abandonar su carrera de ajedrecista profesional en Moscú para estudiar chino en Pekín.
Los pocos españoles que le conocían le llamaban “el ruso loco”, y por todos era sabido que era tan tacaño con el dinero como generoso en sus horas de estudio. De todos los edificios de la Universidad, vivía en el más cutre (aunque nadie conocía a sus compañeros de cuarto, lo cual alimentaba todo tipo de leyendas entre los estudiantes) y a la hora de comer siempre escogía la opción más económica. No era sólo una forma de ahorrar dinero, sino también de sentirse más chino. Porque ésta era en realidad su misión en Pekín.
Después de cuatro meses en China, comenzó a tener la sensación, las pocas veces que se miraba en el espejo, de que sus rasgos rusos se iban difuminando en un rostro oriental. Llevaba más de 120 días concentrado en el estudio del chino, no había pronunciado una sola palabra en ninguna otra lengua (ni siquiera llamaba a sus padres por teléfono) y sus contactos con otros extranjeros se reducían a la obligatoriedad de las clases. Por eso, comenzó a sentir como su pelo se volvía negro y lacio, sus ojos se oscurecían y su nariz se metía hacía dentro. Incluso tenía la sensación de haber encogido unos centímetros. Ahora, cada vez que pensaba en el ser humano en general, siempre le veía con rasgos orientales. Cuando recordaba las calles de Moscú las encontraba llenas de chinos que a paso acelerado salían del metro o entraban a trabajar. Su ex-novia rusa, que había sido modelo para una famosa marca de cosméticos, se había vuelto mucho más delgada y sus pechos reducidos a la mitad. Incluso sus padres, en el recuerdo, se habían convertido en padres chinos.
Al día siguiente, su nueva vida de chino le esperaba.
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Dani
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lunes, 25 de mayo de 2009
Flores y consuelo
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martes, 19 de mayo de 2009
El despistado
Era un chico desastroso, pero le caía bien a todo el mundo. Por el campus circulaban numerosas anécdotas sobre sus despistes: desde ir a clase en zapatillas (al fin y al cabo, las residencias estaban muy cerca de las aulas) hasta darse cuenta ya durante la comida de que se había puesto los vaqueros sobre el pijama. Sus compañeros de cuarto (5 en total) eran los que más historias suyas hacían circular por la Universidad: su armario parecía un burdel y sus calzoncillos (de cuadros y colores, comprados por cuatro yuanes en el Carrefour de China) estaban colgados en perchas por toda la habitación.
No es que le gustaran sus calzoncillos (de hecho, siempre pensaba que si se los siguiera comprando su madre le iría mucho mejor), pero su vagancia le llevaba a no guardarlos en el armario. Cada vez que alguien le preguntaba por este despiste, él respondía con una explicación muy racional que no convencía a nadie: “así me ahorro un montón de tiempo: no tengo ni que colocar los calzoncillos en el armario ni que buscarlos a la hora de ponérmelos. Prefiero emplear el tiempo en cosas más importantes”.
Por supuesto, nunca hacía la cama (en realidad llevaba durmiendo en un saco de dormir desde los 15 años) y solía limpiar su parte de la habitación una vez al mes. Detrás de este aparente desdén por la limpieza, lo cierto es que disfrutaba de ella más que ninguno. Su teoría era que limpiar todos los días no tenía sentido, ya que uno no podía comprender la limpieza sin sufrir la suciedad. Sin duda alguna, el único día del mes que limpiaba la habitación era la persona que más disfrutaba del orden.
Dentro de todo este desastre, su vida estaba llena de una envidiable vitalidad y de actividades fascinantes (o así se lo parecía a él). Cuando algo le motivaba de verdad era capaz de ser el más meticuloso de los profesionales. Los profesores de historia le conocían por su seriedad a la hora de consultar las fuentes y su empeño en la redacción de los trabajos. Sus compañeros de cuarto sabían que nunca les devolvería los pocos yuanes que les pedía prestados de vez en cuando, pero que cuando cocinaba lo hacía con tanto esmero, con tanto cuidado en las proporciones y sabores, que ninguna de las cantinas de la Universidad podía igualar sus platos.
Era tan despistado, que hasta que una mujer no le plantaba un beso en los morros él nunca se daba cuenta de sus intereses amorosos. Ya le podían pasar poemas de amor entre clase y clase o pedirle un paseo a las diez de la noche por el lago de la Universidad; él nunca adivinaba que ellas se morían por estar con él, de la misma forma que siempre se perdía por los pasillos del metro. Y era precisamente este aire de hombre despistado lo que le reportaba un harén de mujeres a su alrededor; todas queriendo llamar la atención de un hombre que parecía imposible porque prestaba atención a muy pocas cosas.
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Dani
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Etiquetas: despistado, pekín, personajes
