domingo, 21 de junio de 2009
En el andén de la duda
lunes, 19 de enero de 2009
La ciudad nevada (Madrid tranquila)
Bastó una mañana de copos, unos centímetros de nieve para que en Madrid cuajara la tranquilidad. La ciudad se convirtió en el patio de un colegio. Con euforia en las puertas de las oficinas que hacía regresar las ganas de ser travieso, una nostalgia alegre en las ventanas de los jubilados, asombro feliz en las salidas del metro.
las siluetas encogidas y difuminadas de los abrigos
(hasta los escaparates del Corte Inglés parecen inofensivos)
un perro que sale del portal y queda extasiado
los faroles de la calle Preciados que tintinean en la niebla como lo hacen en los pueblos
en esa calle, cuando ya sólo quedan las estelas de la muchedumbre, un guitarrista toca para nadie (es decir, para él mismo). Hasta que alguien se para y: la música, el frío en las manos del guitarrista, la vuelta a casa con desvío, las decisiones de sus vidas, y el mundo en general cobran sentido
lunes, 15 de diciembre de 2008
Presencias (Esculturas de Madrid)
Federico García Lorca ve pasar el mundo encogido en la plaza de Santa Ana. Humilde, como si lanzara al aire una paloma a cada rato. Su rutina son frívolas conversaciones en las terrazas de al lado, niños jugando de un modo siempre único en columpios formato estándar, y jóvenes que creen que emborracharse y gritar -sin más- es trasgresor. De vez en cuando, se le dibuja un atisbo de sonrisa, un reflejo en su pupila. Se reconoce en el caminar de una muchacha, en un viejo que mira los tejados, y siente así que le han matado un poco menos.
En plena Castellana, una diosa griega se tira de los pelos ante la incesante barbarie del tráfico. Al lado, una de esas gordas insulsas de Botero sigue recostada, mirándose en un espejo diminuto, dando a entender que la vida es, sobre todo, cómo uno se lo tome.
Quevedo tiene celos de las oficinas de publicidad que hay en su plaza. Observa sin inmutarse, pero decepcionado, lo que pasea por delante. Y cuando por fin no se oyen pasos en Chamberí baja a ver los periódicos que se acumulan en la trasera de los kioskos antes de que abran. Y enseguida vuelve travieso a su pedestal y se le ocurren discursos, pareados, editoriales, cartas como ganchos en el estómago. Tanta carnaza de marrano pide a gritos la lamina hiriente de su afilada pluma.Una chica de bronce indecisa, recién salida del instituto, (o puede que del primero año de Bellas Artes o Arquitectura, por el tamaño de su carpeta). Su mirada se pierde para alcanzar nuestras dudas. Nos pregunta el por qué de nuestro paso apresurado. Y si le das tiempo a su inocencia, nos puede hacer ver hasta qué punto nos traicionamos, cuánto hicimos aquello que detestamos y dijimos que nunca haríamos Y sin abrir la boca, te pregunta en qué momento dejaste de ser adolescente, qué primer día creíste que no todo se podía cambiar, y los besos dejaron de ser puros. O no.
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lunes, 27 de octubre de 2008
Vuelve Visiones
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Dani
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miércoles, 2 de julio de 2008
Terrazas de Madrid
Se hizo esperar la primavera. No llegó hasta los últimos días de junio tras unas lluvias intermitentes de aspecto monzónico. Y así se habían acumulado durante meses las ganas de ver pasar el rato en las terrazas.Pero ya está. Han florecido las mesas en las alamedas, las sillas de metal incandescente a mediodía, las sombrillas con publicidad de refrescos sin más vista que la acera de enfrente, sin más brisa que la que sale de los tubos de escape. En Madrid, con eso basta, y ya no se irán hasta que octubre vuelva a poner los abrigos en su sitio.
Por todas partes, en las aceras amplias y apurando los chaflanes, Madrid se quita el stress como quien deja una chaqueta en una silla: en la ovalada Plaza de Olavide, en los kioscos verdes del Retiro, frente al horizonte en las Vistillas o lavapieseando en Argumosa (hay que volver a La Revuelta). En la ya rendida al diseño 2 de Mayo, en Latina en cada esquina, en la Goya pija y en la Usera proletaria. Con sus aceitunas pa empezar, su caña o su clara con casera, su tinto de verano y su pinchito bueno.
La ciudad celebra la jornada continua (¡libres a las 3!), y desde el bostezo de la siesta Madrid toma el tiempo de las conversaciones interminables de París, el desenfado de las discusiones con tés humeantes de Estambul. Y si te lían, el tiempo se alarga en el cielo con azules fluorescentes, y la noche parece no cerrarse nunca para puedas tomarte la penúltima.
En las terrazas de Madrid, por fin, un no-hacer-nada que da sentido a todo. Cerrar los ojos en el primer sorbo para dejar de mirar el reloj por unas horas. El espejismo de libertad que te hace sentir el aire libre. Parece mentira, bastaba sólo eso: unas mesitas de plástico en plena calle, una cerveza en jarra fría, una conversación sin prisas, para que Madrid se convirtiese en un lugar donde poder vivir.
PD: Y luego dirán que jode pagar el suplemento-terraza.
lunes, 2 de junio de 2008
Las manos
No entiendo nada. La gente me mira raro por la calle. Yo soy la misma, pero parece que no quieren aceptarlo. Como ahora, como ese jovenzuelo del asiento de enfrente que se ha quedado pensativo mirándome las manos. Él no se ha dado cuenta de que yo me he dado cuenta que él se ha quedado 4 paradas fijándose en mis manos, comparándolas con mis zapatos, mi vestido y mi cara. Mis manos que he tenido toda mi vida. Cuando se baja, las vuelvo a mirar para ver si descubro algo extraordinario, pero yo no veo nada raro. Parecía simpático, si lo volviera a ver le preguntaría qué le interesó tanto. Era como si nunca hubiera visto unas manos como las mías. ¿En qué estará pensando ahora? Sé que un poco le gustaron, aunque también le dieron como miedo, como vértigo. Mis simples manos. Se fue como pensando en sus problemas por mi culpa. Me gustaría hablar con él para saber en qué pensaba, y decirle que esas son mis manos de siempre, que no son más que eso, unas manos. No me acuerdo cuando empezó todo esto. Supongo que sería poco a poco, y que al principio no me daría ni cuenta. Pero ahora sucede cada vez que salgo a la calle, y peor aún, ya lo noto en mi propia casa, en mi familia. Ni siquiera me escuchan, pero cuando hago las croquetas de toda la vida, bien que se ponen contentos. Porque yo soy la misma; vale que no esté como antes, y que ya no pueda hacer ciertas cosas, pero no sé por qué tienen que mirarme así. En cuanto ven mis arrugas, es como si me prohibieran hacer nada, sentir nada. A mi edad que no te dejan ni enamorarte en el metro, como he hecho toda mi vida.
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lunes, 31 de marzo de 2008
Un barco en Madrid
La Calle Barco quiso zarpar de una plaza donde, en vez de olas, se escucha el murmullo de los botellones exiliados. Una plaza con regusto a Venecia en las costas de Malasaña (vaya usted a saber por qué). Ése es el puerto de la única calle de Madrid con aspiraciones oceánicas.
Calle Barco es una goleta de madera, de esas de una época. Siempre atracada en pleno centro, sólo puede verse de noche, porque son las farolas las que marcan precisas la curva del casco. En los camarotes de las primeras plantas cuelgan las enrededaderas y las macetas sonrientes. De ahí se escapan viejas canciones portuarias, venidas de todos los mares. Y los piratas de fin de semana se marean por culpa de un ron de garrafón y vomitan en cubierta, y los grumetes mean aliviados sin contar con la acción del viento.
En Barco, de proa a popa: un Restaurante ecuatoriano, Café el torero, frente a Moda regalos y Hostal Mozart, al lado de Hnos. Conejero reformas en general, que comparte pared con Bar García. Máquinas de punto, junto a Lavandería autoservicio Alba, Panadería y lácteos, Bar and Company, que está en frente de Talleres Céspedes, un Sex- Shop, y en el camarote del Capitán, Peluquería Zarana y una Clínica dental. Es decir, todo lo necesario para una navegación alegre, una felicidad de andar por casa.
Sin embargo, la goleta naufraga a unos metros de la gloria de Gran Vía. Barco no aguanta la tormenta, y la madera cruje entre las olas concéntricas de las cucharas donde se cuecen el crack y la heroína. La tripulación se resigna al naufragio antes de partir, a vivir sin rumbo en la única goleta que ni siquiera llegó a ver el mar.
Y ahí está este Barco, encallado en medio de Castilla. A pesar de su fortuna esquiva, si pasas por la esquina de su proa, un mascarón te enseñará sus pechos, presumirá de labios, igual que esas esculturas de bronce que surcan el océano. Tú seguirás de largo, con el paso y el aliento entrecortado. En cambio ella acepta su destino travestido, el naufragio al iniciar la travesía, cuando el viento la condujo a la calle Desengaño.
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lunes, 17 de marzo de 2008
Cercanías de Madrid
En el aire se toca el cansancio, las horas extra, los descansos de un pitillo con prisas, la cena de anoche recalentada en el táper. En el vagón de vuelta del tren de Cercanías, las oficinas cuelgan de los párpados, los jefes se agolpan en los hombros, el ordenador deja la misma marca que los ladrillos. Las secretarias, los camareros, los directivos, los albañiles, se sientan con sus fotocopias, sus bandejas, sus decisiones y sus carretillas, aún a cuestas.
Las cabezas asienten vencidas por el mínimo traqueteo, pensando en el mismo sofá, en la bienvenida universal al llegar a casa, en el descalzarse, idéntico en todos los idiomas. Y como se contagian los bostezos, la euforia en los estadios, o se reproducen las caricias, del mismo modo, se van mezclando los sueños que entran cada vez que alguien mira por la ventana.
Por eso, en los vagones de vuelta, también revoltean las nostalgias, los futuros que cumplimos a medias. El de al lado nos pasa sus miedos y su dolor de cabeza. Al abrirse las puertas, huiremos como hormigas. Pero antes, el vaivén ya habrá removido las ideas, habremos dado nuestras ilusiones al vecino, nos habrán pasado una duda con un roce entre codos.
Al igual que los olores, se mezclan las emociones. Y en el trasbordo iremos preocupados, sin saberlo, por aquel sobrino de Colombia, por ese mejor amigo que decidió quedarse, por las malas notas de un hijo, con el meláncolico jet lag de la azafata, recordando el primer día en la obra de un ingeniero polaco... y seguimos andando confundidos, como si llévaramos los zapatos de otro, un número más pequeño.
Eso es Madrid, así es la vida en las grandes ciudades, con sus inevitables cercanías.
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lunes, 21 de enero de 2008
Bostezos de Madrid
No está mal madrugar en Madrid, uno se siente acompañado. De lunes a viernes, hay un tiempo en el que la ciudad se despereza, estira los brazos. Sale de los portales, apura el café, ojea el periódico, se quita las legañas. Las luces son débiles, y Madrid marcha resignada a la obligación, deambulando encogida a ritmo de bostezo.
Los niños de todas las pieles revolotean a las puertas de los colegios, tras despedirse de sus padres en doble fila. En el metro, hay quien improvisa una almohada colgando el brazo de la barra. Otros leen medios capítulos de novelas y reglamentos. Junto a estudiantes que repasan las características del arte visigodo mientras escuchan sus ipods. Los tornos se presentan como los brazos ejecutores del pensamiento único -por donde todos pasamos-, y uno acaba sintiéndose en un hormiguero sin salida.
Pero en medio de esos bostezos pragmáticos, surge el empeño por seguir siendo humanos. Muchos aguantan las pesadas puertas del metro hasta que llega el siguiente. Un camarero, convertido en héroe, devuelve el cambio con un “que pases un buen día”, aliviando la barbarie que supone desayunar en un transbordo. Y desde las ventanas del Cercanías miramos las luces que se apagan, nostálgicos de nadie sabe cuándo.
Algunos madrileños, nietos de campesinos, todavía creen escuchar el sonido del gallo al despertar. Los funcionarios se aferran a las sábanas como en su primer día de colegio. Al abrir los ojos, cada uno piensa en su idioma, y se da cuenta que soñó con las expresiones de su barrio. En los bares Antonio lo de siempre, y el kioskero resume la actualidad con refranes centenarios. Enfrente, un desconocido se despereza, y al cruzarse las miradas somnolientas dan ganas de saludarse.
La capital bosteza, y en ese gesto enseña los pueblos que lleva dentro.

En cambio, en la mañana del domingo la vida es siempre tan reciente, tan croissant, tan a rayas. Con esa luz de seda a punto de romperse. Y es ahí cuando suceden los milagros, los abrazos infinitos, el amor en los portales; y al final del Paseo, un primer beso envuelto en bicicletas, como dos submarinistas en medio de un banco de peces plateados.
lunes, 3 de diciembre de 2007
La ciudad ocupada
La ocupación sucedió deprisa, cuestión de semanas. Profunda e inevitable como un cambio de estaciones. Y con más dolor que miedo. Con más miedo que lamento. Indefensa, la ciudad aceptó su propia conquista.
La ciudad fue ocupada desde el primer bostezo hasta el vaivén de los columpios inútiles por la noche. Invadida en sus últimos rincones: la estela de las bicicletas, la corteza de los árboles, el borde de las almohadas. La ocupación se colaba entre las rendijas que dejan abiertas las canciones, los diálogos de las novelas. Se apoderó de la espera en los andenes y el perfume de castañas. Incluso cambió el alma de las calles, como hace la nieve con los parques. Y como pasa siempre cuando nieva, pareció que todo sucedía por primera vez.
El caos tomó la ciudad. La invasión instaló túneles de tiempo como otra red de metro. Las ventanas de las buhardillas reflejaban el futuro. En los restaurantes indios el postre se tomaba en Calcuta. Y en la confusión, podías quedarte encerrado en una caja de galletas, mientras paseabas distraído por el centro.
En las plazas no cabía otro recuerdo. No podías sentarte en ningún banco, ir a ningún teatro, porque estaban repletos de suspiros. El ejército había tomado posiciones en las salidas del metro, en los miradores y los tejados, en cada camino de vuelta a casa; y por la tarde disparaba con el viento, camuflado entre los destellos de las hojas.
Sólo quedaba rendirse sin condiciones. La ciudad estaba ocupada. Toda Madrid asediada por un solo deseo, una sola piel, una sola ausencia.
“tú me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas”
Silvio Rodríguez
lunes, 19 de noviembre de 2007
Tiempo de merienda
“Para leche cuatro, dos crema y un gordo” = Cuatro cafés con leche, dos napolitanas de crema (buque insignia del local) y un auténtico rascacielos en materia de bizcochos. Es el código La Mallorquina, recitado entre el tintineo incesante de platos y cubiertos. En una esquina de la Puerta del Sol, Madrid se ha detenido durante más de un siglo para el desayuno llegando tarde, el café de media mañana, la merienda interminable y llevar unos dulces a la cena de esta noche.
En La Mallorquina media docena de camareros, con su desdén medido, su sobriedad castellana. Con la pajarita torcida y el blanco de la chaqueta rígida que envejece al ritmo de sus dueños. “Para llevar en la otra barra”, donde los pasos de anudar las bandejas respetan una tradición pragmática e inviolable, aunque ahora la ejecuten chicas que nacieron en Varsovia o al otro lado del Atlántico. Y todo tiene una elegancia castiza, casi cutre, de tía-abuela recibiendo visita...
SALA OCUPADA, advierte el cartel colgado en la barandilla de la escalera. Arriba los camareros sortean las mesas, resignados y orgullosos. Y tras la cristalera, la ciudad está tan lejos. Por una vez Madrid anda despacio, y la tarde dura un cotilleo, y qué bien que nos vimos, esto hay que hacerlo más a menudo, y cómo se pasó de rápido (al ver que se encendieron las farolas), pues anda que no hablamos… Y se habla hasta que los problemas se desmigajan como el hojaldre, y la vida reposa como las cucharas en los platos.
Porque la merienda parece mejorar al hombre, devolviéndole un tiempo donde están prohibidos los relojes. En La Mallorquina las señoronas con abrigo de visón -de todo a cien- se vuelven tiernas mojando el bizcocho en chocolate. Nadie puede ser malo con el bigote lleno de espuma de café. El olor de la última bandeja de croissants aplasta la artificialidad de los perfumes, hace olvidar las hipotecas. Y los ejecutivos dejan atrás la prisa saboreando tartas rellenas del recuerdo de sus abuelas. Es la hora de la merienda. Nunca la burguesía fue tan entrañable.
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lunes, 5 de noviembre de 2007
Las cosas del Rastro
En el Rastro hay un manco que toca la guitarra con un garfio. Y una banda de kurdos obliga a bailar al que se acerca. Hay espejos encantados, elefantes de porcelana, postales del Papa fumando un porro, alfombras místicas. También hay teléfonos de ruedita, clavos centenarios y los costureros que heredaron todas nuestras abuelas. Y alrededor de cada objeto, la estela de las manos de sus primeros dueños.
A las 7 hay una gitana que se enfada con los palos de metal de su chiringuito. Hay un hombre que ha esperado toda la semana para encontrar un último sello, aunque luego se ponga a ojear portadas amarillentas del Interviú (hay que ver qué buena estaba la Carmen Sevilla). Al lado de mujeres que gritan bragas a dos euros, que escandalizan a escritores disfrazados de escritores buscando las primeras ediciones de sus libros.
El Rastro está a la última: hay cartuchos de tinta pirata, y un boliviano recién llegado llora cuando tropieza con los pantalones que vendía en el mercado de su pueblo. En cuatro calles conviven colecciones insensatas, armaduras medievales (6.000 euros), y un judío barbudo vende estrellas que se transforman en coronas que sirven como pulsera, y que en verdad son pelotas de alambre. Y cintas blancas de un concierto de Los Panchos, y manos en los bolsillos para que las carteras no cambien de dueño.
En el Rastro, de empalmada, una macarra que empezó anoche con kalimocho en Malasaña, se ha convertido en princesa sólo por querer probarse un vestido verde de otra época. Y un grupo de mochileros austriacos, que no entiende nada pero esto les encanta, perderán el avión por tomarse la penúltima. Al lado de Juan, que pide lo de siempre, extrañado porque es la primera vez que va al Rastro sin su hija. Y cómo pasan los domingos, que de pronto son años…
Y poco a poco se apaga el murmullo del comercio, y a media tarde sólo quedan plásticos y cartones solitarios, panfletos anarquistas y dietéticos, y si hace viento forman remolinos con la publicidad del restaurante vegetariano de los hare cristnas. Y a pesar de la brisa, el aire es pesado, tristón; por culpa de los fantasmas de las cosas del Rastro, que se quedan paseando nostálgicos por las calles de Madrid.
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lunes, 29 de octubre de 2007
Despertar en Madrid-Pekín
Bostezamos. Estiramos los brazos. Un poco sin saber dónde estamos. Aún borrosos, abrimos los ojos para encontrarnos. Lo primero es comprobar que todavía tenemos piernas, y brazos y ombligo, y la curiosidad de saber qué hay detrás de la siguiente esquina. Y ganas de contarlo.
Nos despertamos con París y Florencia aún en la retina. En sus calles nacieron nuestras Visiones, aunque este proyecto no podía quedar recluido a dos lugares. Ni tan siquiera a dos personas. Visiones no es una moda pasajera ni un accidente en la autopista: es una forma de mirar a la carretera. Por eso, el cuerpo, de forma natural e incontrolada, nos sigue pidiendo lo mismo: más lugares, más cafés, más personas y más vidas. Por eso nuestros ojos se siguen abriendo a las ciudades que vivimos, y a nosotros dentro de ellas. Porque, como dijo un poeta, «un hombre es la ciudad/ en la que viven otros hombres».
Este año nuestras miradas se detienen en terreno familiar -Madrid- y sienten el vértigo de adentrarse en lo desconocido. De alguna manera, todos habíamos estado en Florencia y París. Pero ahora nos enfrentamos al reto de descubrir Pekín, esa ciudad casi mitológica que muchos piensan que ni siquiera existe. Donde las letras se convierten en trazos y los tenedores en palillos. Una ciudad donde vivir otras vidas parece una obligación. Un Pekín que está a miles de kilómetros de Madrid pero que cada día parece estar más cerca. En esta página intentaremos que ambas lleguen a confundirse.
Por eso nos convertimos en Daniel Pekín y Alberto Madrid. Castizos y exóticos, cañas y karaoke, bambú con calamares; rascacielos zen y Lavapiés. Para compartir la emoción que nos dejan los escenarios donde se viven nuestras vidas. Las miradas que nos arañan el alma. Aquel instante donde todo se convirtió en otra cosa.
Cada lunes presentaremos una VISIÓN. A ver si somos capaces, por un ratito, de vivir en la ciudad del otro. Con imágenes que recojan el espíritu de los espacios, frases donde se escuche el murmullo de los mercados, y vídeos que muestren un pedazo de vida. ¿Multimedia? Por supuesto. Pero sin renunciar a la palabra como el modo más profundo en que los hombres cuentan sus emociones.
Tomamos aire, y salimos a la calle…
ya estamos en busca de nuevas VISIONES.
Alberto Madrid
Daniel Pekín
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Dani
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