Se hizo esperar la primavera. No llegó hasta los últimos días de junio tras unas lluvias intermitentes de aspecto monzónico. Y así se habían acumulado durante meses las ganas de ver pasar el rato en las terrazas.Pero ya está. Han florecido las mesas en las alamedas, las sillas de metal incandescente a mediodía, las sombrillas con publicidad de refrescos sin más vista que la acera de enfrente, sin más brisa que la que sale de los tubos de escape. En Madrid, con eso basta, y ya no se irán hasta que octubre vuelva a poner los abrigos en su sitio.
Por todas partes, en las aceras amplias y apurando los chaflanes, Madrid se quita el stress como quien deja una chaqueta en una silla: en la ovalada Plaza de Olavide, en los kioscos verdes del Retiro, frente al horizonte en las Vistillas o lavapieseando en Argumosa (hay que volver a La Revuelta). En la ya rendida al diseño 2 de Mayo, en Latina en cada esquina, en la Goya pija y en la Usera proletaria. Con sus aceitunas pa empezar, su caña o su clara con casera, su tinto de verano y su pinchito bueno.
La ciudad celebra la jornada continua (¡libres a las 3!), y desde el bostezo de la siesta Madrid toma el tiempo de las conversaciones interminables de París, el desenfado de las discusiones con tés humeantes de Estambul. Y si te lían, el tiempo se alarga en el cielo con azules fluorescentes, y la noche parece no cerrarse nunca para puedas tomarte la penúltima.
En las terrazas de Madrid, por fin, un no-hacer-nada que da sentido a todo. Cerrar los ojos en el primer sorbo para dejar de mirar el reloj por unas horas. El espejismo de libertad que te hace sentir el aire libre. Parece mentira, bastaba sólo eso: unas mesitas de plástico en plena calle, una cerveza en jarra fría, una conversación sin prisas, para que Madrid se convirtiese en un lugar donde poder vivir.
PD: Y luego dirán que jode pagar el suplemento-terraza.
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miércoles, 2 de julio de 2008
Terrazas de Madrid
lunes, 28 de enero de 2008
De viaje: Pekín, Guangzhou, Shenzhen, Taipei
Pekín, en la estación de trenes más grande de Asia. Miles de personas cruzan sus caminos y sus deseos, sus lugares de origen con su próximo destino. Un lugar donde asombrarse con la inmensidad de China: pequineses que van a Shanghai, gentes de Xinjiang que vuelven a sus hogares, niños de Guangdong que echan de menos a sus abuelas. En la estación, algunos mayores comen palos de caramelo, cientos de bolsas gigantes de cuadros forman montañas en el suelo, y en las esquinas se juega a las cartas.
Rostros pálidos y casi negros, miradas perdidas y soñadoras, acentos de Henán y de Cantón, perillas con bigote, mayores todavía imberbes. Una estación que respira humanidad en cada uno de sus metros cuadrados, y donde parece posible que, de un momento a otro, en los pasillos, una mujer vaya a dar a luz frente a miles de personas.
Guangzhou, una ciudad de andar por casa. Un lugar donde “La Plaza del Pueblo” no es sólo un nombre propio, sino una realidad llena de sentido. En esta plaza se improvisa todos los días una especie de circo entre vecinos: con clases de baile, un coro, ejercicios con espada, práctica de artes marciales y conciertos de música tradicional. Un lugar donde la frontera entre el hogar y la calle parece haber desparecido. Una ciudad de siete millones de personas donde los vecinos todavía bajan en pijama y zapatillas a la calle.
Shenzhen, un museo de almohadas. La cultura china llegó a ser tan refinada que la decoración de almohadas se convirtió en un arte. De cerámica o de jade, blancas, verdes o amarillas. Algunas adoptaban la forma de un tigre para proteger al que dormía; en otras se escribían poemas para poder leerlos antes de irse a la cama.
Taipei, un apartamento de estudiantes. Conviven en la casa una taiwanesa, un japonés y dos españolas. Al grupo nos unimos otras ocho personas, cada uno de un país distinto, convirtiendo la casa en una mini reunión de Naciones Unidas. Hablamos de un país y de otro, de diferencias y estereotipos. Mientras, fumamos tabaco de Estados Unidos, bebemos cerveza de Japón y comemos jamón serrano de España.
En medio del humo y las cervezas vacías, de pronto se hace el silencio. Suena una canción japonesa en la cadena de música. Nuestro amigo japonés, con los ojos mirando al techo, comienza a cantar con una voz profunda hasta entonces desconocida. El resto, asombrados, escuchamos en silencio. Él no nos explica nada. Tan sólo señala la cadena de música con una mano y se toca el pecho con la otra. Y mientras su voz y la música toman la habitación, tal vez se acuerda de su primer beso, de aquel adiós que no tuvo tiempo a decir, de esa persona a la que todavía ama en secreto. La canción es en japonés y ninguno entiende la letra; pero todos comprendemos algo.
Rostros pálidos y casi negros, miradas perdidas y soñadoras, acentos de Henán y de Cantón, perillas con bigote, mayores todavía imberbes. Una estación que respira humanidad en cada uno de sus metros cuadrados, y donde parece posible que, de un momento a otro, en los pasillos, una mujer vaya a dar a luz frente a miles de personas.
Guangzhou, una ciudad de andar por casa. Un lugar donde “La Plaza del Pueblo” no es sólo un nombre propio, sino una realidad llena de sentido. En esta plaza se improvisa todos los días una especie de circo entre vecinos: con clases de baile, un coro, ejercicios con espada, práctica de artes marciales y conciertos de música tradicional. Un lugar donde la frontera entre el hogar y la calle parece haber desparecido. Una ciudad de siete millones de personas donde los vecinos todavía bajan en pijama y zapatillas a la calle.
Shenzhen, un museo de almohadas. La cultura china llegó a ser tan refinada que la decoración de almohadas se convirtió en un arte. De cerámica o de jade, blancas, verdes o amarillas. Algunas adoptaban la forma de un tigre para proteger al que dormía; en otras se escribían poemas para poder leerlos antes de irse a la cama.
Taipei, un apartamento de estudiantes. Conviven en la casa una taiwanesa, un japonés y dos españolas. Al grupo nos unimos otras ocho personas, cada uno de un país distinto, convirtiendo la casa en una mini reunión de Naciones Unidas. Hablamos de un país y de otro, de diferencias y estereotipos. Mientras, fumamos tabaco de Estados Unidos, bebemos cerveza de Japón y comemos jamón serrano de España.
En medio del humo y las cervezas vacías, de pronto se hace el silencio. Suena una canción japonesa en la cadena de música. Nuestro amigo japonés, con los ojos mirando al techo, comienza a cantar con una voz profunda hasta entonces desconocida. El resto, asombrados, escuchamos en silencio. Él no nos explica nada. Tan sólo señala la cadena de música con una mano y se toca el pecho con la otra. Y mientras su voz y la música toman la habitación, tal vez se acuerda de su primer beso, de aquel adiós que no tuvo tiempo a decir, de esa persona a la que todavía ama en secreto. La canción es en japonés y ninguno entiende la letra; pero todos comprendemos algo.
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