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sábado, 18 de julio de 2009

Desperté en Pekín (Visiones que casi se cruzan)


Al día siguiente, me desperté sudado en Pekín.


Yo siempre había imaginado llegar en tren -y no en sueños- con todo el tiempo que el Orient Express me dejase en sus 8 días y 8 noches desde San Petersburgo. Con el desierto del Gobi y las estaciones de madera de cada pueblo estepario para permitirme darme cuenta del viaje, de la magnitud del destino.

En cambio, desperté en Pekín empapado bajo unas sábanas de seda, con un ventilador que sólo removía el sopor de la habitación de hotel. Me reconocí aturdido, como después de una mala siesta, sin cuerpo para comenzar la jornada del sutil oficio de viajero.

Casi me molestaba estar en China sin haberme preparado. ¿Por dónde empezar cuando llegas a otro mundo? ¿Hacia dónde dar los primeros pasos cuando te encuentras, por sorpresa, en otro planeta?

En los sueños tampoco eliges, y no estaba en un hutong tradicional como hubiera elegido siempre, sino en un hotel que había sido moderno hace 20 años, construido sobre el cementerio de un barrio derribado.

Bajar a la calle parecía una obligación, pero la pereza se había hecho fuerte, como si los sueños también tuvieran su jet lag. Así que decidí asomarme a la ventana, y contemplar desde la distancia los primeros rostros orientales, las luces de neón intermitentes, los gestos pausados en medio de un ritmo que algún dios parecía haber acelerado.

Con la frente pegada a la ventana, pensé una estupidez, quizás verdadera: son distintos los chinos en China. En vez de las sonrisas forzadas de camareros y dependientes, aquí reían a carcajas. Caminaban, hablaban, vivían con una seguridad extraña para mí, como si supieran que aquella tierra, aquellas formas les pertenecían desde milenios. Entendí que estaba frente a otro mundo, y entonces, el extraño era yo.


Volví a la cama, a reflexionar boca arriba, a ritmo del ventilador, qué carajo podría significar eso de cultura milenaria. (Supongo que me faltaban las horas de tren en la estepa para hacerme una idea).

Y ya no me dio tiempo de salir a la calle, de oler las especias de los pinchos en las parrillas callejeras, de tomar té con ancianos en patios lejos de todo, de relajarme viendo hacer tai chi en los parques, o de fijarme como un maniaco en los hombros de las mujeres, de que me atropellaran mientras iba distraído en bicicleta, y de encontrarme con mi amigo…


No importa. Desperté en Pekín. Había estado en China. Eso bastaba.

lunes, 21 de enero de 2008

Bostezos de Madrid

No está mal madrugar en Madrid, uno se siente acompañado. De lunes a viernes, hay un tiempo en el que la ciudad se despereza, estira los brazos. Sale de los portales, apura el café, ojea el periódico, se quita las legañas. Las luces son débiles, y Madrid marcha resignada a la obligación, deambulando encogida a ritmo de bostezo.

Los niños de todas las pieles revolotean a las puertas de los colegios, tras despedirse de sus padres en doble fila. En el metro, hay quien improvisa una almohada colgando el brazo de la barra. Otros leen medios capítulos de novelas y reglamentos. Junto a estudiantes que repasan las características del arte visigodo mientras escuchan sus ipods. Los tornos se presentan como los brazos ejecutores del pensamiento único -por donde todos pasamos-, y uno acaba sintiéndose en un hormiguero sin salida.

Pero en medio de esos bostezos pragmáticos, surge el empeño por seguir siendo humanos. Muchos aguantan las pesadas puertas del metro hasta que llega el siguiente. Un camarero, convertido en héroe, devuelve el cambio con un “que pases un buen día”, aliviando la barbarie que supone desayunar en un transbordo. Y desde las ventanas del Cercanías miramos las luces que se apagan, nostálgicos de nadie sabe cuándo.

Algunos madrileños, nietos de campesinos, todavía creen escuchar el sonido del gallo al despertar. Los funcionarios se aferran a las sábanas como en su primer día de colegio. Al abrir los ojos, cada uno piensa en su idioma, y se da cuenta que soñó con las expresiones de su barrio. En los bares Antonio lo de siempre, y el kioskero resume la actualidad con refranes centenarios. Enfrente, un desconocido se despereza, y al cruzarse las miradas somnolientas dan ganas de saludarse.

La capital bosteza, y en ese gesto enseña los pueblos que lleva dentro.


En cambio, en la mañana del domingo la vida es siempre tan reciente, tan croissant, tan a rayas. Con esa luz de seda a punto de romperse. Y es ahí cuando suceden los milagros, los abrazos infinitos, el amor en los portales; y al final del Paseo, un primer beso envuelto en bicicletas, como dos submarinistas en medio de un banco de peces plateados.