miércoles, 7 de julio de 2010

Visiones de viaje

Pedaleando por el mundo, uno se da cuenta que algunos se empeñan en poner la vida, las ciudades, entre barrotes


Los hay que son capaces de ponerle cadenas a los columpios












Se ve que unos confían en el orden











y otros en el destello de color que surge en el medio del caos.
















A veces la vida nos pone obstáculos absurdos en el camino






pero, gracias a eso, vemos lo que somos capaces de saltar...
Y también, de vez en cuando, la vida nos ofrece un fuego, un refugio, una cabaña







y un horizonte










nos envía una señal


incluso nos regala una compañía, una compañera






y abre todas las ventanas


Así uno comprende, que a veces unos pocos tienen que dar las primeras pedaladas, decidirse a cruzar juntos el puente













para que otros puedan unirse en el camino



















En los viajes, la vida se concentra. Uno parece estar iluminado… Y llega a entender que la felicidad se había escondido en un puñado de cerezas.

sábado, 1 de mayo de 2010

Nacido el 1 de Mayo (hace un año)


"Tu risa me hace libre / me pone alas".
Miguel Hernández

Naciste en París hace un año, y la ciudad no se detuvo. Como no se ha detenido la Tierra que pisas, girando 365 veces sobre sí misma. Has visto llegar y marcharse a las 4 estaciones, y ya te habrás asombrado unas cuantas veces con esa pelota de luz que de vez en cuando queda suspendida en el cielo.














No, a pesar de tu llegada, y de cientos de miles como tú, el mundo sigue igual de estúpido, igual de egoísta, de hipócrita y de suicida. A pesar de tu risa en la bañera, de tus manos que quieren atrapar las nubes… no tan lejos sigue habiendo hambre y guerras, destrucción y miseria. (Te escribo todo esto porque sé que no sabes leer. Ni falta que te hace).

Y sin embargo, tú mejoras el mundo cada día. Nos vuelves dulces con tu dulzura, somos inocentes en tu inocencia, y libres junto a tu alegría. Te sale un diente y es una fiesta. Te pones enfermo, y nos ponemos tiernos. Nos quitas la prisa, la bronca, los dilemas. Las pequeñas derrotas, los porcentajes, las miserias propias y la desvergüenza ajena.

Nos olvidamos del rencor, dejamos de lado al egoísmo. Volvemos a sentir la maravilla. Con tus primeros balbuceos, devuelves el sentido a las palabras. Cuando echas a andar -para llegar al balón, para cruzar una puerta- damos valor a cada paso. Y verte crecer es recuperar el sentido del tiempo.

Pero sobre todo haces que miremos al niño escondido que siempre somos, y nunca más seremos. Porque eres generoso, y te quieres parecer a todos nosotros. Y unas veces sonríes con la mirada de tu madre, y te vas quedando dormido, y cierras los ojos con la tranquilidad de tu padre. Y dejas que te crezcan las orejas puntiagudas como a tus abuelos, y en esa foto tienes un aire a tu abuela, y en este vídeo recuerdas en algo a la otra, y te relames como tu bisabuelo... O pedaleas en el aire, porque sabes que así emocionas a tus tíos.




Y ya te lo dije hace un año: tú, y los miles como tú, deberían detener por un segundo las ciudades, interrumpir las reuniones, parar las clases, las obras, las imprentas, todos los discursos.

Si tan sólo un segundo os mirásemos de frente, a los ojos, a la vida que hay en vuestros ojos… Si el mundo se enterara de que Paul existe. Si se tomara un instante para fijarse en ti, y en los miles como tú; el mundo cambiaría, como tú nos cambias a nosotros.




A Paul, feliz cumpleaños,
feliz todos los días.

miércoles, 21 de abril de 2010

Rutas

[Dentro del proyecto Visiones de todos. Por Lázaro Giménez]

Vivo en Europa, pero a las afueras. Al sur, sí, y casi “al borde” de Europa, en todos los sentidos. Vivo en una ciudad fea como una estación de autobuses a las once de la noche, pero cuyo corazón late como una pequeña terminal de vuelos internacionales. Si se tratara de una gran metrópolis, tal vez no me hiciera tantas preguntas, porque son ese tipo de ciudades las que se convierten en polos imantados para atraer a las personas y las historias que llevan consigo. Pero no es así, es una ciudad fea y gris como una estación de autobuses, y por eso me pregunto qué tipo de conexiones existen en este mundo para que todas esas personas lleguen hasta aquí, un día u otro, de noche, o a punto de romper el alba, cargados con maletas que se amontonan en el andén.



Me pregunto qué rutas les han encaminado hasta esta geografía desconocida y que aparece en los mapas como un simple lugar de paso. Me refiero a gente como Luís o Joanna. ¿Sabía Luís, hace veinte años, trabajando como periodista en los Andes y huyendo de la dictadura en Ecuador, que acabaría buscándose la vida en campos de alcachofas y marchitándose en una residencia de ancianos lejos de su país? ¿Qué pasos trajeron a Joanna, la nieta del republicano español que se salvó como tantos otros en el Winnipeg de Neruda, a esta estación de autobuses? ¿Fue el crecer junto a la estación central de Santiago de Chile? ¿Tenía marcado en el mapa el nombre de esta ciudad Anderson, un militar congoleño que no lo aparenta, al dejar su familia y su país, cuando el asesinato del presidente Kabila le empujó a huir en 2001? ¿Podía imaginarse estas calles cuando cruzaba el desierto o embarcado en una patera? ¿Y qué hay de Anna, la bailarina del Circo de Moscú que encontró aquí el amor y la felicidad? ¿Sabía que el contrato que le ofrecieron para trabajar en España era en una barra americana? ¿Sabía Onelia que llegaría hasta aquí cuando daba clases como profesora en la Cuba de Castro, esta mujer de 70 años, nieta de un barcelonés y una irlandesa? ¿Qué pasa con Coffe, el marinero de Ghana, que llegó hasta Nueva York para buscarse la vida como taxista, incluso como modelo, y que ahora cobra por cargar cajas de lechuga en los camiones que las llevan hasta los supermercados de Alemania? ¿Cuánto tardará en volver a embarcarse en otro barco que se recorra toda la costa de África Occidental?


A veces repaso todas esas historias, y anoto pequeñas frases que sobre cada una de ellas me vienen a la cabeza. Aunque, de todas, hay una cosa que me intriga y que siempre les pregunto: ¿cómo has llegado hasta aquí? Casi como Baudelarie cuando, arrebatado, preguntaba al viajero: “Dites, qu’avez-vous vu?”.


sábado, 3 de abril de 2010

El nostálgico que eligió ser italiano

Dice la canción que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Sin embargo, no pasan más de dos años para que algo en mí se remueva, un desasosiego que no puede calmarse más que volviendo a Italia.

Como el sadomasoquista que no encuentra frontera entre el placer y el dolor, un nostálgico vocacional regresa siempre a los lugares donde sus días fueron especiales, al escenario de sus sentimientos concentrados.

El tren te acerca por las colinas conocidas. Otra vez la emoción de viajar sin biglietto.
Decides, sobre un mapa escondido en la memoria, por qué porta te gustaría volver a poner los pies en Siena. “Siena, la bien amada -que decía Saramago- donde mi corazón se complace de veras”. Pues eso.

Y te sorprendes a ti mismo con una cascada de recuerdos, de aquellos días en que la magia se convirtió en rutina:

Junto a esta fuente tomaba con Fede aquellas pizzas y cervezas mientras me contaba los sueños que ahora ya ha cumplido; en esa casa -donde ahora viven otros- conocí a Sauro, la noche de invierno que tocamos las estrellas desde las aguas ardientes de las termas de Petriolo... Por estas rampas subíamos Andreu y yo en bicicleta, con la mochila repleta de la compra de la semana. Y resoplábamos al llegar a esta Porta, la Romana, orgullosos, sudados y felices.

Y al caer la noche sigues paseando por los alrededores del Duomo, y sientes el imán de la Piazza del Campo. Y aunque sabes que no debes, regresas. Vuelves al ladrillo casi exacto donde estudiaste los primeros verbos italianos. Donde tomabas aquellos helados en las noches de verano. Esa plaza, ese espacio mágico que dio sentido a la palabra encuentro.

Entonces te das cuenta, que tú mismo te has partido, y estás a la vez en tres tiempos: vives el presente que es regresar a Siena, revives los recuerdos que te inyecta estar en esa plaza mágica, y también imaginas otra vida que nunca fue, la que habría sido de quedarte en ese lugar.

Eso debe ser la nostalgia, y duele. Como duele siempre la vida, cuando se toma sin atajos.

Y también Florencia. A mediodía, desde el piazzale Michelangelo, Firenze hace como si nadie la mirase. Es una señora elegante, tan acostumbrada a las miradas indiscretas, que se gusta sabiéndose deseada -a su edad- sin que nada altere su paso.

Te fuiste escribiendo que en cualquier parte del mundo, siempre te faltará la protección de esa cúpula, del cobijo de los triángulos de un puente, del violeta de las colinas antes de la noche. Ahora tienes todo eso delante, y sientes que no te han fallado, como si Firenze no hubiera cambiado para que tú la encontraras igual. A veces las ciudades son más fieles que las personas.

Y eso que tus florentinos -Ludo, Angelo, Mara, Giulia, Virgi y unos largos puntos suspensivos- lo son. Y estar con ellos hace que rebroten las partes de ti que más te gustan. Te recuerdan ese modo italiano que hay en ti, o ése que un día quisiste ser. El impulso vital de preparar con cura (atención) una cena para doce. Celebrar el placer de ser juntos. Brindar por la vida, por sus placeres. Mirar los árboles de otro modo. Soñar con otro mundo, y como buenos artesanos, ponerse manos a la obra para acercar ese horizonte soñado. Desde la alegría.

Así, llega el momento en que uno no vuelve a Italia para verla. Sino para verse en ella…
No se trata ya de visitar tal o cual ciudad, pueblo, museo o paisaje. Sino de regresar a tu destino. Recuperar la profunda calma que provoca hablar, no tu lengua madre, sino tu idioma elegido. Estar junto a los que puedes crear una familia. No echas de menos volver a tu país de origen, sino a tu patria elegida.


lunes, 22 de febrero de 2010

lunes, 11 de enero de 2010

Búsquedas parisinas

“Siempre nos quedará París” (Rick, en Casablanca, 1942)
Regresar a París supone siempre una búsqueda…
De parques llenos y jardines solitarios













De esculturas clásicas y vanguardistas


De rincones aislados y coloristas












Del futuro












Del Sena turístico e íntimo


De arquitecturas













e ingenierías














De sabores y olores que te atrapan





De los puentes de siempre y de hoy













De lugares de silencios












De libros legendarios


y de su cielo único
















…pero confieso que, junto a todas esas cosas, ahora sobre todo vuelvo a París en busca de una sonrisa.
"Naciste en París el 1 de mayo. Y la ciudad no se detuvo".
(Visiones, 2009)
PUBLICADO POR EL CHARLES

domingo, 13 de diciembre de 2009

El pino imposible

Debido a su alta valencia ecológica [el pino canario] puede vivir en un amplio rango de alturas, desde unos 100 hasta los 2000 metros sobre el nivel del mar”. Wikipedia “Pino canario (Pinus canariensis).

Dicen que más allá de una línea que coincide, más o menos, hasta donde llegan las nubes, no puede crecer ningún pino canario. Es imposible, no hay agua. A partir de esa frontera, el viento del Teide es demasiado seco, apenas crecen unos pocos matorrales.

Dicen también que las cosas son como son. Y que siempre ha habido pobres, y siempre habrá guerras. Que es muy difícil cambiar las cosas, y uno solo qué va a hacer.


La verdad es que el mundo está fatal. Los niños son crueles, y ese es un conflicto que empezó hace siglos y no tiene remedio. Lo más probable es que no sobreviva a la operación. Le quedan meses, si no semanas, de vida. Y te guste o no, en este mundo sólo importa el dinero.


Lo único que sirve es el miedo, para que no nos matemos unos a otros. Autoridad, “mérito y esfuerzo”. Dicen -pero yo nunca lo he visto- que la letra con sangre entra.

Se comenta que salir a la calle no sirve de nada. Que Estados Unidos, los bancos, el ejército, los presidentes de fútbol, son los que mandan. Y que sólo por dejar de comer no vas a cambiar el mundo…



















Un hombre que hace eso no va cambiar en la vida. Alguien así nunca conseguirá un trabajo. Cómo te vas a ir ahí, sin dinero, sin saber el idioma. Nadie se gana la vida con eso. Es lo que hay. Lo coges o lo dejas. No seas iluso. Eso no conduce a nada. Antes tienes que estar seguro.

Nunca nos entenderemos con esa gente. Son tan diferentes. Nadie va a publicar eso. Y eso a quién le importa. Y eso qué más da.

También dijeron, y a veces casi nos creímos, que nuestro amor era imposible.


lunes, 7 de diciembre de 2009

Viaje a Queens

Para muchos, adentrarse en Queens es un riesgo que no merece la pena. Para mí, Queens es una aventura que tiene un atractivo irrenunciable y que me gusta repetir.


Queens es el más grande de los cinco distritos (boroughs) de Nueva York con una población que supera los tres millones de habitantes, de los cuales se estima que más de la mitad son latinoamericanos. Al mismo tiempo, es el distrito menos atractivo para las guías de viaje y el menos visitado por el turista y el neoyorquino natural de Manhattan. No existen edificios simbólicos ni museos de renombre ni grandes tiendas donde comprar. Hoy por hoy, además, se iguala con el Bronx en cuanto a índice de asesinatos. Razones suficientes para que, tal vez, este barrio no tenga bazas importantes a su favor. Pero la sensación misma de coger el tren para llegar hasta Queens es un pretexto perfecto para disponerse a viajar.



Se deja en casa la brújula neoyorquina, que guía a lugares comunes, y se coge el Metro de la línea 7, dirección a Jamaica. Con ese aire a cuento, el tren elevado atraviesa los barrios de Queens, como a principios del siglo XX hizo su compañero de fatigas de la Tercera Avenida. Desde ese camino de hierro forjado en las alturas, se extiende un manto con prominencias, de tejados y azoteas, y entre sus descosidos se abren calles que dejan ver un hervidero rebozado de un aceite especial. Como en el verdadero viaje a Macondo, que contó García Márquez en la primera parte de sus memorias, el tren se detiene en estaciones sin pueblo, ubicadas a varios metros a ras del suelo. Cuando se llega a Jackson Heights, después de dejar el Woodside irlandés y alejarse de Queens Boulevard, el rechinar toma un auténtico acento suramericano.



Al bajar las escaleras, el corazón de Jackson Heights late cada día desconsolado, entre los comercios que no saben de horarios, los coches que se saltan los semáforos y el ruido infernal que rompe cada pocos minutos cuando el tren pasa a toda velocidad sobre las vías elevadas que recorren Roosevelt Avenue. Desde la década de los sesenta no han dejado de llegar inmigrantes ilegales a esta zona de Queens. La inmensa mayoría son suramericanos que vienen huyendo de la pobreza de sus países de origen, impulsados por los desajustes, rebotados por la vida.



Roosevelt Avenue es una Latinoamérica que se estira recta por el cemento, a la sombra del metro en alto, pero con el mismo mapa desdibujado, en ese avispero al que siempre le falta la avispa reina. Es Latinoamérica, que ha dejado las pantuflas por las deportivas blancas y el olor a madreselva por el refrito. Trescientos mil colombianos, casi el mismo número de ecuatorianos y dominicanos, un gran número de argentinos. Por Roosevelt Avenue, las tiendas tienen los letreros en español y sólo en algunas, más preparadas que otras, se pone el cartel de “se habla también inglés”. Por las aceras, las mujeres venden maíz tostado o cuencos de mazamorra (maíz con leche) para llevar.


En el número 81-01, haciendo esquina, se encuentra una pequeña casa colonial de dos plantas llamada Casa Mario, también conocida como el Palacio de los Frisoles. Este restaurante colombiano, abierto las 24 horas, está especializado en pollos a la brasa. Con los marcos rojos de sus puertas y ventanas, sus mesas del mismo color y sus sillas a cuadros, Casa Mario acoge al viajero entre plantas que trepan por las escaleras. Los pollos dan vueltas en el asador mientras se abre apetito con cualquiera de sus sopas por 5 dólares (de mondongo, de tostones o de albóndigas). Medio pollo cuesta 3,5$ pero es insuficiente cuando el cuerpo de los visitantes pide uno entero por 7,50$. Se acompaña con arepa con queso, tostones, yuca frita o chicharrones. Pero mi acompañamiento preferido son los frijoles (3,75$ el plato grande, 2,75$ el pequeño), que junto con un buen trozo de pollo a la brasa y ensalada, me hace sentir que el viaje a Queens no sólo es una alegría para el alma, además es un banquete para el estómago.