A lo largo de sus seis plantas, el mercado de la seda de Pekín es una réplica en miniatura de la fábrica del mundo, el ejemplo más claro del famoso made in China. Es el lugar donde acudir para volver a casa con las maletas llenas de regalos: desde cámaras de fotos hasta calzoncillos de emperador, pasando por cinturones de cuero y perlas con las que deslumbrar a tu pareja.
En uno de los rincones de este mercado de la seda, unos zapatos tropiezan en mi camino. Cuando me quiero dar cuenta estoy sentado en la tienda y hablando con su dependiente, una mujer que parece haber nacido para sonreír.
Mientras me muestra todos los zapatos que se amontonan en su tienda (deportivos, de traje, serios, desenfadados, marrones, negros) mi mirada se concentra en su silueta (esbelta, casi como un rascacielos convertido en persona). Lleva el maquillaje justo y necesario; sin la exageración de algunas chinas que intentan pasar por modernas, sin el infantilismo de las caras vírgenes. Miro a mí alrededor y me doy cuenta de que casi todo el mundo viste ropas grises; sólo ella parece hacerlo de azul.
Hablamos y hablamos. Regateando a medias, como si el precio de los zapatos en realidad no fuera importante. De repente, sin avisar, me pregunta si tengo novia, y en este momento todo parece posible (llevármela de esa tienda de zapatos, atravesar China, enseñarle español). Le contesto que estoy soltero, a lo cual añado una confesión: “¿sabes? me gustan más las chicas chinas que las españolas”. Ella me responde con una sonrisa que podría sustituir todas las luces de París:
- Pero las chicas españolas y las chinas somos muy diferentes. Las españolas tienen muchos novios. Aquí en China, sólo uno. Desde el principio y hasta el final.
- ¿Y tú ya tienes novio? – le pregunto como quien intenta abrir un tesoro recién encontrado.
- Sí . Ya lo he encontrado. Y sólo uno. Desde el principio y hasta el final.
En 5 minutos, nuestra relación fue tan intensa que me parecieron años. Tuvimos nuestra primera cita en una tienda de zapatos; un regateo que fue nuestra primera discusión; y me pareció que nos acostamos juntos cuando una tira de su sujetador rojo se deslizó por su hombro, y después su codo rozo el mío. Al rato nos reconciliamos con los 200 yuanes del precio final, y en ese momento creí que estaba firmando la escritura de nuestro matrimonio.
Pero ahora ya tengo los zapatos en la mano (en la suya están los 200 yuanes) y me dirijo al metro con la sensación de una derrota. Atravieso el resto de tiendas sin escuchar los gritos de sus vendedoras. No hay nada que hacer, sólo seguir caminando como si nada hubiera pasado. “Sólo uno”, me repito. “Sólo uno. Desde el principio y hasta el final”.
lunes, 26 de noviembre de 2007
La mujer de seda
Publicado por
Dani
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14:57
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lunes, 4 de junio de 2007
Un mercado de ladrones y artistas

Cerca de la última estación de metro al norte de París, en la Porte de Clignancourt, ladrones y artistas han encontrado una guarida de fin de semana: el mercado de Saint Ouen. Durante varios siglos la capital francesa perdió en este lugar su nombre, con una de las murallas que marcaba la entrada y la salida del gran París y cientos de comerciantes que aprovechaban este tráfico para enriquecerse. Una vez más, la frontera se convertía en fuente de comercio e intercambio. Hoy, Saint Ouen todavía guarda algo de aquel espíritu fronterizo de compras y ventas aceleradas, regateos y encuentros ocasionales.
El primer contacto con el mercado es la típica sucesión de tiendas de pulseras, camisetas y relojes. Un poco más lejos, los puestos se vuelven más informales y los objetos se colocan desordenadamente por el suelo. Camiones enteros llegan, sueltan la mercancía y se van. No hay preguntas. No hay respuestas. El mercado de Saint Ouen es sin duda el mejor lugar para comprar lo que te han robado.
Pero este inmenso mercado de Saint Ouen, con distintas ramas y secciones, avenidas y calles microscópicas, esconde también uno de los lugares más preciados para buscadores de arte. Entre el mercado de Dauphine y el de antigüedades, los románticos y los artistas bucean entre las montañas de objetos inclasificables en su búsqueda de cuadros valiosos pero sin firma, publicaciones olvidadas y cámaras de fotos a las que hay que darles cuerda. Todos sueñan con encontrar un Picasso en la tienda de la esquina.
Al entrar al mercado de Dauphine, uno tiene la sensación de haber atravesado el umbral de uno de esos áticos desordenados por la inspiración. Los compradores se pasean aquí con aire interesante, algunos con gafas y gabardina, otros con un pincel en la mano. Nadie encontrará un mp3 ni una conexión a Internet; pero sí un vendedor tecleando en su máquina de escribir, antiguos anuncios de Renault y muebles sacados de un decorado del siglo XIX. El mercado de Saint Ouen es uno de los pocos lugares donde todavía se pueden ver boinas en París.
lunes, 28 de mayo de 2007
El palpito de Sant’Ambrogio

Y como Sant’Ambrogio, hay decenas de mercados. Al final de las avenidas. En las esquinas de las plazas. Como islas de realidad en un mar de postales. Se diría que las gentes vienen a estos lugares desde hace siglos. Porque -aunque parezca mentira- también el prodigio tiene su rutina. Y habrá que tomarle el pulso entre estos puestos de frutas, verduras, bragas y enchufes. De lunes a sábado. Por la mañana. Porque es ahí donde se refugia el latido de Florencia, su pálpito cotidiano.
Publicado por
alberto senante
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Etiquetas: cotidiano, Florencia, mercado, Sant Ambrogio

