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lunes, 16 de marzo de 2009

Mo Yan

Mo Yan entra en la sala dubitativo, agarrado a su botella de agua mineral y colocándose con torpeza el micrófono. Cualquiera diría que este escritor con cara de luna llena, dedos gorditos y cejas mirando al cielo es la primera vez que da una conferencia. Y, sin embargo, Mo Yan es uno de los escritores más famosos de China, aclamado por la crítica y querido por el público, autor entre otras novelas de Sorgo Rojo.

Al contrario de lo que pasa con otros escritores, conocerle en persona ayuda a adivinar de donde proviene su talento. Mo Yan esquiva los elogios con elegancia, cada tres frases suelta un chiste y rebosa humildad en todas sus palabras. En la mayoría de sus novelas aparecen animales, aspecto que explica con una historia surrealista que a él le parece lo más natural del mundo: “Siempre me he llevado muy bien con los animales. Cuando era pequeño me echaron de la escuela por hablar demasiado, así que me pasé cinco años de mi infancia rodeado de cabras y ovejas. Los animales pueden ser más inteligentes que las personas”.

Mo Yan reniega de los ordenadores para escribir sus libros y todavía se refugia en la pluma en busca de inspiración. Reconoce que hace algunos años escribió algunas novelas desde Word, lo que él llama “el momento más bajo de mi carrera”. Mo Yan necesita sentir los folios en blanco y las manchas de tinta para sentirse cerca de los hombres.

Mientras el público disfruta de uno de los escritores más naturales y graciosos que ha visto en persona, alguien le pregunta por la influencia que el Realismo Mágico, y sobre todo García Márquez, ha tenido en su obra. Ni corto ni perezoso, Mo Yan cuenta su propia historia sobre Cien Años de Soledad: “Lo comencé a leer en 1987... y lo acabé en 2007, sólo porque García Márquez venía a unas conferencias y me daba vergüenza participar en ellas sin haber leído Cien Años de Soledad”.

Así es Mo Yan: cercano, humilde, humano. Como sus novelas.

lunes, 16 de febrero de 2009

Yunnan, bajo las nubes

Los que dicen que en China no hay más que edificios altos y ciudades grises deberían darse un paseo por Yunnan. En esta provincia al sur del país, frontera con Vietnam, Laos y Birmania, China encuentra un paraíso lleno de naranjas, amarillos y violetas. Las distintas étnias que componen su población todavía llevan sus tradicionales trajes de colores, nunca hace demasiado frío ni demasiado calor, y el paisaje casi desértico del norte del país da lugar a montañas de más de 5.000 metros y ríos de aguas cristalinas.

El triángulo formado por Dali, Lijiang (con la Garganta del Salto del Tigre al lado) y el lago Lugu es uno de esos lugares donde uno nunca pasa demasiado tiempo. En Dali, basta con coger una bicicleta y olvidarse de citas a las no sé qué en punto. En dos ruedas se puede visitar el pequeño pueblecito (esta vez sí, un casco antiguo, algo poco habitual en China) y escaparse al lago cercano para pedalear a escasos metros de sus aguas y descubrir pueblos con aires primitivos. Primitivos no en el sentido de rústicos ni sucios, sino en el de relaciones auténticas y miradas claras.

En Lijiang, uno encuentra pinceladas de la antigua China, la más diversa. Por sus calles se puede percibir esa China multiétnica, desde los Naxi hasta los tibetanos, pasando por los Bai o los Yi. Todos ellos con sus propias lenguas y sus costumbres, compartiendo esta ciudad de ritmo pausado, aire medieval y verbo tranquilo. Desde la Montaña Nevada del Dragón de Jade se organiza un sistema de pequeños riachuelos que atraviesan la ciudad y donde las gentes limpian sus ropas y los niños protagonizan batallas de agua. Parece un pueblo hecho de agua, con decenas de torrentes circulando por toda la ciudad. En Lijiang, basta agacharse para poder lavarse las manos.

Lijiang está pensado como un pueblo familiar, por lo que no es difícil hasta encontrar una nueva madre. El hostal se llamaba Mama Naxi, y después de algunas semanas viajando uno agradece volver a un hogar. Mama Naxi no pide pasaporte, depósito por la llave de la habitación ni dinero por adelantado. Ella se encarga de alimentarte por la noches (“come más, que no has comido nada”, te dice mientras te llena el cuenco de arroz a pesar de tus protestas) y de lavarte la ropa cuando lo necesitas (“te la tiendo aquí, que se seca antes”). Lijiang desborda tanto calor humano que uno se imagina muy rápido abandonando Pekín e instalándose en este pueblo entre montañas.

Yunnan significa al sur de las nubes, aunque las etiquetas para expresar tanta belleza se hayan multiplicado (“Reino de las Plantas”, “Cuna del Perfume”...). Lo cierto es que en este pequeño rincón de China parece primavera siempre, y que volver al tosco Pekín después de tanta sutileza es como encontrar una rata paseando por tu casa. Cuando escribí a un amigo contándole todo esto, él también había visitado Yunnan: “Pues estoy de acuerdo, Yunnan es un paraíso”.

martes, 27 de enero de 2009

Chongqing la picante

Chongqing parece una ciudad en guerra. La mitad de los edificios están destrozados, es frecuente encontrar sofás en medio de la calle y trozos de tejas rotas en la acera. Explanadas enteras, miles de metros cuadrados están hechos escombros. Las casas que tienen ventanas en Chongqing no tienen puertas, y las que aún tienen tejado suelen tener algún agujero por el que se puede vislumbrar la cocina. La neblina que invade la ciudad ayuda a darle un toque aún mas fantasmagórico, como si las bombas recién caídas el día anterior hubieran dejado su rastro por toda la ciudad.

En medio de este ambiente bélico, la ciudad es un caos. No se trata de una especie de laberinto a la europea, de pequeñas calles antiguas que han sobrevivido al paso del tiempo. Es un desorden mucho más profundo, donde las avenidas van en todas direcciones, hay cientos de calles sin salida, carreteras que se levantan a decenas de metros del suelo y trenes que pasan por encima de tu cabeza. La ciudad es decrépita y amaga con cierto futurismo.




Chongqing se encuentra entre dos ríos (uno de ellos el Yangtse, el tercer río más grande del mundo) y está plagada de montañas y vegetación salvaje. No quiere decir que las montañas rodeen la ciudad, ni que los ríos formen parte de una ruta comercial; quiere decir que Chongqing huele a tierra y sabe a agua salada. Por eso los mapas tradicionales son inútiles en Chongqing: porque no aparecen las montañas, los valles ni los árboles. Es una naturaleza enorme, gigantesca, inabarcable; tan abrumadora que impone respeto pasear por el puerto y las avenidas improvisadas junto al río. Uno se siente muy pequeño frente a la imponente Chongqing.

Chongqing huele a picante, en cada esquina, en los mercados del puerto, en los restaurantes. La ciudad es conocida por su plato estrella, el huoguo (火锅), una pota donde se pueden cocinar todo tipo de alimentos (bolas de pescado, algas, ternera, verduras, toufu, patatas...) en una salsa roja cuyas gotas parecen salpicar toda la ciudad. El huoguo de Chongqing es tan picante que el olor te limpia la nariz y la garganta, te deja la boca insensible y los labios ardiendo durante horas.

Chongqing es un buen ejemplo de como las ciudades, las personas y la comida se funden en un lugar. El huoguo (picante, profundo, rojo, grasiento) define no sólo esta enorme región de China (30 millones de habitantes), sino también sus habitantes. De Chongqing se dice que no sólo tiene las mujeres más bonitas del país, sino también las más picantes (la -辣-). Esto quiere decir que son hermosas, pero que tienen muy mala leche. Como Chongqing.



miércoles, 25 de junio de 2008

Guojia, el director de orquesta

Antes que su voz, escuché las notas que salían de su saxofón; antes que su rostro, descubrí sus dedos moviéndose en la oscuridad. La primera vez que vi a Guojia fue desde el tercer piso de la residencia de la Universidad. Decidí apagar el rock de mi estéreo para escuchar la música que venía de fuera. No le conocía de nada. Sólo era una melodía (inspirada, china, auténtica) en medio de la noche.

Poco después, Guojia me confesó que esa era la forma que tenía de avisar a su amiga Marta de que había venido a visitarla. Ni timbres ni teléfonos móviles. El saxofón es lo que anuncia la presencia de Guojia. También me comentó que ese día había tocado más tiempo de lo normal. Pensó que la persona que se había asomado desde el tercer piso era una bella Julieta. “¡¿Eras tú?!”, me dijo después muy contrariado.

Guojia, natural de Hebei (provincia muy cercana a Pekín), es profesor de música en una guardería de la capital china. “Enseñar a los niños es muy fácil. Sólo hay que tener paciencia”, me dice no demasiado entusiasmado. En la guardería, él y el cocinero son los únicos hombres. El resto del personal está formado por mujeres. “¿Contento? ¡Qué va! Demasiadas mujeres. No me hacen ni caso. Se meten todo el día conmigo”.

Guojia gana 900 yuanes al mes (90 euros) más alojamiento y comida. Al ser de Hebei, tiene problemas para trabajar en Pekín, puesto que en China se necesita un permiso de residencia especial para cada provincia (el famoso hukou). No puede trabajar en la administración pública ni en muchas empresas de Pekín.

Muchos en Occidente piensan que el dinero no nos hace libres. A mí me hizo falta venir hasta China y ver a Guojia para darme cuenta de que la pobreza nos hace esclavos. China es un país duro para la mayoría, una tragedia en muchos casos, donde ganar 200 euros al mes es una Odisea. Guojia es uno más de todos ellos, sin casa, lejos de su familia, sin sábados por la noche ni domingos en el salón.

Aún así, Guojia no se desespera. Aunque estudió en una Academia de Policías (ni él mismo sabe muy bien por qué) su sueño es ser director de orquesta. Por eso, cuando nos juntamos en cualquier sitio para tomar una cerveza, Guojia en seguida se anima y se le van las manos de izquierda a derecha, arriba y abajo, intentando controlar nuestros cánticos borrachos. Guojia, al fin y al cabo, se ha salvado: tiene la música.

lunes, 24 de marzo de 2008

Sucio y asqueroso Pekín

Al abrir la puerta de casa para bajar a la calle, me encontré con el pasillo mal iluminado y bicicletas por todos lados. Las paredes combinaban el gris comunista con manchas negras (de aceite, grasa y ruedas de bicicleta) y en el suelo a alguien se le había caído parte de la bolsa de la basura. Al llegar al ascensor vi algunas manchas de barro. Ayer llovió en Pekín. Tal vez por eso, las bicicletas, que todo el mundo deja dentro del edificio por miedo al robo (“las bicicletas en Pekín pueden durar menos que un té”), convirtieron los pasillos en un patatal. En cualquier momento parecía que pudiera aparecer una gallina o un pato subiendo por las escaleras.

Así es Pekín. En ocasiones, desde el piso número 11 de mi casa, apenas puedo ver los edificios que están a tan sólo unos metros de distancia. La contaminación es tan pesada que la ciudad parece envuelta por una niebla con aires a Segunda Guerra Mundial; cualquier sonido estridente parece ser el de un bombardero en misión militar. El aire en Pekín está tan contaminado que muchos dicen que es más sano quedarse en casa comiendo patatas fritas que salir a la calle a correr.

Pekín es masculino, rudo y sucio. Tan viril, tan imponente, que a uno le cuesta nombrarla en femenino. Pekín es edificios gigantescos, avenidas interminables, bicicletas estropeadas y empujones en el metro. Pekín huele a asfalto quemado y hace tanto daño como la arena del desierto en los ojos. Pekín es la dentera que produce rascar las uñas sobre una pizarra.

Pero hay otro Pekín. En China se tiene la idea de que las gentes del norte son más bromistas, borrachas y acogedoras que en el Sur. Esta es también una de las marcas de la casa de Pekín, compuesta sobre todo por chinos venidos del norte, que llegaron con sus licores de 60 grados, sus comidas picantes y sus acentos que suenan a Heavy Metal. Pequineses (de toda China) que tiran papeles por el suelo y no cumplen los pasos de peatones, pero que te invitan a cenar a sus casas, te preguntan por tu familia como si fuera la suya y que, después de varias cervezas, son capaces de intentar emparentarte con sus hijas o hermanas.

En Pekín no existe la hipocresía ni las buenas formas, y cuando uno camina por la calle tiene la sensación de cruzarse con hombres y mujeres de carne y hueso, que cantan y escupen por la calle. En Pekín no existe la vergüenza, y los mayores hacen ejercicios de Tai-chi en los parques y los enamorados acuden a las plazas para aprender a bailar. Los niños, cuando tienen ganas, se ríen y mean en la calle. Las mujeres, a las que nadie les enseñó a utilizar un lápiz de labios, son hermosas sin maquillaje ni ropas de marca. Y la ciudad tiene la sinceridad de las personas honestas, francas y directas, que te pueden llamar “hijo de puta” a la cara, pero que siempre te ayudarán cuando lo necesites.

Sucio y asqueroso Pekín.