domingo, 16 de noviembre de 2008

Sorpresas

A ella le hizo gracia ver el título que corría por su ipod: Pedro Navaja - Rubén Blades, y recordar aquel tocadiscos a pedales en el que sus padres escuchaban esa canción. No pudo contener una sonrisa y mirar a los ojos del que todavía escuchase al bueno de Blades, y sorprenderse de que no fuera tan mayor. Y aún le hizo más gracia ver cómo movía sin ritmo los dedos por fuera del bolsillo del vaquero y seguía la letra con los labios sin que apenas se notase.

Tampoco pudo contener acordarse poco a poco de la letra, y de la imagen de los bailes en las noches de charanga de su país; y llenos de nostalgia, sus pies empezaron a moverse con la timidez de los caribeños al llegar a Europa. Cuando sonó como a tres cuadras de aquella esquina una mujer, quizás por contagio, él liberó su mano del bolsillo y empezó a seguir a los timbales (con retraso) con dos dedos en su cadera, a los que se unió la imitación de la punta del pie del batería. La cercanía -sólo había el brazo de un ejecutivo entre ellos- hizo que fuera imposible que no se dieran cuenta que seguían el mismo ritmo, aunque ella fuera por las manos siempre dentro el gabán cuando él ya escuchaba mientras camina del viejo abrigo saca un revólver.

Ella leyó en sus labios las vocales alargadas de el diente de oro iba alumbrando toa’ la avenida, se sonrieron, y a partir de ahí se movieron al compás. Con más asombro que intención, juntaron las manos en alto sin cruzarse las miradas. (Ella miraba sus pies porque ya no tenía la soltura de antes. Él nunca había hecho nada parecido). En el momento decisivo en que ella le cogió el hombro con la mano libre -no hubo curiosos, no hubo preguntas- él supo responder con otra mano en el centro de la espalda.

Así bailaron los 7 minutos 19 segundos que dura Pedro Navaja. Un par de paradas. Y los últimos refranes a quien a hierro mata a hierro termina / como decía mi abuelita, el que último ríe, se ríe mejor dieron tiempo para darle la vuelta al otro, para que se rozaran las caderas y las manos empezaran a sudar. Con todo el vagón mirándoles de reojo: media sonrisa los que habían visto desde el principio del baile, y la mayoría, carcomidos y envidiosos, haciendo como que no iba con ellos, fingían seguir leyendo sus noveluchas, apuntes de autoescuela y periódicos que no valen nada.


Y ahora los dos se preguntan si tomaron la decisión correcta cuando llegó su estación de destino. La vida te da sorpresas. Sorpresas te da 

                                                                                                     la ciudad.


martes, 11 de noviembre de 2008

Sueños de Pekín

Huanji tiene 29 años, viene de la provincia de Yunnan (a unos 2.000 kilómetros de Pekín) y entra en el teatro tan emocionado que tropieza un par de veces antes de llegar al escenario. La ocasión no es para menos: es la primera vez que el público ha visto su primera película.

El largometraje cuenta la historia de un niño de su pueblo natal: las tradiciones locales, el tierno cuidado de su familia y su enamoramiento inocente. Es la película de una familia y una infancia felices, llena de sonrisas, auténtica. En esa infancia de sueños y banalidades, en un momento dado, a escondidas, el niño roba dinero a su madre para ir al cine. Es el principio de una pasión que llevará al joven a estudiar en Pekín.

Y algunos años después, en este escenario, ese niño ha crecido. Después de ver la película, el director (Huanji), de pelo larguísimo y aspecto desaliñado, reconoce que la historia que acabamos de ver es su historia. El padre que le mimaba y le duchaba de pequeño es su padre; y los ojos de la muchacha de la que se enamora eran los de su vecina. Nos cuenta que ha vendido su casa para poder hacer la película. A sus 29 años, ha podido contar su historia.

Frente a los grandes sueños realizados en otras latitudes (sí, me refiero a Obama) uno abre los ojos y descubre los milagros que se producen en su propia ciudad. Como el de Xiao Mao, que soñaba con poder viajar al extranjero y va a tener una oportunidad a partir de junio: irá a Japón a enseñar chino (“aunque lo único que me interesa es viajar y pasármelo bien”, dice). O como Wen Xiao, que había leído a García Márquez en chino y ahora, después de cuatro años estudiando, puede hacerlo en español ("¡por supuesto que no es lo mismo que en chino!").

Son los sueños de Pekín, algún cumplidos, otros por cumplir. Siempre en el aire.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Otras Madrid

Como cuando aparece un amigo con un peinado distinto, hay veces que Madrid parece otra.

Entre las 8 y las 9 de la mañana -ahora en noviembre- el sol pasa de refilón por el lateral de la Biblioteca Nacional. Será por la amplitud de la plaza que deja ver cielo a su lado. Será por ese aire de cultura solemne de las columnas, y esos triángulos encima de las ventanas, de cuyo nombre desde COU no consigo acordarme. O será por el tono arena de la piedra. Pero si vas pensando en otra cosa y miras de refilón, puede que sueñes estar en París.



O en Barcelona paseando distraído por Alonso Martínez. O viendo la postal de una favela de otro continente, si no apartas la mirada ante los pies indefensos de los niños, las mujeres con las garrafas repletas de agua, las paredes en pie de milagro, en el último barrio derribado.

Otra Madrid entre Atocha y Méndez Álvaro, donde se amontonan contenedores, aparentemente desordenados, con aires de abandono. Los mismos colores ocres, las mismas grúas amarillas que en cualquier puerto,



con el mismo susurro que dejan escapar esas neveras gigantes. Y como no hay edificios, a veces entra una brisa limpia, que ensancha, como si viniera de… como si allí mismo estuviera el…, que lo hubieran traído en contenedores.


Es sólo una esquina.

Como mucho una fachada. Es un sitio de paso, tienes que pararte, cerrar los ojos, entreabrirlos y encuadrar, olvidando todo lo que queda fuera. Es media plaza, es un tono pastel en una pared desconchada. La torre, la iglesia sin ventanas, un estado de ánimo. Está en Madrid. Si pasas temprano, la niebla ayuda… y también a última hora de la tarde, cuando suenan las campanas. Pero es Venecia.



Subiendo Malasaña a la izquierda, hay una calle

de casas de planta baja y colores vivos, más propias de cualquier pueblo caribeño que del centro de Madrid. Por ahí, en la calle del Acuerdo, unos muchos han querido darle un espacio a la utopía: la lucha tiene timbre de propuesta, los niños aprenden a decidir con la palabra (del otro), el mundo está para ser disfrutado, y por eso hay que cambiarlo. Una isla en medio de la meseta donde las cosas tienen valor, y no precio. (No señor, no todo es marketing. Pues sí señor, hay cosas que no se compran). Un patio


donde explota la maravilla, y desde donde uno puede creerse otra Madrid, sentir otro mundo, imaginarse otro país. Lo juro, desde ese patio se tocan las estrellas.

lunes, 25 de agosto de 2008

Bizcos por vacaciones

Hemos andando un poco bizcos este verano, con los ojos encandilados de tanto viaje, desviaje, olimpiadas. El sudor empañaba nuestras miradas y no había quien sacara una visión adelante...Por eso hemos decidido darnos un mes de vacaciones, hasta que el primero de octubre vuelva a darnos las ganas de sentir el calor de la escritura, de la mirada del otro.

Volveremos con sorpresas. Permanezcan atentos.

miércoles, 2 de julio de 2008

Terrazas de Madrid

Se hizo esperar la primavera. No llegó hasta los últimos días de junio tras unas lluvias intermitentes de aspecto monzónico. Y así se habían acumulado durante meses las ganas de ver pasar el rato en las terrazas.

Pero ya está. Han florecido las mesas en las alamedas, las sillas de metal incandescente a mediodía, las sombrillas con publicidad de refrescos sin más vista que la acera de enfrente, sin más brisa que la que sale de los tubos de escape. En Madrid, con eso basta, y ya no se irán hasta que octubre vuelva a poner los abrigos en su sitio.

Por todas partes, en las aceras amplias y apurando los chaflanes, Madrid se quita el stress como quien deja una chaqueta en una silla: en la ovalada Plaza de Olavide, en los kioscos verdes del Retiro, frente al horizonte en las Vistillas o lavapieseando en Argumosa (hay que volver a La Revuelta). En la ya rendida al diseño 2 de Mayo, en Latina en cada esquina, en la Goya pija y en la Usera proletaria. Con sus aceitunas pa empezar, su caña o su clara con casera, su tinto de verano y su pinchito bueno.

La ciudad celebra la jornada continua (¡libres a las 3!), y desde el bostezo de la siesta Madrid toma el tiempo de las conversaciones interminables de París, el desenfado de las discusiones con tés humeantes de Estambul. Y si te lían, el tiempo se alarga en el cielo con azules fluorescentes, y la noche parece no cerrarse nunca para puedas tomarte la penúltima.

En las terrazas de Madrid, por fin, un no-hacer-nada que da sentido a todo. Cerrar los ojos en el primer sorbo para dejar de mirar el reloj por unas horas. El espejismo de libertad que te hace sentir el aire libre. Parece mentira, bastaba sólo eso: unas mesitas de plástico en plena calle, una cerveza en jarra fría, una conversación sin prisas, para que Madrid se convirtiese en un lugar donde poder vivir.



PD: Y luego dirán que jode pagar el suplemento-terraza.

miércoles, 25 de junio de 2008

Guojia, el director de orquesta

Antes que su voz, escuché las notas que salían de su saxofón; antes que su rostro, descubrí sus dedos moviéndose en la oscuridad. La primera vez que vi a Guojia fue desde el tercer piso de la residencia de la Universidad. Decidí apagar el rock de mi estéreo para escuchar la música que venía de fuera. No le conocía de nada. Sólo era una melodía (inspirada, china, auténtica) en medio de la noche.

Poco después, Guojia me confesó que esa era la forma que tenía de avisar a su amiga Marta de que había venido a visitarla. Ni timbres ni teléfonos móviles. El saxofón es lo que anuncia la presencia de Guojia. También me comentó que ese día había tocado más tiempo de lo normal. Pensó que la persona que se había asomado desde el tercer piso era una bella Julieta. “¡¿Eras tú?!”, me dijo después muy contrariado.

Guojia, natural de Hebei (provincia muy cercana a Pekín), es profesor de música en una guardería de la capital china. “Enseñar a los niños es muy fácil. Sólo hay que tener paciencia”, me dice no demasiado entusiasmado. En la guardería, él y el cocinero son los únicos hombres. El resto del personal está formado por mujeres. “¿Contento? ¡Qué va! Demasiadas mujeres. No me hacen ni caso. Se meten todo el día conmigo”.

Guojia gana 900 yuanes al mes (90 euros) más alojamiento y comida. Al ser de Hebei, tiene problemas para trabajar en Pekín, puesto que en China se necesita un permiso de residencia especial para cada provincia (el famoso hukou). No puede trabajar en la administración pública ni en muchas empresas de Pekín.

Muchos en Occidente piensan que el dinero no nos hace libres. A mí me hizo falta venir hasta China y ver a Guojia para darme cuenta de que la pobreza nos hace esclavos. China es un país duro para la mayoría, una tragedia en muchos casos, donde ganar 200 euros al mes es una Odisea. Guojia es uno más de todos ellos, sin casa, lejos de su familia, sin sábados por la noche ni domingos en el salón.

Aún así, Guojia no se desespera. Aunque estudió en una Academia de Policías (ni él mismo sabe muy bien por qué) su sueño es ser director de orquesta. Por eso, cuando nos juntamos en cualquier sitio para tomar una cerveza, Guojia en seguida se anima y se le van las manos de izquierda a derecha, arriba y abajo, intentando controlar nuestros cánticos borrachos. Guojia, al fin y al cabo, se ha salvado: tiene la música.

lunes, 2 de junio de 2008

Las manos

No entiendo nada. La gente me mira raro por la calle. Yo soy la misma, pero parece que no quieren aceptarlo. Como ahora, como ese jovenzuelo del asiento de enfrente que se ha quedado pensativo mirándome las manos. Él no se ha dado cuenta de que yo me he dado cuenta que él se ha quedado 4 paradas fijándose en mis manos, comparándolas con mis zapatos, mi vestido y mi cara. Mis manos que he tenido toda mi vida. Cuando se baja, las vuelvo a mirar para ver si descubro algo extraordinario, pero yo no veo nada raro. Parecía simpático, si lo volviera a ver le preguntaría qué le interesó tanto. Era como si nunca hubiera visto unas manos como las mías. ¿En qué estará pensando ahora? Sé que un poco le gustaron, aunque también le dieron como miedo, como vértigo. Mis simples manos. Se fue como pensando en sus problemas por mi culpa. Me gustaría hablar con él para saber en qué pensaba, y decirle que esas son mis manos de siempre, que no son más que eso, unas manos. No me acuerdo cuando empezó todo esto. Supongo que sería poco a poco, y que al principio no me daría ni cuenta. Pero ahora sucede cada vez que salgo a la calle, y peor aún, ya lo noto en mi propia casa, en mi familia. Ni siquiera me escuchan, pero cuando hago las croquetas de toda la vida, bien que se ponen contentos. Porque yo soy la misma; vale que no esté como antes, y que ya no pueda hacer ciertas cosas, pero no sé por qué tienen que mirarme así. En cuanto ven mis arrugas, es como si me prohibieran hacer nada, sentir nada. A mi edad que no te dejan ni enamorarte en el metro, como he hecho toda mi vida.