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lunes, 22 de febrero de 2010

sábado, 18 de julio de 2009

Desperté en Pekín (Visiones que casi se cruzan)


Al día siguiente, me desperté sudado en Pekín.


Yo siempre había imaginado llegar en tren -y no en sueños- con todo el tiempo que el Orient Express me dejase en sus 8 días y 8 noches desde San Petersburgo. Con el desierto del Gobi y las estaciones de madera de cada pueblo estepario para permitirme darme cuenta del viaje, de la magnitud del destino.

En cambio, desperté en Pekín empapado bajo unas sábanas de seda, con un ventilador que sólo removía el sopor de la habitación de hotel. Me reconocí aturdido, como después de una mala siesta, sin cuerpo para comenzar la jornada del sutil oficio de viajero.

Casi me molestaba estar en China sin haberme preparado. ¿Por dónde empezar cuando llegas a otro mundo? ¿Hacia dónde dar los primeros pasos cuando te encuentras, por sorpresa, en otro planeta?

En los sueños tampoco eliges, y no estaba en un hutong tradicional como hubiera elegido siempre, sino en un hotel que había sido moderno hace 20 años, construido sobre el cementerio de un barrio derribado.

Bajar a la calle parecía una obligación, pero la pereza se había hecho fuerte, como si los sueños también tuvieran su jet lag. Así que decidí asomarme a la ventana, y contemplar desde la distancia los primeros rostros orientales, las luces de neón intermitentes, los gestos pausados en medio de un ritmo que algún dios parecía haber acelerado.

Con la frente pegada a la ventana, pensé una estupidez, quizás verdadera: son distintos los chinos en China. En vez de las sonrisas forzadas de camareros y dependientes, aquí reían a carcajas. Caminaban, hablaban, vivían con una seguridad extraña para mí, como si supieran que aquella tierra, aquellas formas les pertenecían desde milenios. Entendí que estaba frente a otro mundo, y entonces, el extraño era yo.


Volví a la cama, a reflexionar boca arriba, a ritmo del ventilador, qué carajo podría significar eso de cultura milenaria. (Supongo que me faltaban las horas de tren en la estepa para hacerme una idea).

Y ya no me dio tiempo de salir a la calle, de oler las especias de los pinchos en las parrillas callejeras, de tomar té con ancianos en patios lejos de todo, de relajarme viendo hacer tai chi en los parques, o de fijarme como un maniaco en los hombros de las mujeres, de que me atropellaran mientras iba distraído en bicicleta, y de encontrarme con mi amigo…


No importa. Desperté en Pekín. Había estado en China. Eso bastaba.

martes, 19 de mayo de 2009

El despistado

Era un chico desastroso, pero le caía bien a todo el mundo. Por el campus circulaban numerosas anécdotas sobre sus despistes: desde ir a clase en zapatillas (al fin y al cabo, las residencias estaban muy cerca de las aulas) hasta darse cuenta ya durante la comida de que se había puesto los vaqueros sobre el pijama. Sus compañeros de cuarto (5 en total) eran los que más historias suyas hacían circular por la Universidad: su armario parecía un burdel y sus calzoncillos (de cuadros y colores, comprados por cuatro yuanes en el Carrefour de China) estaban colgados en perchas por toda la habitación.

No es que le gustaran sus calzoncillos (de hecho, siempre pensaba que si se los siguiera comprando su madre le iría mucho mejor), pero su vagancia le llevaba a no guardarlos en el armario. Cada vez que alguien le preguntaba por este despiste, él respondía con una explicación muy racional que no convencía a nadie: “así me ahorro un montón de tiempo: no tengo ni que colocar los calzoncillos en el armario ni que buscarlos a la hora de ponérmelos. Prefiero emplear el tiempo en cosas más importantes”.

Por supuesto, nunca hacía la cama (en realidad llevaba durmiendo en un saco de dormir desde los 15 años) y solía limpiar su parte de la habitación una vez al mes. Detrás de este aparente desdén por la limpieza, lo cierto es que disfrutaba de ella más que ninguno. Su teoría era que limpiar todos los días no tenía sentido, ya que uno no podía comprender la limpieza sin sufrir la suciedad. Sin duda alguna, el único día del mes que limpiaba la habitación era la persona que más disfrutaba del orden.

Dentro de todo este desastre, su vida estaba llena de una envidiable vitalidad y de actividades fascinantes (o así se lo parecía a él). Cuando algo le motivaba de verdad era capaz de ser el más meticuloso de los profesionales. Los profesores de historia le conocían por su seriedad a la hora de consultar las fuentes y su empeño en la redacción de los trabajos. Sus compañeros de cuarto sabían que nunca les devolvería los pocos yuanes que les pedía prestados de vez en cuando, pero que cuando cocinaba lo hacía con tanto esmero, con tanto cuidado en las proporciones y sabores, que ninguna de las cantinas de la Universidad podía igualar sus platos.

Era tan despistado, que hasta que una mujer no le plantaba un beso en los morros él nunca se daba cuenta de sus intereses amorosos. Ya le podían pasar poemas de amor entre clase y clase o pedirle un paseo a las diez de la noche por el lago de la Universidad; él nunca adivinaba que ellas se morían por estar con él, de la misma forma que siempre se perdía por los pasillos del metro. Y era precisamente este aire de hombre despistado lo que le reportaba un harén de mujeres a su alrededor; todas queriendo llamar la atención de un hombre que parecía imposible porque prestaba atención a muy pocas cosas.

lunes, 4 de mayo de 2009

El buscador de tesoros

Recorría las callejuelas de Pekín en busca de olores antiguos, del tacto de madera carcomida, de los gusanos cuyas familias llevaran más tiempo vagando (como él) por el subsuelo de la ciudad. Pateaba Pekín en un meticuloso plan que acotaba las zonas en manzanas e incluía un recorrido de norte a sur y de este a oeste, una forma de rastrear la ciudad barrio a barrio, calle a calle, esquina a esquina. El problema era que su nariz era su brújula, y que los planes que había trazado el día anterior con tanto esmero se truncaban cuando descubría un plato milenario cocinado frente a un antiguo templo budista; un perro sucio a las afueras de la ciudad que olía tan mal como lo había hecho Pekín hacía 200 años; el olor a quemado de unos mapas centenarios que se habían consumido para siempre en el frío invierno de la capital.

De todos los lugares de Pekín, donde empleaba más tiempo era en torno al lago Houhai. Había descubierto este barrio al seguir el rastro de un abuelo que paseaba con el pecho descubierto y bañador ajustado en una de las calles adyacentes. Aunque muchas de las casas de la zona habían sido reconstruidas y los fines de semana este lago se llenaba de extranjeros que apuraban sus cervezas bajo letreros luminosos, el agua tibia, oscura y maloliente de antaño era todavía perceptible para una nariz afilada como la suya. Probablemente el agua no era centenaria, pero de sus profundidades, del poso del lago, él sentía el tufo originario de la ciudad. Para él, todos los olores provenían de aquí.

En su búsqueda de este Pekín antiguo, se cansó pronto de los museos (en realidad nunca le interesaron, olían demasiado a museo) y se lanzó con entusiasmo a husmear en el interior de las casas pequinesas. Siempre había sentido una limitación en sus caminatas: podía pasear por toda la ciudad, meterse en restaurantes y recoger tierra entre las grúas que construían las nuevas estaciones de metro, pero las viviendas seguían restringidas. No era fácil (incluso para un hombre tan tenaz como él) entrar en los hogares. Y, sin embargo, sentía que ahí podía estar el misterio del antiguo Pekín. Bajo las cuatro paredes de las casas pequinesas estaba seguro de poder encontrar más olores, más sensaciones, probablemente las más auténticas de la capital.

Por eso, después de recuperar viejos amigos con miles de excusas y la única intención de visitar sus casas, decidió que la mejor forma era buscar piso: así consiguió entrar en numerosos hogares, siempre con el ¿cuánto por un mes? fingido de quien busca una habitación de alquiler. En un día podía llegar a visitar hasta 15 casas distintas. Aunque muchas de ellas eran decepcionantes por su olor a sofá recién comprado y productos de limpieza, de vez en cuando encontraba auténticas perlas, casas casi derruidas, con goteras, insectos, el tradicional patio interior pequinés y ladrillos desnudos donde rascar sus uñas. Era entonces cuando le mostraba mayor interés al casero, se perdía en las tuberías malolientes del baño, se regocijaba con el carbón de las calderas y frotaba su cara disimuladamente en las puertas de madera llenas de manchas de pintura y astillas.

Otra de las ventajas de Pekín era que a la gente no le extrañaba comer gusanos: él recogía los que tenían cara de viejos, aquellos que había encontrado en casas abandonadas en el centro de la capital, los que olían a la habitación de su bisabuelo. Después se los llevaba a uno de los ancianos que cocinaba en la calle, justo en la esquina de su casa, y le pedía que se los friera sin ningún tipo de condimento. Cuando comía esos gusanos sentía un recital de sabores y olores atravesando su cuerpo, una especie de vuelta al pasado de Pekín, lleno de alucinaciones de calles reconstruidas, personajes sacados del pasado y olores asquerosos de otro tiempo.

Y cuando alguien le preguntaba porque hacía todo esto, porque su vida se había convertido en una búsqueda de casas abandonadas, almuerzos a base de gusanos con cara de tercera edad y obsesivas búsquedas en Internet sobre la casa más antigua de la ciudad, él siempre respondía lo mismo: “Me encanta cuando las cosas huelen a viejo”

miércoles, 1 de abril de 2009

Descubriendo Pekín

Aunque llegar a China supone volver a la guardería, con el tiempo uno comienza a reconocerse en sus ciudades, a llenar cada esquina con una anécdota, a distinguir acentos.




Uno se levanta por la mañana y ya no se sorprende al salir al patio de su casa, ni le parece extraño ir a la universidad en bicicleta. Desayunas té, saludas a la vecina que vende flores en la acera de enfrente y cruzas la calle con los semáforos en rojo con la naturalidad de un local.




Uno se siente cómodo cuando le llaman por su nombre chino (incluso parece que suena mejor) y escucha la radio por las mañanas para estar al tanto de las nuevas canciones chinas.




Las luces de neón y los karaokes se han convertido en parte de tu vida (y ya no recuerdas un mundo en el que no lo fueran).




Ahora, cuando hay que empujar para subir al autobús, tú eres el primero.
Pekín toma forma.




Por suerte, cuando comienzas a comprenderlo todo, cuando crees ver la ciudad tal y como es, aparecen nuevos misterios. Pekín no se acaba nunca.




lunes, 12 de enero de 2009

La ciudad transformada

Cuando se despertó, Pekín había cambiado. Así, de la noche a la mañana. Como si un grupo de tramoyistas hubiera estado trabajando toda la noche y hubiera cambiado el escenario. En algún rincón del teatro quedaron los edificios grises, las sucias avenidas y el cielo contaminado; en su lugar, las cortinas del teatro parecían nuevas, de ese rojo brillante de estreno, y el cielo era tan azul (tan azul cielo) que parecía haber sido pintado con brocha gorda por un niño de cinco años.

Si algo había detestado de Pekín, eso eran las enormes urbanizaciones que poblaban la ciudad con edificios de más de quince plantas. Y, sin embargo, desde aquella noche, comenzó a ver algo especial en ellas: eran el lugar ideal donde refugiarse de la soledad y el frío del invierno. Y cuando iba a la Universidad (que también había cambiado) siempre soñaba con en ese encuentro fortuito, con esos cinco minutos escondidos entre los edificios. Hasta los trayectos en metro dejaron de ser aburridos, porque en cada estación sentía las caricias de la ciudad.

Como si hubiera tomado la mejor de las drogas, la transformación de Pekín le hizo descubrir cosas nuevas. Allí donde sólo había un paseo en torno a la Ciudad Prohibida, pudo sentir el palpitar de la antigua ciudad bajo sus pies. Donde sólo había un parque con una pagoda blanca, descubrió caminos y montañas llenos de sentido. Y las cercanías de su casa, siempre agradables pero un poco frías, se llenaron de un calor que le recordaba a la estufa de la casa de su abuela. Parecía como si un director de cine se hubiera encargado de todos los detalles de la escena, desde los lugares por los que debían pasar hasta las personas que se cruzaban en el camino.

Las noches se hicieron eternas desde aquella noche, y hasta se olvidó de dormir. ¡Había tantas cosas que hacer en Pekín! No quería desperdiciar ni un segundo de esta nueva vida en la ciudad, porque era tan feliz que el paso del tiempo le parecía una condena.

Después de un año y medio en Pekín, al fin la ciudad se había convertido en su hogar.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Pekín, guantes y bufandas

En Pekín, hace tanto frío que los árboles se han quedado sin hojas de tanto tiritar. Los barrenderos las recogen con esmero envueltos en guantes y bufandas, y las calles se han llenado de gorritos y cazadoras que cruzan semáforos y conducen bicicletas.

Pekín es una ciudad ruda y cruel, empezando por su clima. En estos días en los que nos levantamos a varios grados bajo cero, uno es consciente de la geografía donde vive. Al norte, muy al norte. En una región seca como pocas (nadie se acuerda de cuando fue la última vez que llovió). Y donde soplan unos vientos que nos recuerdan la cercanía del desierto. Pekín es frío o calor, sin término medio. Y ahora toca el frío.

Por eso la ciudad ha ido transformando su fisonomía de forma natural. El color carne, el rosa humano, ha desaparecido de la vida pública. Ahora las narices (cuando no están cubiertas) se han vuelto rojas. Las mujeres esconden su sensualidad entre un montón de ropas, como si caminaran con la cama y sus colchas a cuestas. Por eso uno ya no busca curvas ni siluetas (no existen), sino una mirada cómplice, un guiño. Y el arte del coqueteo se practica al llegar al trabajo o a clase, cuando hay que quitarse el gorro y atusarse el pelo, posar la bufanda y dejar los guantes sobre la mesa (a estas temperaturas esto se considera un striptease en toda regla).

En medio de tanto frío, uno busca el calor como puede. Algunos tocan la guitarra para calentar sus dedos, mientras las madres colocan las ropas en el radiador para calentar a sus hijos recién salidos de la ducha. Las cantinas de la Universidad se han convertido casi en un refugio de montaña, donde hasta los gritos calientan el alma. El amor ahora se mide en la capacidad para hacer olvidar al otro que hace frío, y todos, casi en un ejercicio interior colectivo, intentamos que el frío sólo afecte a nuestro exterior. Por dentro, en el invierno de Pekín, todo arde.

martes, 11 de noviembre de 2008

Sueños de Pekín

Huanji tiene 29 años, viene de la provincia de Yunnan (a unos 2.000 kilómetros de Pekín) y entra en el teatro tan emocionado que tropieza un par de veces antes de llegar al escenario. La ocasión no es para menos: es la primera vez que el público ha visto su primera película.

El largometraje cuenta la historia de un niño de su pueblo natal: las tradiciones locales, el tierno cuidado de su familia y su enamoramiento inocente. Es la película de una familia y una infancia felices, llena de sonrisas, auténtica. En esa infancia de sueños y banalidades, en un momento dado, a escondidas, el niño roba dinero a su madre para ir al cine. Es el principio de una pasión que llevará al joven a estudiar en Pekín.

Y algunos años después, en este escenario, ese niño ha crecido. Después de ver la película, el director (Huanji), de pelo larguísimo y aspecto desaliñado, reconoce que la historia que acabamos de ver es su historia. El padre que le mimaba y le duchaba de pequeño es su padre; y los ojos de la muchacha de la que se enamora eran los de su vecina. Nos cuenta que ha vendido su casa para poder hacer la película. A sus 29 años, ha podido contar su historia.

Frente a los grandes sueños realizados en otras latitudes (sí, me refiero a Obama) uno abre los ojos y descubre los milagros que se producen en su propia ciudad. Como el de Xiao Mao, que soñaba con poder viajar al extranjero y va a tener una oportunidad a partir de junio: irá a Japón a enseñar chino (“aunque lo único que me interesa es viajar y pasármelo bien”, dice). O como Wen Xiao, que había leído a García Márquez en chino y ahora, después de cuatro años estudiando, puede hacerlo en español ("¡por supuesto que no es lo mismo que en chino!").

Son los sueños de Pekín, algún cumplidos, otros por cumplir. Siempre en el aire.

miércoles, 25 de junio de 2008

Guojia, el director de orquesta

Antes que su voz, escuché las notas que salían de su saxofón; antes que su rostro, descubrí sus dedos moviéndose en la oscuridad. La primera vez que vi a Guojia fue desde el tercer piso de la residencia de la Universidad. Decidí apagar el rock de mi estéreo para escuchar la música que venía de fuera. No le conocía de nada. Sólo era una melodía (inspirada, china, auténtica) en medio de la noche.

Poco después, Guojia me confesó que esa era la forma que tenía de avisar a su amiga Marta de que había venido a visitarla. Ni timbres ni teléfonos móviles. El saxofón es lo que anuncia la presencia de Guojia. También me comentó que ese día había tocado más tiempo de lo normal. Pensó que la persona que se había asomado desde el tercer piso era una bella Julieta. “¡¿Eras tú?!”, me dijo después muy contrariado.

Guojia, natural de Hebei (provincia muy cercana a Pekín), es profesor de música en una guardería de la capital china. “Enseñar a los niños es muy fácil. Sólo hay que tener paciencia”, me dice no demasiado entusiasmado. En la guardería, él y el cocinero son los únicos hombres. El resto del personal está formado por mujeres. “¿Contento? ¡Qué va! Demasiadas mujeres. No me hacen ni caso. Se meten todo el día conmigo”.

Guojia gana 900 yuanes al mes (90 euros) más alojamiento y comida. Al ser de Hebei, tiene problemas para trabajar en Pekín, puesto que en China se necesita un permiso de residencia especial para cada provincia (el famoso hukou). No puede trabajar en la administración pública ni en muchas empresas de Pekín.

Muchos en Occidente piensan que el dinero no nos hace libres. A mí me hizo falta venir hasta China y ver a Guojia para darme cuenta de que la pobreza nos hace esclavos. China es un país duro para la mayoría, una tragedia en muchos casos, donde ganar 200 euros al mes es una Odisea. Guojia es uno más de todos ellos, sin casa, lejos de su familia, sin sábados por la noche ni domingos en el salón.

Aún así, Guojia no se desespera. Aunque estudió en una Academia de Policías (ni él mismo sabe muy bien por qué) su sueño es ser director de orquesta. Por eso, cuando nos juntamos en cualquier sitio para tomar una cerveza, Guojia en seguida se anima y se le van las manos de izquierda a derecha, arriba y abajo, intentando controlar nuestros cánticos borrachos. Guojia, al fin y al cabo, se ha salvado: tiene la música.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Réplicas en Pekín

El 12 de mayo de 2008, en la cantina del señor Wang sólo se escucha el sonido de la televisión. Los lamentos y los ánimos resuenan en las cuatro paredes de su pequeño restaurante, donde cuatro personas comen en silencio con un ojo puesto en la pequeña pantalla. En cuanto atravieso el umbral de la puerta, el señor Wang se dirige a mí con un murmullo: “¿has visto lo del terremoto en Sichuan?”.

Al poco rato, y después de despacharme más rápido de lo habitual, el señor Wang coge el teléfono con las manos a punto de convertirse en gelatina. Marca un número. Cuelga. Vuelve a marcar. Imposible contactar con sus amigos y familiares. Cuelga. Marca un número. Mueve la cabeza de izquierda a derecha, escrutando el rostro de las cinco personas que nos sentamos en silencio en el restaurante. Cuelga. Nadie responde al otro lado, en Sichuan.


En la universidad, el terremoto de Sichuan se ha convertido en un compañero de clase más. Parece el típico alumno silencioso que se sienta en la última fila, que participa poco, pero que todo el mundo sabe que está allí. Basta que se le caiga un lápiz al suelo para que el resto de la clase se acuerde de él.

Ahora, en clase, los ejemplos parecen limitarse a Sichuan y al terremoto. No importa que se hable de deportes, de naturaleza o de relaciones sociales: a los profesores sólo se les ocurren ejemplos relacionados con la tragedia. Y cada vez que suena la palabra, cada vez que alguien dice “dizhen” (terremoto), todos bajamos la cabeza y hacemos como que tomamos apuntes mientras al profesor se le atragantan las palabras.

Antes de entrar al aula, las urnas rojas se amontonan en una mesa de la entrada principal, donde varios estudiantes se encargan de recibir las donaciones. Los estudiantes pasan por ellas en procesión, uno detrás de otro. Los organizadores llevan camisetas blancas en las que han pintado a rotulador mensajes como “todos con Sichuan”, “¡ánimo China!” o “Wenchuan en nuestros corazones”. Por la ciudad, cada día se ven más camisetas con un corazón en medio que dice “I love China”. En los edificios de las grandes oficinas, desde las ventanas, la gente improvisa pancartas de apoyo a las víctimas del terremoto. En los callejones más recónditos, los vecinos han colocado a lo largo de la calle lazos y corazones.


Ayer, varios periódicos cambiaron sus habituales ediciones en color por el blanco y negro. Ni un atisbo de rojos, amarillos o verdes: sólo el blanco y negro de una tragedia que ha acabado con los colores. Los presentadores en la televisión visten de negro de los pies a la cabeza; las páginas web están de luto. El naranja y el rosa se han perdido en la imaginación colectiva.


Una semana después, a la misma hora en la que la Tierra se abrió por la mitad, las 14.28 horas, China guardó tres minutos de silencio. Los restaurantes dejaron de servir comida. Las normalmente congestionadas avenidas de Pekín quedaron congeladas en una fotografía de 180 segundos. En las peluquerías, los trabajadores se quedaron con las tijeras en la mano mientras los clientes miraban al suelo. El hombre que arregla bicicletas debajo de mi casa dejó de trabajar por primera vez en su vida. Y así en Shanghai, en Xi´an, en Guangdong y en Chengdu. Un quinto de la humanidad guardó silencio durante tres minutos.


Durante una semana, miedo e incomunicación. El señor Wang todavía no ha localizado a sus amigos de Sichuan. Nadie responde al otro lado. Una amiga coreana llega llorando a clase: ella tampoco ha podido hablar con sus amigas de la Universidad de Chengdu. Li Feng ha dejado Pekín y ha vuelto a su casa, en Sichuan, para preguntar por las calles con una fotografía si alguien ha visto a su padre. Y en Pekín, como en el resto de China, la gente baja a los parques de forma improvisada con velas en la mano.

A 1.500 kilómetros del epicentro, el terremoto todavía retumba en Pekín.

lunes, 7 de abril de 2008

La calle sin nombre

Justo debajo de mi casa hay una calle sin nombre. Al principio pensé que, aunque no hubiera placa al entrar, este callejón debía poseer como mínimo un par de caracteres chinos. Pero nadie parece tener respuesta a esta pregunta. Y, aunque muchos trabajan y viven en este pequeño callejón desde hace años, a nadie le ha parecido tan importante como para ponerle nombre.

La calle es estrecha, de unos cuatro metros de ancho, lo suficientemente grande como para que pasen tres bicicletas y dos viandantes al mismo tiempo. No necesita más. A su alrededor hay obras por todos lados, rascacielos que albergan oficinas de multinacionales y centros comerciales. Pero esta calle se mantiene alejada de las pretensiones de la nueva China, sin marcas de ropa, perfumes femeninos ni televisiones de plasma.

Aquí todas las niñas se recogen el pelo en dos coletas y visten de rosa, y los jóvenes se mueven en bicicleta por ella como si estuvieran en su pueblo. Por la noche los ancianos se juntan para jugar a las cartas o al ajedrez en cualquiera de sus esquinas, y un sofá abandonado hace de bar alternativo para los más rebeldes. La calle tiene tres billares al aire libre con bombillas improvisadas para jugar hasta las dos de la mañana; y durante el día las madres lavan la ropa mientras cotillean con la vecina las novedades del barrio. Al fondo del todo, con una luz violeta en espiral que no deja de girar, hay una peluquería, aunque algunos dicen que a determinadas horas de la noche se convierte en prostíbulo.

De buscarle un nombre a esta calle, debería estar relacionado con la gran variedad de comida que uno puede degustar a lo largo de sus escasos 100 metros. Justo a la entrada siempre está Xin Qiming, que con su gorro blanco y playeros de deporte cocina pinchos de carne en una especie de barbacoa. Un poco más allá una joven (aquí todo el mundo la llama xiaojie) sirve por tres yuanes platos de pasta con verduras y carnes, y una especie de tortita llena de especias picantes. En frente, la gente se sienta en sillas de plástico para comer pinchos hervidos; y a la derecha los niños hacen cola (sin mucho orden) frente a una panadería llena de dulces. En uno de estos restaurantes, con una cocina de dos metros cuadrados y sólo un cocinero, uno puede degustar más de doscientos platos. Una oferta de alta calidad y bajo precio que se repite en cada uno de los rincones ocultos de esta calle, y que de estar en los Campos Elíseos sería considerada como ejemplo de haute cuisine.

A pesar de ser una de las calles más chinas de Pekín, uno respira el aire internacional que le confiere un país tan grande como este. A lo largo de sus restaurantes y puestos de bebidas, uno se encuentra con acentos de Shanxi, Hubei, Sichuan o Hebei, y cada una de estas personas parece venir de un planeta distinto, de unas provincias alejadas cientos o miles de kilómetros de la capital. Y todos ellos, misteriosamente, han venido a parar a esta calle sin nombre.

De todas las personas que viven en este callejón, Wang Deshu se ha convertido en mi anfitrión. Su restaurante tiene el techo lleno de pósters comunistas de hace 40 años y junto a él casi siempre está su hija, que tiene dos años y todavía no va al colegio. Wang me ha pedido que, a partir de ahora, le llame Maestro Wang (Wang laoshi), porque entre comida y comida hace como que me enseña chino. Y, cuando le pregunto por el nombre de esta calle, Wang se encoge de hombros y esboza una sonrisa: “¿Qué te parece la calle del Maestro Wang?”.

lunes, 24 de marzo de 2008

Sucio y asqueroso Pekín

Al abrir la puerta de casa para bajar a la calle, me encontré con el pasillo mal iluminado y bicicletas por todos lados. Las paredes combinaban el gris comunista con manchas negras (de aceite, grasa y ruedas de bicicleta) y en el suelo a alguien se le había caído parte de la bolsa de la basura. Al llegar al ascensor vi algunas manchas de barro. Ayer llovió en Pekín. Tal vez por eso, las bicicletas, que todo el mundo deja dentro del edificio por miedo al robo (“las bicicletas en Pekín pueden durar menos que un té”), convirtieron los pasillos en un patatal. En cualquier momento parecía que pudiera aparecer una gallina o un pato subiendo por las escaleras.

Así es Pekín. En ocasiones, desde el piso número 11 de mi casa, apenas puedo ver los edificios que están a tan sólo unos metros de distancia. La contaminación es tan pesada que la ciudad parece envuelta por una niebla con aires a Segunda Guerra Mundial; cualquier sonido estridente parece ser el de un bombardero en misión militar. El aire en Pekín está tan contaminado que muchos dicen que es más sano quedarse en casa comiendo patatas fritas que salir a la calle a correr.

Pekín es masculino, rudo y sucio. Tan viril, tan imponente, que a uno le cuesta nombrarla en femenino. Pekín es edificios gigantescos, avenidas interminables, bicicletas estropeadas y empujones en el metro. Pekín huele a asfalto quemado y hace tanto daño como la arena del desierto en los ojos. Pekín es la dentera que produce rascar las uñas sobre una pizarra.

Pero hay otro Pekín. En China se tiene la idea de que las gentes del norte son más bromistas, borrachas y acogedoras que en el Sur. Esta es también una de las marcas de la casa de Pekín, compuesta sobre todo por chinos venidos del norte, que llegaron con sus licores de 60 grados, sus comidas picantes y sus acentos que suenan a Heavy Metal. Pequineses (de toda China) que tiran papeles por el suelo y no cumplen los pasos de peatones, pero que te invitan a cenar a sus casas, te preguntan por tu familia como si fuera la suya y que, después de varias cervezas, son capaces de intentar emparentarte con sus hijas o hermanas.

En Pekín no existe la hipocresía ni las buenas formas, y cuando uno camina por la calle tiene la sensación de cruzarse con hombres y mujeres de carne y hueso, que cantan y escupen por la calle. En Pekín no existe la vergüenza, y los mayores hacen ejercicios de Tai-chi en los parques y los enamorados acuden a las plazas para aprender a bailar. Los niños, cuando tienen ganas, se ríen y mean en la calle. Las mujeres, a las que nadie les enseñó a utilizar un lápiz de labios, son hermosas sin maquillaje ni ropas de marca. Y la ciudad tiene la sinceridad de las personas honestas, francas y directas, que te pueden llamar “hijo de puta” a la cara, pero que siempre te ayudarán cuando lo necesites.

Sucio y asqueroso Pekín.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Abuelos, bicicletas, pinchos

De Pekín, me gusta ver a los abuelos (de ochenta años) saltando a la comba. Rodeados de rascacielos o en diminutos callejones. Como si acabaran de salir de clase y tan sólo tuvieran unos minutos para disfrutar del recreo. Compiten con sus nietos en ver quién da más saltos y, cuando los niños miran hacia otro lado, aprovechan para hacer trampas. Sus caras cuentan tantas arrugas como años y sus manos parecen salir de una ducha demasiado larga; pero saltan con la agilidad de los jóvenes que lo darían todo por hacer realidad sus sueños. Al fondo veo a otro anciano con una comba en la mano; parece que ahora van a saltar por parejas.

De Pekín, me gusta contemplar a las parejas que van juntas en la misma bicicleta. Normalmente es el hombre el que da pedales y la mujer la que le susurra algunas palabras al oído. Los dos se mueven entre la multitud (siempre es así en Pekín) como si estuvieran volando en dirección contraria al resto del mundo. A veces, ella se agarra a su cintura como si fuera la última cosa que quisiera perder en su vida. Otras, apoya su cabeza sobre su espalda y aprovecha para dormir un rato. Si ve que él se despista, se encuentra con sus manos en el volante, y una caricia basta para indicarle que se ha equivocado de dirección. A veces les persigo hasta que mis piernas no pueden más, lamentándome de que nuestro individualismo europeo nos haya arrebatado placeres tan sencillos como éste.

De Pekín, me gusta tomar pinchos en los puestos de la calle. Mezclarme con la gente y el humo, intentar oler a comida. Preguntarles si hoy se han vendido más pinchos de pollo o de ternera, y contestar con orgullo que yo también puedo comer picante. Comer tres o cuatro en el mismo sitio, sin moverme, aconsejando a los nuevos que llegan que tomen las bolas de pescado en vez de los hígados de ternera. Decir que vivo en Pekín –como si hiciera falta que yo también me lo creyera- y responder con una sonrisa amable “sí, estudio chino en la Universidad”. Ahora hace calor y huele bien. Como si, desde España, mi hogar se hubiera trasladado a los dos metros cuadrados que ocupa el chiringuito.

lunes, 29 de octubre de 2007

Volver a la guardería

Para despertar en Pekín es necesario hacerlo sin el pijama de toda la vida; porque aquí ya te no queda bien. Hay que olvidarse de tomar un café por la mañana y de escuchar las noticias por la radio. Dejar a un lado las llaves del coche, volver a la guardería y cambiar de nombre. Porque aquí ya no te llamas ni Jorge, ni George, ni Jordi. Aquí eres otra cosa.

En Pekín eres el guiri al que los niños persiguen por la calle y tiran de los pelos de las piernas. Eres el extranjero que no sabe utilizar palillos y no sabe pedir comida en el restaurante. Eres el único que se pierde entre las callejuelas y sus abuelos jugando a las cartas. El único que mira al cielo sorprendido por las luces de neón y la cantidad de karaokes que pueblan cada avenida.

Durante los primeros días en esta ciudad, uno tiene la sensación de que un árbitro te persigue y te señala fuera de juego en cada acción. Pekín es un lugar donde uno tiene dificultades para agarrarse a cualquier cosa conocida; como si alguien te soltara en medio del Océano y a tu alrededor sólo vieras agua, sin encontrar ningún trozo de madera con el que poder mantenerte a flote. Pero también, por eso mismo, es un lugar perfecto para volver a nacer y empezar de cero.


Pero esto es sólo el principio. Cualquiera que lleve algunas semanas en Pekín se da cuenta de que las diferencias son más profundas que usar palillos, tener los ojos rasgados o vestir otras ropas. Si los silbidos son diferentes en Pekín no es porque lo sea la vibración de los labios, sino por el mecanismo mental que los produce, por las razones por las que se silba. La diferencia con todas las ciudades que has visitado antes se encuentra en la manera en que sus ciudadanos se atan los cordones de los zapatos. En el modo en el que se sube al autobús. En los sueños que cada uno tiene por la noche.

Despertar en Madrid-Pekín

Bostezamos. Estiramos los brazos. Un poco sin saber dónde estamos. Aún borrosos, abrimos los ojos para encontrarnos. Lo primero es comprobar que todavía tenemos piernas, y brazos y ombligo, y la curiosidad de saber qué hay detrás de la siguiente esquina. Y ganas de contarlo.

Nos despertamos con París y Florencia aún en la retina. En sus calles nacieron nuestras Visiones, aunque este proyecto no podía quedar recluido a dos lugares. Ni tan siquiera a dos personas. Visiones no es una moda pasajera ni un accidente en la autopista: es una forma de mirar a la carretera. Por eso, el cuerpo, de forma natural e incontrolada, nos sigue pidiendo lo mismo: más lugares, más cafés, más personas y más vidas. Por eso nuestros ojos se siguen abriendo a las ciudades que vivimos, y a nosotros dentro de ellas. Porque, como dijo un poeta, «un hombre es la ciudad/ en la que viven otros hombres».

Este año nuestras miradas se detienen en terreno familiar -Madrid- y sienten el vértigo de adentrarse en lo desconocido. De alguna manera, todos habíamos estado en Florencia y París. Pero ahora nos enfrentamos al reto de descubrir Pekín, esa ciudad casi mitológica que muchos piensan que ni siquiera existe. Donde las letras se convierten en trazos y los tenedores en palillos. Una ciudad donde vivir otras vidas parece una obligación. Un Pekín que está a miles de kilómetros de Madrid pero que cada día parece estar más cerca. En esta página intentaremos que ambas lleguen a confundirse.

Por eso nos convertimos en Daniel Pekín y Alberto Madrid. Castizos y exóticos, cañas y karaoke, bambú con calamares; rascacielos zen y Lavapiés. Para compartir la emoción que nos dejan los escenarios donde se viven nuestras vidas. Las miradas que nos arañan el alma. Aquel instante donde todo se convirtió en otra cosa.

Cada lunes presentaremos una VISIÓN. A ver si somos capaces, por un ratito, de vivir en la ciudad del otro. Con imágenes que recojan el espíritu de los espacios, frases donde se escuche el murmullo de los mercados, y vídeos que muestren un pedazo de vida. ¿Multimedia? Por supuesto. Pero sin renunciar a la palabra como el modo más profundo en que los hombres cuentan sus emociones.

Tomamos aire, y salimos a la calle…
ya estamos en busca de nuevas VISIONES.

Alberto Madrid
Daniel Pekín