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domingo, 11 de diciembre de 2011

Tenías 1 mes y 5 días

Álex, el 15 de mayo de 2011 tenías 1 mes y 5 días. Yo estaba en Madrid, lejos de ti, del París que te recibía con su primavera abierta. Yo había ido a verte, pero entonces tus párpados apenas se despegaban de tus ojos. Así que es probable que yo todavía fuera para ti una mancha gris que te cogía tembloroso.

Álex, quiero decirte algo. El 15 de mayo de 2011 pensé en ti, mi segundo sobrino (sólo por orden de llegada) de poco más de un mes, y sin mucha convicción salí a la calle. Para ser un poco yo mismo, para ser un poco persona, para sentirme mejor (un ratito ciudadano), y por pensar ¿iluso?, que así, saliendo con otros a la calle, cuando abrieras los ojos al mundo, éste podría tener un mejor aspecto.

Éramos pocos, o muchos, según se mire. Y por una vez, la revolución no empezó en París. Quizás la trajo un viento del sur, que en vez de arena, esta vez nos traía granos de valentía. O surgió de un volcán lúcido de una isla del norte. Aunque seguramente, desde hacía tiempo, ya estaba dentro de nosotros.

Y cuando digo que pensé en ti al salir a la calle el 15 de mayo de 2011, quiero decir que pensé que te merecías respirar un aire más limpio, aprender en una escuela sin dogmas, crecer en una Europa de personas, porque, aunque a veces lo parezca, no somos mercancía en manos de nadie ni de nada.

Álex, la idea era que cuando abrieras los ojos, vieras un mundo con algo de la inocencia con la que te quedas dormido, y de la alegría con la que tu hermano ya camina por la vida. Ya ves, cosas sencillas, pero que en estos tiempos parecen ser revolucionarias, estúpidas, utópicas, de antiloquesea…

Porque nada mejor que esa alegría sin medida. Pero a veces uno tiene que aceptar la rabia (indignados, nos llaman) para sentirse vivo, y digno. Y esa rabia se convirtió en un grito, y las palabras de unos pocos movieron a unos muchos, y los gritos despertaron conciencias, y la conciencia creó una marcha, y de una marcha surgió un movimiento, y el movimiento se atrevió a cruzar una Puerta. Y te prometo que, dos días después, éramos tantos en aquella Puerta, que conseguimos que temblara el suelo por el que, aún hoy, se pasea la injusticia.

Y pronto se unieron otras plazas. Con el mismo grito, con la misma rabia. Infinitas opiniones y una única conciencia, que multiplicaron por todo el planeta ese primer movimiento. Con la misma frente alta -de sentirse vivo, digno- y un mismo POR FIN exclamativo en la mirada.

Lo reconozco Álex, el 15 de mayo de 2011 salí a la calle sin mucha convicción, pero a los pocos días ya pensaba que todo era posible. Posible que cuando por fin abrieras los ojos, este mundo sería un poco más justo. Que cuando caminases, y todos los parques se te quedaran pequeños, hubiéramos dejado de ponerle precio a los árboles. Que cuando fueras al colegio, la guerra sólo fuera para ti un tema -incomprensible- de los libros de historia. Que el día que nos sorprenda tu voz grave y tus ideas propias, te dejen ser un ciudadano europeo, y no un súbdito de los euros.

Es cierto, ya no son tan especiales estos días. Ya no está la magia de lo imprevisible, el milagro espontáneo, el desahogo liberador de todas las primeras veces. Pero al igual que tú, crecemos, aprendimos a hablar con las manos. A veces nos asombramos de lo que somos capaces, a veces todo parece oscuro y nos sobrevuela el miedo, y se apodera de nosotros la desgana. Como tú en medio año, vamos tomando conciencia de lo que somos, de nuestros límites, ajustando la medida de lo que nos gusta y de lo que nos agota, de lo que nos rodea y de lo que nos conviene.

Es cierto, al igual que tú, a medida que crecemos perdemos la inocencia de los recién nacidos. Cada día usamos palabras más raras, cada día todo más complejo, cada vez todo un poco más confuso. Eso no significa que perdamos fuerza (como dicen los que quieren que eso pase), quiere decir que crecemos. Como tú, a pesar de que hoy todavía rías sin reservas a la vida, tendrás problemas, baches, dudas, días grises... Cometerás errores, serás incomprendido, y te enfadarás contigo mismo por no ser capaz de hacer más cosas, o mejor, o más rápido…

Pero, cuando la vida se nos tuerza, me acordaré de tus primeras risas en París, y algo de esa inocencia estará en nosotros para siempre. Como también quedará el recuerdo de ese Madrid, y de los millones que hemos tomado las plazas del planeta en estos meses, para que todo sea un poco más justo, más sencillo y más tierno, es decir, sólo intentamos que se parezca un poco más al momento en que los niños se quedan dormidos.

Por eso habrá que seguir saliendo a la calle, para que cuando tus ojos tranquilos descubran este mundo, no es que lo hayamos arreglado todo, pero al menos todos los sueños sigan pareciendo posibles, como sentí por primera vez en aquellos días de mayo.

martes, 11 de noviembre de 2008

Sueños de Pekín

Huanji tiene 29 años, viene de la provincia de Yunnan (a unos 2.000 kilómetros de Pekín) y entra en el teatro tan emocionado que tropieza un par de veces antes de llegar al escenario. La ocasión no es para menos: es la primera vez que el público ha visto su primera película.

El largometraje cuenta la historia de un niño de su pueblo natal: las tradiciones locales, el tierno cuidado de su familia y su enamoramiento inocente. Es la película de una familia y una infancia felices, llena de sonrisas, auténtica. En esa infancia de sueños y banalidades, en un momento dado, a escondidas, el niño roba dinero a su madre para ir al cine. Es el principio de una pasión que llevará al joven a estudiar en Pekín.

Y algunos años después, en este escenario, ese niño ha crecido. Después de ver la película, el director (Huanji), de pelo larguísimo y aspecto desaliñado, reconoce que la historia que acabamos de ver es su historia. El padre que le mimaba y le duchaba de pequeño es su padre; y los ojos de la muchacha de la que se enamora eran los de su vecina. Nos cuenta que ha vendido su casa para poder hacer la película. A sus 29 años, ha podido contar su historia.

Frente a los grandes sueños realizados en otras latitudes (sí, me refiero a Obama) uno abre los ojos y descubre los milagros que se producen en su propia ciudad. Como el de Xiao Mao, que soñaba con poder viajar al extranjero y va a tener una oportunidad a partir de junio: irá a Japón a enseñar chino (“aunque lo único que me interesa es viajar y pasármelo bien”, dice). O como Wen Xiao, que había leído a García Márquez en chino y ahora, después de cuatro años estudiando, puede hacerlo en español ("¡por supuesto que no es lo mismo que en chino!").

Son los sueños de Pekín, algún cumplidos, otros por cumplir. Siempre en el aire.

lunes, 29 de octubre de 2007

Volver a la guardería

Para despertar en Pekín es necesario hacerlo sin el pijama de toda la vida; porque aquí ya te no queda bien. Hay que olvidarse de tomar un café por la mañana y de escuchar las noticias por la radio. Dejar a un lado las llaves del coche, volver a la guardería y cambiar de nombre. Porque aquí ya no te llamas ni Jorge, ni George, ni Jordi. Aquí eres otra cosa.

En Pekín eres el guiri al que los niños persiguen por la calle y tiran de los pelos de las piernas. Eres el extranjero que no sabe utilizar palillos y no sabe pedir comida en el restaurante. Eres el único que se pierde entre las callejuelas y sus abuelos jugando a las cartas. El único que mira al cielo sorprendido por las luces de neón y la cantidad de karaokes que pueblan cada avenida.

Durante los primeros días en esta ciudad, uno tiene la sensación de que un árbitro te persigue y te señala fuera de juego en cada acción. Pekín es un lugar donde uno tiene dificultades para agarrarse a cualquier cosa conocida; como si alguien te soltara en medio del Océano y a tu alrededor sólo vieras agua, sin encontrar ningún trozo de madera con el que poder mantenerte a flote. Pero también, por eso mismo, es un lugar perfecto para volver a nacer y empezar de cero.


Pero esto es sólo el principio. Cualquiera que lleve algunas semanas en Pekín se da cuenta de que las diferencias son más profundas que usar palillos, tener los ojos rasgados o vestir otras ropas. Si los silbidos son diferentes en Pekín no es porque lo sea la vibración de los labios, sino por el mecanismo mental que los produce, por las razones por las que se silba. La diferencia con todas las ciudades que has visitado antes se encuentra en la manera en que sus ciudadanos se atan los cordones de los zapatos. En el modo en el que se sube al autobús. En los sueños que cada uno tiene por la noche.