sábado, 1 de mayo de 2010
Nacido el 1 de Mayo (hace un año)
miércoles, 21 de abril de 2010
Rutas
[Dentro del proyecto Visiones de todos. Por Lázaro Giménez]
Vivo en Europa, pero a las afueras. Al sur, sí, y casi “al borde” de Europa, en todos los sentidos. Vivo en una ciudad fea como una estación de autobuses a las once de la noche, pero cuyo corazón late como una pequeña terminal de vuelos internacionales. Si se tratara de una gran metrópolis, tal vez no me hiciera tantas preguntas, porque son ese tipo de ciudades las que se convierten en polos imantados para atraer a las personas y las historias que llevan consigo. Pero no es así, es una ciudad fea y gris como una estación de autobuses, y por eso me pregunto qué tipo de conexiones existen en este mundo para que todas esas personas lleguen hasta aquí, un día u otro, de noche, o a punto de romper el alba, cargados con maletas que se amontonan en el andén.
Me pregunto qué rutas les han encaminado hasta esta geografía desconocida y que aparece en los mapas como un simple lugar de paso. Me refiero a gente como Luís o Joanna. ¿Sabía Luís, hace veinte años, trabajando como periodista en los Andes y huyendo de la dictadura en Ecuador, que acabaría buscándose la vida en campos de alcachofas y marchitándose en una residencia de ancianos lejos de su país? ¿Qué pasos trajeron a Joanna, la nieta del republicano español que se salvó como tantos otros en el Winnipeg de Neruda, a esta estación de autobuses? ¿Fue el crecer junto a la estación central de Santiago de Chile? ¿Tenía marcado en el mapa el nombre de esta ciudad Anderson, un militar congoleño que no lo aparenta, al dejar su familia y su país, cuando el asesinato del presidente Kabila le empujó a huir en 2001? ¿Podía imaginarse estas calles cuando cruzaba el desierto o embarcado en una patera? ¿Y qué hay de Anna, la bailarina del Circo de Moscú que encontró aquí el amor y la felicidad? ¿Sabía que el contrato que le ofrecieron para trabajar en España era en una barra americana? ¿Sabía Onelia que llegaría hasta aquí cuando daba clases como profesora en la Cuba de Castro, esta mujer de 70 años, nieta de un barcelonés y una irlandesa? ¿Qué pasa con Coffe, el marinero de Ghana, que llegó hasta Nueva York para buscarse la vida como taxista, incluso como modelo, y que ahora cobra por cargar cajas de lechuga en los camiones que las llevan hasta los supermercados de Alemania? ¿Cuánto tardará en volver a embarcarse en otro barco que se recorra toda la costa de África Occidental?
A veces repaso todas esas historias, y anoto pequeñas frases que sobre cada una de ellas me vienen a la cabeza. Aunque, de todas, hay una cosa que me intriga y que siempre les pregunto: ¿cómo has llegado hasta aquí? Casi como Baudelarie cuando, arrebatado, preguntaba al viajero: “Dites, qu’avez-vous vu?”.
sábado, 3 de abril de 2010
El nostálgico que eligió ser italiano
Dice la canción que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Sin embargo, no pasan más de dos años para que algo en mí se remueva, un desasosiego que no puede calmarse más que volviendo a Italia.
Como el sadomasoquista que no encuentra frontera entre el placer y el dolor, un nostálgico vocacional regresa siempre a los lugares donde sus días fueron especiales, al escenario de sus sentimientos concentrados.
El tren te acerca por las colinas conocidas. Otra vez la emoción de viajar sin biglietto.
Decides, sobre un mapa escondido en la memoria, por qué porta te gustaría volver a poner los pies en Siena. “Siena, la bien amada -que decía Saramago- donde mi corazón se complace de veras”. Pues eso.
Y te sorprendes a ti mismo con una cascada de recuerdos, de aquellos días en que la magia se convirtió en rutina:
Junto a esta fuente tomaba con Fede aquellas pizzas y cervezas mientras me contaba los sueños que ahora ya ha cumplido; en esa casa -donde ahora viven otros- conocí a Sauro, la noche de invierno que tocamos las estrellas desde las aguas ardientes de las termas de Petriolo... Por estas rampas subíamos Andreu y yo en bicicleta, con la mochila repleta de la compra de la semana. Y resoplábamos al llegar a esta Porta, la Romana, orgullosos, sudados y felices.
Y al caer la noche sigues paseando por los alrededores del Duomo, y sientes el imán de la Piazza del Campo. Y aunque sabes que no debes, regresas. Vuelves al ladrillo casi exacto donde estudiaste los primeros verbos italianos. Donde tomabas aquellos helados en las noches de verano. Esa plaza, ese espacio mágico que dio sentido a la palabra encuentro.
Entonces te das cuenta, que tú mismo te has partido, y estás a la vez en tres tiempos: vives el presente que es regresar a Siena, revives los recuerdos que te inyecta estar en esa plaza mágica, y también imaginas otra vida que nunca fue, la que habría sido de quedarte en ese lugar.
Eso debe ser la nostalgia, y duele. Como duele siempre la vida, cuando se toma sin atajos.
Y también Florencia. A mediodía, desde el piazzale Michelangelo, Firenze hace como si nadie la mirase. Es una señora elegante, tan acostumbrada a las miradas indiscretas, que se gusta sabiéndose deseada -a su edad- sin que nada altere su paso.
Te fuiste escribiendo que en cualquier parte del mundo, siempre te faltará la protección de esa cúpula, del cobijo de los triángulos de un puente, del violeta de las colinas antes de la noche. Ahora tienes todo eso delante, y sientes que no te han fallado, como si Firenze no hubiera cambiado para que tú la encontraras igual. A veces las ciudades son más fieles que las personas.
Y eso que tus florentinos -Ludo, Angelo, Mara, Giulia, Virgi y unos largos puntos suspensivos- lo son. Y estar con ellos hace que rebroten las partes de ti que más te gustan. Te recuerdan ese modo italiano que hay en ti, o ése que un día quisiste ser. El impulso vital de preparar con cura (atención) una cena para doce. Celebrar el placer de ser juntos. Brindar por la vida, por sus placeres. Mirar los árboles de otro modo. Soñar con otro mundo, y como buenos artesanos, ponerse manos a la obra para acercar ese horizonte soñado. Desde la alegría.
Así, llega el momento en que uno no vuelve a Italia para verla. Sino para verse en ella…
No se trata ya de visitar tal o cual ciudad, pueblo, museo o paisaje. Sino de regresar a tu destino. Recuperar la profunda calma que provoca hablar, no tu lengua madre, sino tu idioma elegido. Estar junto a los que puedes crear una familia. No echas de menos volver a tu país de origen, sino a tu patria elegida.
lunes, 22 de febrero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
Búsquedas parisinas
De rincones aislados y coloristas
Del futuro
Del Sena turístico e íntimo
De arquitecturas
e ingenierías
De sabores y olores que te atrapan
De lugares de silencios
De libros legendarios
y de su cielo único
Publicado por
alberto senante
en
21:28
1 comentarios
domingo, 13 de diciembre de 2009
El pino imposible
Publicado por
alberto senante
en
22:54
4
comentarios
lunes, 7 de diciembre de 2009
Viaje a Queens
Para muchos, adentrarse en Queens es un riesgo que no merece la pena. Para mí, Queens es una aventura que tiene un atractivo irrenunciable y que me gusta repetir.
Queens es el más grande de los cinco distritos (boroughs) de Nueva York con una población que supera los tres millones de habitantes, de los cuales se estima que más de la mitad son latinoamericanos. Al mismo tiempo, es el distrito menos atractivo para las guías de viaje y el menos visitado por el turista y el neoyorquino natural de Manhattan. No existen edificios simbólicos ni museos de renombre ni grandes tiendas donde comprar. Hoy por hoy, además, se iguala con el Bronx en cuanto a índice de asesinatos. Razones suficientes para que, tal vez, este barrio no tenga bazas importantes a su favor. Pero la sensación misma de coger el tren para llegar hasta Queens es un pretexto perfecto para disponerse a viajar. Se deja en casa la brújula neoyorquina, que guía a lugares comunes, y se coge el Metro de la línea 7, dirección a Jamaica. Con ese aire a cuento, el tren elevado atraviesa los barrios de Queens, como a principios del siglo XX hizo su compañero de fatigas de la Tercera Avenida. Desde ese camino de hierro forjado en las alturas, se extiende un manto con prominencias, de tejados y azoteas, y entre sus descosidos se abren calles que dejan ver un hervidero rebozado de un aceite especial. Como en el verdadero viaje a Macondo, que contó García Márquez en la primera parte de sus memorias, el tren se detiene en estaciones sin pueblo, ubicadas a varios metros a ras del suelo. Cuando se llega a Jackson Heights, después de dejar el Woodside irlandés y alejarse de Queens Boulevard, el rechinar toma un auténtico acento suramericano.
Al bajar las escaleras, el corazón de Jackson Heights late cada día desconsolado, entre los comercios que no saben de horarios, los coches que se saltan los semáforos y el ruido infernal que rompe cada pocos minutos cuando el tren pasa a toda velocidad sobre las vías elevadas que recorren Roosevelt Avenue. Desde la década de los sesenta no han dejado de llegar inmigrantes ilegales a esta zona de Queens. La inmensa mayoría son suramericanos que vienen huyendo de la pobreza de sus países de origen, impulsados por los desajustes, rebotados por la vida. Roosevelt Avenue es una Latinoamérica que se estira recta por el cemento, a la sombra del metro en alto, pero con el mismo mapa desdibujado, en ese avispero al que siempre le falta la avispa reina. Es Latinoamérica, que ha dejado las pantuflas por las deportivas blancas y el olor a madreselva por el refrito. Trescientos mil colombianos, casi el mismo número de ecuatorianos y dominicanos, un gran número de argentinos. Por Roosevelt Avenue, las tiendas tienen los letreros en español y sólo en algunas, más preparadas que otras, se pone el cartel de “se habla también inglés”. Por las aceras, las mujeres venden maíz tostado o cuencos de mazamorra (maíz con leche) para llevar.

Publicado por
Fernando Navarro
en
9:20
1 comentarios
Etiquetas: Estados Unidos, Latinoamérica, Nueva York, Queens
martes, 24 de noviembre de 2009
Ajena.
Las ciudades -nos guste o no- también nos habitan a nosotros. Se pasean por nosotros, nuestras esquinas y nuestras plazas. A veces haciéndonos sentir bien, otras dándonos escalofríos y en algunos casos, cogiéndonos cariño.Jena debe de sospechar que la odio, y es cierto que motivos no le faltan. Se enfada y nos envuelve a los dos en una neblina que oculta sus vergüenzas. Luego se le pasa y me perdona. Se intenta poner coqueta, con dos o tres días de glorioso otoño de cielo azul y fuego en los árboles, aunque todo acaba quedando en buenas intenciones.
Con reflejos envidiables -me conoce bien-, cuando me voy a ir con otra a engañarla por dos o tres días, intenta que por lo menos me vaya con ganas de volver. Espero irme de aquí antes de que consiga convencerme del todo.
Visiones de todos
Publicado por
Guille
en
10:15
1 comentarios