lunes, 7 de diciembre de 2009

Viaje a Queens

Para muchos, adentrarse en Queens es un riesgo que no merece la pena. Para mí, Queens es una aventura que tiene un atractivo irrenunciable y que me gusta repetir.


Queens es el más grande de los cinco distritos (boroughs) de Nueva York con una población que supera los tres millones de habitantes, de los cuales se estima que más de la mitad son latinoamericanos. Al mismo tiempo, es el distrito menos atractivo para las guías de viaje y el menos visitado por el turista y el neoyorquino natural de Manhattan. No existen edificios simbólicos ni museos de renombre ni grandes tiendas donde comprar. Hoy por hoy, además, se iguala con el Bronx en cuanto a índice de asesinatos. Razones suficientes para que, tal vez, este barrio no tenga bazas importantes a su favor. Pero la sensación misma de coger el tren para llegar hasta Queens es un pretexto perfecto para disponerse a viajar.



Se deja en casa la brújula neoyorquina, que guía a lugares comunes, y se coge el Metro de la línea 7, dirección a Jamaica. Con ese aire a cuento, el tren elevado atraviesa los barrios de Queens, como a principios del siglo XX hizo su compañero de fatigas de la Tercera Avenida. Desde ese camino de hierro forjado en las alturas, se extiende un manto con prominencias, de tejados y azoteas, y entre sus descosidos se abren calles que dejan ver un hervidero rebozado de un aceite especial. Como en el verdadero viaje a Macondo, que contó García Márquez en la primera parte de sus memorias, el tren se detiene en estaciones sin pueblo, ubicadas a varios metros a ras del suelo. Cuando se llega a Jackson Heights, después de dejar el Woodside irlandés y alejarse de Queens Boulevard, el rechinar toma un auténtico acento suramericano.



Al bajar las escaleras, el corazón de Jackson Heights late cada día desconsolado, entre los comercios que no saben de horarios, los coches que se saltan los semáforos y el ruido infernal que rompe cada pocos minutos cuando el tren pasa a toda velocidad sobre las vías elevadas que recorren Roosevelt Avenue. Desde la década de los sesenta no han dejado de llegar inmigrantes ilegales a esta zona de Queens. La inmensa mayoría son suramericanos que vienen huyendo de la pobreza de sus países de origen, impulsados por los desajustes, rebotados por la vida.



Roosevelt Avenue es una Latinoamérica que se estira recta por el cemento, a la sombra del metro en alto, pero con el mismo mapa desdibujado, en ese avispero al que siempre le falta la avispa reina. Es Latinoamérica, que ha dejado las pantuflas por las deportivas blancas y el olor a madreselva por el refrito. Trescientos mil colombianos, casi el mismo número de ecuatorianos y dominicanos, un gran número de argentinos. Por Roosevelt Avenue, las tiendas tienen los letreros en español y sólo en algunas, más preparadas que otras, se pone el cartel de “se habla también inglés”. Por las aceras, las mujeres venden maíz tostado o cuencos de mazamorra (maíz con leche) para llevar.


En el número 81-01, haciendo esquina, se encuentra una pequeña casa colonial de dos plantas llamada Casa Mario, también conocida como el Palacio de los Frisoles. Este restaurante colombiano, abierto las 24 horas, está especializado en pollos a la brasa. Con los marcos rojos de sus puertas y ventanas, sus mesas del mismo color y sus sillas a cuadros, Casa Mario acoge al viajero entre plantas que trepan por las escaleras. Los pollos dan vueltas en el asador mientras se abre apetito con cualquiera de sus sopas por 5 dólares (de mondongo, de tostones o de albóndigas). Medio pollo cuesta 3,5$ pero es insuficiente cuando el cuerpo de los visitantes pide uno entero por 7,50$. Se acompaña con arepa con queso, tostones, yuca frita o chicharrones. Pero mi acompañamiento preferido son los frijoles (3,75$ el plato grande, 2,75$ el pequeño), que junto con un buen trozo de pollo a la brasa y ensalada, me hace sentir que el viaje a Queens no sólo es una alegría para el alma, además es un banquete para el estómago.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ajena.

Las ciudades -nos guste o no- también nos habitan a nosotros. Se pasean por nosotros, nuestras esquinas y nuestras plazas. A veces haciéndonos sentir bien, otras dándonos escalofríos y en algunos casos, cogiéndonos cariño.

Jena debe de sospechar que la odio, y es cierto que motivos no le faltan. Se enfada y nos envuelve a los dos en una neblina que oculta sus vergüenzas. Luego se le pasa y me perdona. Se intenta poner coqueta, con dos o tres días de glorioso otoño de cielo azul y fuego en los árboles, aunque todo acaba quedando en buenas intenciones.

Con reflejos envidiables -me conoce bien-, cuando me voy a ir con otra a engañarla por dos o tres días, intenta que por lo menos me vaya con ganas de volver. Espero irme de aquí antes de que consiga convencerme del todo.

Visiones de todos

lunes, 16 de noviembre de 2009

Un 'viaje' alternativo


Hace unos días, un amigo me relataba con cierta decepción una visita que había hecho a los Guerreros de Terracota. Yo, recién llegado de un viaje por Xian y por supuesto de ver esta maravilla, me esforzaba en comprenderle, aunque no compartía su opinión. “Es como un parque temático”, insistía mi amigo. “Hombre, algo de razón tienes. Hay muchos visitantes, están en un lugar muy frío...”, contestaba. Y él asentía.

Pero por dentro pensaba en lo interesante que me pareció la visita, en el viaje interior que, mientras me abría paso entre los turistas, hacía a través de los libros que había leído, de los documentales vistos, buscando los conocimientos aprendidos para contrastarlos in situ. Era como volver al pasado en un lugar que tal vez no invitaba a ello, imaginando como hubiese sido quedarse encerrado en las galerías y transitar entre los miles de soldados de terracota con una antorcha de fuego y poder ver sus rostros impertérritos, preparados para la posteridad.

En una de esas estaba cuando de pronto vi una imagen extraordinaria de unos cuantos guerreros, parcialmente iluminados por los rayos del sol que entraban por los ventanales. Era como un juego de luces y sombras que rompían con la monotonía del lugar, con la luz uniforme, con las filas interminables de soldados. Gracias a esos rayos de sol, algún que otro soldado cambiaba de rostro por unos segundos, se hacía diferente y, al menos para mí, adquiría vida. Saqué mi cámara e hice diez fotos, hasta estar totalmente satisfecho. Puede que la realidad no fuese así, que los tonos fueran diferentes (¡qué más da!) pero es la imagen que mejor transmite lo que yo sentía.

¿Cómo no iba a disfrutar de esta visita? De alguna forma, en aquella nave industrial de grandes ventanales, yo había disfrutado de una perspectiva privilegiada. Ni siquiera un grupo de turistas que atendían sin pestañear a su guía en el lugar en cuestión habían reparado en la visión. Esto me lleva a pensar que ese día podía haber visto cualquier cosa, a saber, un soldado haciendo estiramientos después de miles de años o un par de ellos que se cambiaban de lugar. Aquel día, estaba predestinado a hacer un gran descubrimiento desde el momento en que decidí embarcarme en mi particular viaje al pasado.


Visiones de todos


lunes, 9 de noviembre de 2009

Seúl, moderna y detallista

Seúl desprende modernidad en cada una de sus esquinas, restaurantes y avenidas, como si las pocas horas de avión te hubieran trasladado no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Cuando paseas entre sus rascacielos, te metes en sus centros comerciales o te acercas a un ordenador, uno tiene la impresión de que esto todavía no ha llegado a muchos países, pero que llegará tarde o temprano.

Por encima de esta apariencia exterior, de esas luces de neón que toman las calles por la noche, la modernidad surcoreana se siente como algo interno, algo que emana del comportamiento y la personalidad de sus ciudadanos. En el metro, cada uno de los pasajeros ve los culebrones coreanos en la pantalla de su teléfono móvil. Algunos llevan gafas de pasta sólo por el gusto estético, sin dioptrías de por medio. En las oficinas de información turística, los mapas y folletos han sido sustituidos por lápices de memoria (USB) que los viajeros descargan en su ordenador o teléfono móvil. La surcoreana es una sociedad cableada, moderna, donde las tecnologías han dejado de ser un canal para convertirse en parte importante de la vida. Y esta sensación te produce tantos escalofríos como el de un hombre de la Edad Media que hubiera saltado hasta el siglo XX.


En Seúl, la modernidad ha sido hasta hace bien poco sinónimo de capitalismo (no en vano, el país lleva más de cincuenta años en guerra contra el vecino comunista del Norte). Y la ciudad muchas veces parece sólo existir como una empresa: se encarga de facilitar el transporte, la comida y las horas de trabajo, mientras por la noche las calles se llenan de clientes con ganas de gastarse todo el dinero que han ganado durante el día. Seúl tiene el centro comercial subterráneo más grande del mundo, el Coexmall, un laberinto bajo tierra de tiendas, cafeterías, librerías, salas de máquinas, cine y hasta un aquarium. Y en muchos sentidos, paseando por unas calles llenas de tentaciones a pocos euros, uno siente que en realidad no está en una ciudad, sino en un inmenso centro comercial. Seúl pasa por ser un supermercado gigante.

Como todo lugar lleno de contradicciones, a Corea del Sur se le podría intercambiar la etiqueta de “moderna” por “tradicional”. No habría ningún problema en ello y todo el mundo lo entendería como algo natural. Porque Seúl es dinámica y estática, innovadora y conservadora. Aunque uno se puede pegar un baño en un spa, hacerse las uñas y cantar en un karaoke (todo ello al mismo tiempo), a nadie se le ocurriría romper con la armonía de sus parques. Los surcoreanos construyeron sus templos y palacios atendiendo más a la naturaleza que al hombre, y en el Changdeokgung, un antiguo palacio imperial, uno puede sentir como cada una de las piedras se colocó pensando en las hojas de los árboles que estaban en frente.

Otra de las características de Seúl es su simpleza, marca de la casa en el arte y las consideraciones estéticas. Y el orden, la dedicación, el detalle. Si durante el siglo XIII los coreanos grabaron en tablas de madera los 26 millones de caracteres de las escrituras budistas, con un gusto preciso por el detalle, la sociedad actual se ha dedicado a hacer lo mismo con chips electrónicos. De cuidar bonsáis a ser líderes en tecnología. Todo por ese gusto por la precisión y el detalle, que se siente en las frutas que se colocan en la calle (“armonía”, que dirían ellos) y las piedras que uno encuentra por el camino.

sábado, 24 de octubre de 2009

Los hay

Hay quienes luchan cada día. Hay mujeres que se duermen pensando en lograr los sueños de otros. Hay hombres, al final hay hombres, que no se resignan a que sufran otros hombres.

En Madrid, en cualquier ciudad, en el pueblo menos pensado, hay quienes pasan frío, y calor, y lluvia, en manifestaciones que luego se contarán como “apenas unas decenas contra…”. Hay reuniones a las que les sorprende la noche. Hay asambleas a la hora de comer.










Hay quienes acaban una jornada agotadora, felices por haber sacado una sonrisa de quienes casi nunca sonríen. Y miden su trabajo con la inmensidad de esas sonrisas.


Sí, los hay que deciden jugarse la vida al otro lado del mundo, por gente que no conocen. Sólo porque saben que es lo justo. Son los incómodos. Les llaman protestones, pesados, cabezotas, temerarios… porque arriesgan su trabajo, su alquiler, su hipoteca, los escudos contra la incertidumbre.










Hay personas en cada ciudad, que esperan que termine su horario, para empezar a trabajar para que el mañana sea diferente. Y gente que escoge su trabajo para sentirse parte de ese mañana.

Por eso hay compañeros que se convierten en amigos. Y amigos que se convierten en compañeros…

Los hay que se vuelcan en sus hijos, y otros en que sus nietos se sientan bien en este mundo. Están los que batallan por un hogar que está lejos. Desde una clase, desde un despacho, inventando una huerta, juntándose para dibujar otro mundo.









Conviene recordarlo, de vez en cuando, en estos días cínicos. En el planeta del nadie hace nada por nadie, de mediocridad e indiferencia. Frente al imperio del ‘da igual’, del ‘y yo qué puedo hacer’… en cada esquina están ellos, los que luchan cada día.


domingo, 18 de octubre de 2009

Visiones de todos



Queremos volver a abrir los ojos. Visiones quiere tomar un nuevo rumbo, ampliar su mirada, sus miradas. Hace 4 años (“y cómo pasa el tiempo, que de pronto…”), empezamos un diálogo entre dos. Necesitábamos esa intimidad, ese diálogo para salvar la distancia.

Hoy queremos invitar a cualquiera que tenga ganas de tener visiones -y contarlas- a que se una a esa barra de bar, a ese banco en la plaza en el que nos contamos las maravillas del día a día, para tratar de rescatarlas del olvido de la rutina.

Daniel Pekín y Alberto Madrid no dejarán de escribir, grabar, fotografiar, escuchar... visiones. Pero también queremos ver las de otros, en otras ciudades, en otros pueblos, en otros mares.

Desde Bruselas a Estambul. Desde Nueva York a Santa Cruz. Estamos seguros que los
lectores de visiones son los primeros que tendrán las suyas. Y así poder seguir compartiendo los miedos y emociones, horizontes y guiños, destellos y suspiros... de todos.

Están invitados -desde ya- a enviar sus visiones (fotos, vídeos, sonidos, palabras):

asenante@gmail.com
danielmendezmoran@gmail.com


Todos tenemos visiones. Queremos verlas.

martes, 28 de julio de 2009

Cegamos por vacaciones

Los visionarios volvemos a colgar el cartel de "Cegados por vacaciones" (Sólo hay algo peor que un mal juego de palabras: repetirlo).


El sudor del verano empapa nuestras pupilas y ya nos nos deja ver más allá... Esperamos volver a abrir los ojos en otoño. Con más rincones, más encuentros, más destellos, vamos, con más VISIONES...

Gracias por mirar a nuestro lado,

Dani Pekín
Alberto Madrid


sábado, 18 de julio de 2009

Desperté en Pekín (Visiones que casi se cruzan)


Al día siguiente, me desperté sudado en Pekín.


Yo siempre había imaginado llegar en tren -y no en sueños- con todo el tiempo que el Orient Express me dejase en sus 8 días y 8 noches desde San Petersburgo. Con el desierto del Gobi y las estaciones de madera de cada pueblo estepario para permitirme darme cuenta del viaje, de la magnitud del destino.

En cambio, desperté en Pekín empapado bajo unas sábanas de seda, con un ventilador que sólo removía el sopor de la habitación de hotel. Me reconocí aturdido, como después de una mala siesta, sin cuerpo para comenzar la jornada del sutil oficio de viajero.

Casi me molestaba estar en China sin haberme preparado. ¿Por dónde empezar cuando llegas a otro mundo? ¿Hacia dónde dar los primeros pasos cuando te encuentras, por sorpresa, en otro planeta?

En los sueños tampoco eliges, y no estaba en un hutong tradicional como hubiera elegido siempre, sino en un hotel que había sido moderno hace 20 años, construido sobre el cementerio de un barrio derribado.

Bajar a la calle parecía una obligación, pero la pereza se había hecho fuerte, como si los sueños también tuvieran su jet lag. Así que decidí asomarme a la ventana, y contemplar desde la distancia los primeros rostros orientales, las luces de neón intermitentes, los gestos pausados en medio de un ritmo que algún dios parecía haber acelerado.

Con la frente pegada a la ventana, pensé una estupidez, quizás verdadera: son distintos los chinos en China. En vez de las sonrisas forzadas de camareros y dependientes, aquí reían a carcajas. Caminaban, hablaban, vivían con una seguridad extraña para mí, como si supieran que aquella tierra, aquellas formas les pertenecían desde milenios. Entendí que estaba frente a otro mundo, y entonces, el extraño era yo.


Volví a la cama, a reflexionar boca arriba, a ritmo del ventilador, qué carajo podría significar eso de cultura milenaria. (Supongo que me faltaban las horas de tren en la estepa para hacerme una idea).

Y ya no me dio tiempo de salir a la calle, de oler las especias de los pinchos en las parrillas callejeras, de tomar té con ancianos en patios lejos de todo, de relajarme viendo hacer tai chi en los parques, o de fijarme como un maniaco en los hombros de las mujeres, de que me atropellaran mientras iba distraído en bicicleta, y de encontrarme con mi amigo…


No importa. Desperté en Pekín. Había estado en China. Eso bastaba.