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domingo, 11 de diciembre de 2011

Tenías 1 mes y 5 días

Álex, el 15 de mayo de 2011 tenías 1 mes y 5 días. Yo estaba en Madrid, lejos de ti, del París que te recibía con su primavera abierta. Yo había ido a verte, pero entonces tus párpados apenas se despegaban de tus ojos. Así que es probable que yo todavía fuera para ti una mancha gris que te cogía tembloroso.

Álex, quiero decirte algo. El 15 de mayo de 2011 pensé en ti, mi segundo sobrino (sólo por orden de llegada) de poco más de un mes, y sin mucha convicción salí a la calle. Para ser un poco yo mismo, para ser un poco persona, para sentirme mejor (un ratito ciudadano), y por pensar ¿iluso?, que así, saliendo con otros a la calle, cuando abrieras los ojos al mundo, éste podría tener un mejor aspecto.

Éramos pocos, o muchos, según se mire. Y por una vez, la revolución no empezó en París. Quizás la trajo un viento del sur, que en vez de arena, esta vez nos traía granos de valentía. O surgió de un volcán lúcido de una isla del norte. Aunque seguramente, desde hacía tiempo, ya estaba dentro de nosotros.

Y cuando digo que pensé en ti al salir a la calle el 15 de mayo de 2011, quiero decir que pensé que te merecías respirar un aire más limpio, aprender en una escuela sin dogmas, crecer en una Europa de personas, porque, aunque a veces lo parezca, no somos mercancía en manos de nadie ni de nada.

Álex, la idea era que cuando abrieras los ojos, vieras un mundo con algo de la inocencia con la que te quedas dormido, y de la alegría con la que tu hermano ya camina por la vida. Ya ves, cosas sencillas, pero que en estos tiempos parecen ser revolucionarias, estúpidas, utópicas, de antiloquesea…

Porque nada mejor que esa alegría sin medida. Pero a veces uno tiene que aceptar la rabia (indignados, nos llaman) para sentirse vivo, y digno. Y esa rabia se convirtió en un grito, y las palabras de unos pocos movieron a unos muchos, y los gritos despertaron conciencias, y la conciencia creó una marcha, y de una marcha surgió un movimiento, y el movimiento se atrevió a cruzar una Puerta. Y te prometo que, dos días después, éramos tantos en aquella Puerta, que conseguimos que temblara el suelo por el que, aún hoy, se pasea la injusticia.

Y pronto se unieron otras plazas. Con el mismo grito, con la misma rabia. Infinitas opiniones y una única conciencia, que multiplicaron por todo el planeta ese primer movimiento. Con la misma frente alta -de sentirse vivo, digno- y un mismo POR FIN exclamativo en la mirada.

Lo reconozco Álex, el 15 de mayo de 2011 salí a la calle sin mucha convicción, pero a los pocos días ya pensaba que todo era posible. Posible que cuando por fin abrieras los ojos, este mundo sería un poco más justo. Que cuando caminases, y todos los parques se te quedaran pequeños, hubiéramos dejado de ponerle precio a los árboles. Que cuando fueras al colegio, la guerra sólo fuera para ti un tema -incomprensible- de los libros de historia. Que el día que nos sorprenda tu voz grave y tus ideas propias, te dejen ser un ciudadano europeo, y no un súbdito de los euros.

Es cierto, ya no son tan especiales estos días. Ya no está la magia de lo imprevisible, el milagro espontáneo, el desahogo liberador de todas las primeras veces. Pero al igual que tú, crecemos, aprendimos a hablar con las manos. A veces nos asombramos de lo que somos capaces, a veces todo parece oscuro y nos sobrevuela el miedo, y se apodera de nosotros la desgana. Como tú en medio año, vamos tomando conciencia de lo que somos, de nuestros límites, ajustando la medida de lo que nos gusta y de lo que nos agota, de lo que nos rodea y de lo que nos conviene.

Es cierto, al igual que tú, a medida que crecemos perdemos la inocencia de los recién nacidos. Cada día usamos palabras más raras, cada día todo más complejo, cada vez todo un poco más confuso. Eso no significa que perdamos fuerza (como dicen los que quieren que eso pase), quiere decir que crecemos. Como tú, a pesar de que hoy todavía rías sin reservas a la vida, tendrás problemas, baches, dudas, días grises... Cometerás errores, serás incomprendido, y te enfadarás contigo mismo por no ser capaz de hacer más cosas, o mejor, o más rápido…

Pero, cuando la vida se nos tuerza, me acordaré de tus primeras risas en París, y algo de esa inocencia estará en nosotros para siempre. Como también quedará el recuerdo de ese Madrid, y de los millones que hemos tomado las plazas del planeta en estos meses, para que todo sea un poco más justo, más sencillo y más tierno, es decir, sólo intentamos que se parezca un poco más al momento en que los niños se quedan dormidos.

Por eso habrá que seguir saliendo a la calle, para que cuando tus ojos tranquilos descubran este mundo, no es que lo hayamos arreglado todo, pero al menos todos los sueños sigan pareciendo posibles, como sentí por primera vez en aquellos días de mayo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

El tango que se llevó el río

Si nos cruzamos por la calle y me dices que vas a París, y tienes prisa, sólo te diré una frase: vete, un sábado por la mañana, al mercado de Barbès. Seguramente no me harás caso (con la cantidad de cosas que hay que ver en París), pero eso es porque nunca has estado en Barbes un sábado por la mañana. Debajo de las vías del metro, porque en París el metro sí que vuela, surge un mercado que está en París, pero es tambien Tánger, Sevilla, Dakar, Lagos, El Rastro; y también París.

Yala, yala, te grita a los ojos un viejo, mientras con el cuchillo te ofrece (gratis) un trozo de melón goteante. A un euro, a un euro a un euro, recita sin descanso una mujer africana, mientras sonríe removiendo cestas de melocotones, y su vestido compite en colores con las frutas que vende. Calzoncillos, enchufes, yogures, pan árabe recien tostado, mantequilla normanda, melones, hierbabuena, aceitunas. Si lo encuentras más barato es que ya no estás en París.

Porque París es también sus rutinas, incluso su aburrimiento. El gesto de rumiar la punta de la baguette camino a casa, aunque sea bajo el paraguas, con todo el cansacio de la ciudad en los hombros. O la noche fría que te sorprende leyendo en la lavandería, (¿hay algún lugar en el mundo más triste que una lavadería, una noche de noviembre en París?), donde todo el mundo parece un asesino en serie, o un depresivo para siempre.

Pero antes, en verano, hubo un tiempo en que París también era Cortázar, y su Rayuela, y nosotros jugando a saltar entre sus capítulos, andando con los zapatos endiabladamente empapados, preguntándonos si encontraríamos a una (otra) Maga antes de que acabase el puente de madera; o después, a punto de matarnos porque una buhardilla del Marais reflejaba un sol de oro, y nuestras bicicletas casi se chocan cuando los dos la señalamos con la barbilla.


En esos días, París era un tango que se llevaba el río, borrando todas las penas del mundo, dejando sólo la vida, cuando se nos muestra pura, sin adornos ni corazas. Fue una tarde. El verde Sena era manso pero obstinado, de hermoso casi dolía, y no aceptaba viejas nostalgias porteñas, se las llevaba todas consigo; pero si dejaba la calma, o mejor dicho el ritmo, el ritmo pausado entre tango y tango para que una mirada pudiera ser contestada, o evitada, y un hombre (seguro que argentino), de 55 ó 60, qué más da, coge aire cuando el acordeón del radiocasete anuncia un final, y se dirige a una joven rusa de ¿25, 30?, qué importa, sentada en ese pequeño anfiteatro a orillas del Sena, que espera, sin mostrar que espera, a que pase justo lo que acaba de pasar.

Y ella en verdad la está pasando fenómeno, y detrás de sus rasgos fríos, afilados y bellos (¿de verdad será rusa?, ya qué más da) aparece una pasión medida, un fuego escondido entre las normas del viejo tango, y sonríe a medias cuando la pierna se gusta y hace un quiebro, como cuando Charlot cerraba las puertas...

Y él también se gusta, quizá sea el único momento de la semana en que se gusta, y lleva a la rusita con respeto pero cerquita, con la mano que le ocupa media espalda (ha decidido que es rusa, más por lo pelirrojo que por su acento, puesto que sólo se hablan con los pies y la mirada). Y ella se deja llevar, agradeciendo un compañero que de verdad sepa hacerlo (llevarla así). Así apuran dos tanguitos (más sería sospechoso) bailando clásico, sin alardes, contenidos; pero eso sí, dejando una estela de emoción como unos puntos suspensivos, que el resto de bailarines percibe cuando la cruzan. Así, tal cual le gustaba hacer a él hace mil años, en el reservado de aquel boliche donde enamoró a su ex mujer, pero eso ya es otra historia que ni diez Senas podrían borrarle de los ojos.

Esta vez lo consiguió, impresionó a Matilde, con quien no bailaba -con los pies- pero con la que interambió miradas como sólo se mira cuando se baila tango. ¿Viste que lindo baile, Matilde? Matilde también Argentina, aunque ya muy afrancesada (después de 34 años, hay que ver cómo pasó el tiempo), también ronda los 60, también se muere de tristeza toda la semana en París, menos los domingos de verano, por la tarde, a orillas del Sena, ahí sólo queda herida, de tango y de nostalgia.

Y sí, Matilde lo vio, mientras bailaba con un inexperto francés de ojos asiáticos (ahora hay franceses en todos los formatos). El poco rato que no tuvo los ojos cerrados -con una pareja así, mejor concentrarse en la música- vio como Martín, el bueno de Martín, el pelotudo de Martín, se las ingeniaba bárbaro con esa muñequita rusa que, por otra parte, podría ser su hija.

Así, esa tarde supimos que París éramos también nosotros, y nuestros paseos infinitos por el Sena. Era el final del verano, pero el viento parisino-nocturno en nosotros sostenido era ya un ultimatum del otoño, y con el otoño (ya sin largos paseos por el río) llegaría la nostalgia, la nostalgia de un Buenos Aires, donde nunca habíamos ido.

miércoles, 7 de julio de 2010

Visiones de viaje

Pedaleando por el mundo, uno se da cuenta que algunos se empeñan en poner la vida, las ciudades, entre barrotes


Los hay que son capaces de ponerle cadenas a los columpios












Se ve que unos confían en el orden











y otros en el destello de color que surge en el medio del caos.
















A veces la vida nos pone obstáculos absurdos en el camino






pero, gracias a eso, vemos lo que somos capaces de saltar...
Y también, de vez en cuando, la vida nos ofrece un fuego, un refugio, una cabaña







y un horizonte










nos envía una señal


incluso nos regala una compañía, una compañera






y abre todas las ventanas


Así uno comprende, que a veces unos pocos tienen que dar las primeras pedaladas, decidirse a cruzar juntos el puente













para que otros puedan unirse en el camino



















En los viajes, la vida se concentra. Uno parece estar iluminado… Y llega a entender que la felicidad se había escondido en un puñado de cerezas.

lunes, 11 de enero de 2010

Búsquedas parisinas

“Siempre nos quedará París” (Rick, en Casablanca, 1942)
Regresar a París supone siempre una búsqueda…
De parques llenos y jardines solitarios













De esculturas clásicas y vanguardistas


De rincones aislados y coloristas












Del futuro












Del Sena turístico e íntimo


De arquitecturas













e ingenierías














De sabores y olores que te atrapan





De los puentes de siempre y de hoy













De lugares de silencios












De libros legendarios


y de su cielo único
















…pero confieso que, junto a todas esas cosas, ahora sobre todo vuelvo a París en busca de una sonrisa.
"Naciste en París el 1 de mayo. Y la ciudad no se detuvo".
(Visiones, 2009)
PUBLICADO POR EL CHARLES

martes, 12 de mayo de 2009

Nacido el 1 de mayo (La ciudad no se detuvo)


A Paul, que desde ya nos hace mejores

Naciste en París, el 1 de mayo. Y la ciudad no se detuvo.

Muy cerca, siguieron paseando por el Jardín de Luxemburgo, escogiendo los rincones y la posición de las sillas para disfrutar del mejor ángulo de sol. Había motivos para contener la respiración, pero los cláxones continuaron rompiendo el aire. Las hojas seguían bailando en las esquinas, los cuadros como siempre, incomprendidos y cautivos en los museos. La periferia siguió estando donde debe: apartada.

Insensible, la ciudad no se detuvo. También muy cerca, seguían tomando cafés y respiraban hondo en busca de fantasmas en la orilla izquierda: Sartre y compañía, el 68, Rayuela. No tengas miedo, los fantasmas son sólo los recuerdos de mujeres y hombres que discutían, pensaban y tiraban piedras porque querían estar y ser mejores. Ya los escucharás cuando pasees por ahí…

Ajenos al milagro, los manifestantes no pararon la marcha, y continuaron juntando sus voces, en el día de la resistencia y la alegría de ser lo que sea, pero juntos. Las baguettes, cuando te salgan los dientes hablamos, no dejaron de coger aire antes de subir a los pisos. Los intelectuales malhumorados, los queseros cuidadosos, los universitarios sobrios y soberbios, la soledad reposada de los apartamentos, las paredes como muros de alambrada.

Todo eso seguía siendo París, a pesar de que tú ya fueras parte de ella. No dejaron de avanzar orgullosas las bicicletas que se pasan de mano en mano. Tranquilo, ya te explicaremos lo que es una bicicleta, orgullo, avanzar, mano en mano; y antes de lo que piensas (y de lo que imaginamos) pedalearás decidido por el parque de al lado. Porque también en París tiene que haber un parque de al lado.

También el 1 de mayo -el día que llegaste, no sé a dónde: al mundo, a un nosotros, supongo- las torres rasgaron las nubes, los puentes siguieron firmes dejando pasar, condescendientes, las aguas del Sena. No sonrieron las gárgolas de Notre Dame, tú ni las mires. Ni siquiera se pararon las formales oficinas, ni cerraron 5 minutos las tiendas exquisitas. No dejaron de mirar el reloj los ejecutivos, ni de quemar crepes los indonesios. París no se dio un respiro, un instante para darse cuenta de la maravilla.

Es verdad, naciste y la ciudad no se detuvo. Pero yo lo juro, que desde entonces, es más ancho el horizonte, y científicos de todo el mundo estudian como ese día, el 1 de mayo, en París, el cielo se abrió un cachito.


lunes, 13 de agosto de 2007

Adios a Paris

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven,
luego París te acompañará, vayas donde vayas, todo el resto de tu vida,
ya que París es una fiesta que nos sigue.
Ernest Hemingway, en una carta a un amigo (1950).



Cuando Filip, uno de mis mejores amigos en París, salió por la puerta de mi casa aguantando las lágrimas, por primera vez me di cuenta: yo también abandonaría dentro de muy poco la ciudad.

Ese mismo día, sobre las cuatro de la mañana, en una de las múltiples fiestas de despedida, las copas comenzaban a hacer aflorar los sentimientos y la nostalgia anticipada. Bertrand, uno de nuestros amigos franceses al que yo siempre llamaba Bernard (primero por equivocación y luego ya para fastidiar), confesó con su aire mitad hippy y mitad homosexual que nos comprendía: “lo entiendo, tío, lo entiendo. Es el final de una época”.

Pero si hay ciudades que te han marcado por las personas con las que la has compartido, París parece querer quitarte este gusto. La ciudad es tan apabullante y tiene tanta personalidad que parece imponerse a las compañías humanas. Cuando estás en París, estás con París. Y aunque un año en esta ciudad ha dejado marcas humanas indelebles, la capital francesa parece no querer perder su protagonismo. Es como si París fuera más fuerte que las personas.

Si tuviera que quedarme con algo de la inmensidad de esta gran ciudad, me quedaría con sus pequeñas callejuelas empedradas, con sus rincones ocultos y solitarios, con ese bar de la esquina que tiene el mismo dueño desde hace décadas. Me olvidaría de los Campos Elíseos, del Arco de Triunfo y del Louvre. Porque la grandeza de París está en sus cosas más pequeñas.

Otra cosa que me perseguirá lejos de esta ciudad es la sensación de que cada barrio, cada calle y cada bar merecen la pena en París. No importa que vivas en un arrondissement (barrio) o en otro. Porque todos ellos tienen esa magia inexplicable que envuelve la ciudad. Todos ellos te sorprenderán cada mañana con sus casas del siglo XIX y sus parques señoriales conquistados por el pueblo. En todos tendrás tu boulangerie (panadería). Y en todos descubrirás decorados donde poder rodar una nueva versión de Amélie.



Adiós a París
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lunes, 30 de julio de 2007

Visiones cruzadas

Hay ciudades hechas para el reencuentro; lugares donde el tiempo y el espacio se difuminan. Plazas en las que parece natural tropezarse con el amigo taiwanés que conociste en Canadá hace tres años. O con la chica que trabajaba de camarera en tu pueblo y a la que llevas sin ver decenas de meses. Ciudades, como París, en las que un soplo universal impregna cada avenida. Donde te puedes encontrar con cualquiera en los pasillos del metro. Y donde cualquiera te puede encontrar a ti.

Por eso, cuando Senante y yo nos descubrimos en Montmartre (¿dónde si no?), me pareció lo más natural del mundo. Un canario que venía de Florencia y un asturiano que llegaba de Avignon, unidos por el magnetismo romántico de París. Casi 24 horas de un encuentro en medio de muchos caminos. Suficiente tiempo para perseguir mujeres en el metro, encontrarse con un viejo poeta en un restaurante español o decir adiós a mi último hogar. La primera vez en la que Senante y yo hablamos cara a cara de estas Visiones.

Como los "camaradas" de Saint-Exupéry en Tierra de Hombres, ambos aspiramos a ser aprendices de pilotos y exploradores de rutas. Lo que implica que casi nunca estamos en el mismo lugar. Y que sólo el azar nos une en una estación de tren o en un aeropuerto. En Gijón o en Santa Cruz de Tenerife. En Florencia o en París. En Estambul o en Pekín. Casi siempre lejos en el espacio pero unidos por un mismo cordón umbilical. A veces silenciosos, pero siempre presentes para el otro. Tal vez con respuestas diferentes, pero casi siempre con las mismas preguntas.

Mi última noche en París, improvisada entre vasos de sangría y SMS a última hora, se convirtió en un humilde homenaje a lo vivido durante todo el año. Sentados en torno a la mesa de mármol de mi cocina, dos amigas Erasmus, el canario recién llegado a la ciudad y yo. Tres nacionalidades entre cuatro paredes. Casi sin espacio para moverse dos centímetros. Con una puerta siempre cerrada, como si tuviéramos miedo de que la intimidad recién creada pudiera evaporarse. Juegos casi infantiles. Complicidad entre las cuatro miradas. El placer de hablar por hablar. Sin tabúes y sin rodeos. Como si aquella última noche, fruto de las mayores casualidades, hubiera estado planificada desde nuestros nacimientos. Como escribía Exupéry, "por fin nos habíamos encontrado. Nos apoyamos el uno en el otro. Y nos engrandecimos al descubrir que pertenecíamos a la misma comunidad".

lunes, 23 de julio de 2007

Visiones cruzadas

París. Línea azul (fuerte). Barbés. Sube. Me la tapa una señorona africana con la mirada perdida y un chaval con el monopatín colgado de la mochila. Stalingrad. Más gente, apenas la veo. Belville. Descubro una flor en su chaqueta fina negra que la convierte en aún más deseable. Sigue sin mirarme. Se quita la chaqueta y aparece un hombro. Menos mal que es alta, aunque todavía no sé donde termina su pelo. En medio, tres parejas de abuelitos japoneses que no dejan de comparar el nombre de las estaciones con dos mapas giratorios. Père Lachaise. Me pilla mirándola y hacemos como si nada. Sale en Avron, con prisa. Mira hacia los dos lados para ver qué salida le conviene. Yo imagino su paso firme por París, y ella escapa del marco de mi ventana. Inevitable.

París. Un viejo con citacrices de la vida en la piel, en la mirada, y un pañuelo de pirata urbano al cuello, uno de esos a los que los cantautores dedican canciones y hacen cambiar de acera a las amas de casa, se toma el mejor vino, un Marqués de nosequé, de un restaurante español en una callejuela del Marias; cuando se acaba el segundo vaso paga y le regalan el tercero, entonces saca un folio y empieza a escribir una nota, que nada más irse los camareros empiezan a pasarse entre el desconcierto y la sonrisa. ¿Quién puede asegurar que ese tercer vaso de Marqués dedondesea no haya evitado un suicidio que ya parecía inevitable?

París. Ella le da el teléfono de su país, y le dice que venga cuando quiera, que en su casa hay sitio de sobra. Él le pone la mano en el hombro, mientras dice ha sido un placer vivir contigo (y le asalta el recuerdo de las caricias somnolientas, de sus salidas de la ducha, de las alegres llegadas anunciadas por silbidos). Ella dice gracias por todo, acordándose de aquel bajón de febrero. Él le dice gracias a ti, queriendo decir te quiero. (Todo esto en el pasillo). Y se abrazan porque ella tiene que levantarse temprano y él todavía tiene que hacer la maleta, y una mejilla toca el final de un labio, y durante un instante todo es posible: no acabar la carrera, quedarse los dos en París, juntos en ese apartamento, buscarse cualquier trabajo, amarse sin medida. Pasan los segundos, y sus cuerpos sólo se separan por la inercia de ser formales. Ella, sin saber por qué, le despide desde su habitación y él ve como se le cierra el amor en las narices, inevitable.

martes, 17 de julio de 2007

Paris la nuit

París no es sólo la ciudad de las luces, sino también la de la sombras. Cuando los cristales de la pirámide del Louvre se iluminan con el incipiente brillo de las farolas, una nueva vida comienza en la capital francesa. Como las personas, París se vuelve más sincera por la noche. Porque es cuando se encienden las velas y la ciudad se vuelve más íntima.

La noche de París necesita de un poco de paciencia. Uno no puede esperar triunfar en la primera cita. Más de uno se habrá visto atrapado por el mal gusto de las discotecas más famosas, en los Campos Elíseos; o por la falta de vida nocturna en algunos barrios. Pero, una vez que la has conocido y te ha conquistado, la ciudad te mostrará su cara más fiestera. Y si, como Frank Sinatra, quieres levantarte “en una ciudad que nunca duerma”, París también es tu lugar.


Porque puede que la fiesta en Montmartre se haya convertido en un mito; pero en un mito viviente. Si los pintores y la absenta se han evaporado de este legendario barrio, su esencia transgresora y artística nunca ha desaparecido. Es cierto que el Moulin Rouge se ha transformado en una inversión turística; pero el Divan du Monde o el Elysee Montmartre han sabido mantener su espíritu. Y en toda la ciudad, durante toda la semana, la oferta nocturna es tan amplia, que uno puede confirmar que “la fiesta” no es un monopolio español. Asomándose a Belleville (Neuf Billards, Java), acercándose a Gambetta (Fleche d´Or) o inspeccionando la Bourse (Tryptique, Truskel, Rex...) uno puede disfrutar de tanta fiesta como pueda aguantar.

¿Dinero? El presupuesto para la mejor noche en París no cuesta más de una botella de vino. La capital francesa cumple por la noche con todas las expectativas que se han ido creando durante el día. Además de una de las ciudades más sabrosas, París también es de las más borrachas. De las que sacan lo mejor de sí mismas durante la noche.


[Foto vía Kasparov]

jueves, 28 de junio de 2007

El misterio de Montmartre



Son las tres de la tarde en lo alto de Montmartre. Un día más, el espectáculo se repite en las inmediaciones de la basílica del Sacre-Coeur: los turistas disparan sus cámaras de fotos mientras los parisinos se relajan en el césped. Pero hoy, en medio de esta escena cotidiana, unas telas misteriosas reposan en el centro del escenario. Varias capas de ropa, de distintos colores y texturas, parecen esconder algo en su interior.

El lugar donde vivieron Picasso, Dalí o Van Gogh insinúa tras estas telas el misterio de uno de los barrios más enigmáticos de la ciudad. Rojas, verdes y azules, todo el mundo espera que de un momento a otro las cortinas se abran. Alguien tiene que estar ahí dentro. Algo tiene que haber detrás de esas telas.

Pero la noche cae sobre Montmartre. Turistas y parisinos descienden las escaleras en dirección a sus casas. Las telas se quedan en el centro del escenario, frente a la basílica del Sacre-Coeur, en lo alto de la colina. Y los bohemios del barrio, una vez más, sonríen al contemplar el misterio de Montmartre.

domingo, 17 de junio de 2007

Los libros de Francia


Las curiosas máquinas sobre estas líneas son las neuronas de la Biblioteca Nacional Francesa (BNF), el motor de búsqueda de los más de 15 millones de libros repartidos por todo el edificio. Como si de pequeñas hormiguitas se tratara, estas máquinas recorren a lo largo de 13 kilómetros de raíles las enormes instalaciones de la BNF. En cuanto alguien pide un libro, ellas se ponen en marcha. No importa que el documento demandado se encuentre en el octavo o en el duodécimo piso; ellas ascenderán por el edificio, burlarán los pupitres y recorrerán los pasillos hasta encontrar el preciado tesoro. Para acabar, esta especie de Google del mundo físico posará el ejemplar en tu mesa de trabajo.

Estas neuronas son tan sólo un detalle de las gigantescas instalaciones de la Biblioteca Nacional Francesa, que ocupa cuatro “rascacielos” de 22 pisos cada uno y ocho hectáreas de superficie. Si los estadounidenses tienen los centros comerciales más grandes y el Vaticano la iglesia más importante, Francia reivindica su pasado y su presente a través de una biblioteca. La BNF es el mejor ejemplo del “made in France” (gigantesca, orgullosa de su pasado, artística, contradictoria).


Dentro de todo este complejo de pasillos, estanterías y escaleras mecánicas, se esconden algunos de los secretos mejor guardados de la historia de Francia. Entre ellos, tal vez el que seduzca más a la imaginación sea El Infierno. Dentro de una pieza especial, suspendida en el aire como si fuera una nevera, en El Infierno se esconden las publicaciones censuradas a lo largo de la historia francesa, ya sea por pornográficas, desagradables o cuestiones políticas. Siguiendo la famosa frase de Mark Twain (“prefiero el cielo por el clima, el infierno por la compañía”), cualquiera soñaría con encerrarse en este habitáculo misterioso para hacer amigos.

Pero la Biblioteca Nacional Francesa es sobre todo el lugar donde reposa la memoria histórica de Francia. En un país donde el pasado y la cultura son referencia obligatoria, la BNF es uno de los nuevos símbolos de vieja "grandeur de la France”. Es aquí donde se esconden todas las obras de Balzac, Voltaire, Victor Hugo o Camus. Donde descansa la memoria colectiva del pueblo francés. Donde se puede encontrar la primera Declaración de los Derechos Humanos. Donde, en cierto sentido, descansa algo de todos nosotros.


La Biblioteca más grande... en Vídeo:

lunes, 4 de junio de 2007

Un mercado de ladrones y artistas


Cerca de la última estación de metro al norte de París, en la Porte de Clignancourt, ladrones y artistas han encontrado una guarida de fin de semana: el mercado de Saint Ouen. Durante varios siglos la capital francesa perdió en este lugar su nombre, con una de las murallas que marcaba la entrada y la salida del gran París y cientos de comerciantes que aprovechaban este tráfico para enriquecerse. Una vez más, la frontera se convertía en fuente de comercio e intercambio. Hoy, Saint Ouen todavía guarda algo de aquel espíritu fronterizo de compras y ventas aceleradas, regateos y encuentros ocasionales.

El primer contacto con el mercado es la típica sucesión de tiendas de pulseras, camisetas y relojes. Un poco más lejos, los puestos se vuelven más informales y los objetos se colocan desordenadamente por el suelo. Camiones enteros llegan, sueltan la mercancía y se van. No hay preguntas. No hay respuestas. El mercado de Saint Ouen es sin duda el mejor lugar para comprar lo que te han robado.

Pero este inmenso mercado de Saint Ouen, con distintas ramas y secciones, avenidas y calles microscópicas, esconde también uno de los lugares más preciados para buscadores de arte. Entre el mercado de Dauphine y el de antigüedades, los románticos y los artistas bucean entre las montañas de objetos inclasificables en su búsqueda de cuadros valiosos pero sin firma, publicaciones olvidadas y cámaras de fotos a las que hay que darles cuerda. Todos sueñan con encontrar un Picasso en la tienda de la esquina.


Al entrar al mercado de Dauphine, uno tiene la sensación de haber atravesado el umbral de uno de esos áticos desordenados por la inspiración. Los compradores se pasean aquí con aire interesante, algunos con gafas y gabardina, otros con un pincel en la mano. Nadie encontrará un mp3 ni una conexión a Internet; pero sí un vendedor tecleando en su máquina de escribir, antiguos anuncios de Renault y muebles sacados de un decorado del siglo XIX. El mercado de Saint Ouen es uno de los pocos lugares donde todavía se pueden ver boinas en París.

domingo, 20 de mayo de 2007

LA PLACE DE VOSGES

- ¿Y si tuvieras que quedarte con un lugar de París? Con uno sólo...

- Me quedaría con la Place de Vosges. Sin duda alguna.

- ¿La Plaza de qué? ¿De todos los monumentos de París te quedas con esa plaza?

- Oye, un poco de respeto... que estás hablando de mi rincón favorito en París.

- Vale, vale.

- Para empezar, es el lugar donde me he echado las mejores siestas de París.

- .....

- A mí me parece un argumento de peso...

- ....

- Además, hay una pareja de abuelos súper entrañables. No importa qué día, ni a qué hora, siempre les verás allí, en la esquina que da a la calle Francs-Bourgeois. Creo que viven en uno de los edificios de los alrededores. En lugar de comer en su casa, los dos ancianos sacan su mantel de cuadros rojos y blancos, su botella de vino tinto y sus quesos y se instalan en la plaza, como si de un camping se tratara. En cierto sentido, creo ya forman parte del decorado de la Place de Vosges.

- .....

- No está nada mal tener unos abuelos adoptivos en París.

- Me parece a mí que tú lo que necesitas es una familia entera.

- Hombre, tratándose de familia (no sé muy bien a lo que te refieres), tal vez lo mejor de todo es pasarse por la casa que Víctor Hugo dejó en esta plaza. En una de las esquinas, casi como escondido de la avalancha de turistas, Víctor Hugo me espera siempre para invitarme a un café. Y, que quieres que te diga, si Víctor Hugo me paga un café...

sábado, 14 de abril de 2007

Picnic en París

Con la llegada de la primavera, París ha vuelto a ser la ciudad de las luces. No sólo las flores han vuelto a brillar en los numerosos parques de la ciudad, sino que hasta el casi siempre melancólico Hotel de Ville parece haber redescubierto la sonrisa. La primavera ha hecho que París salga de su cascarón de invierno en busca del sol, y por fin los céspedes de la ciudad han dejado de estar en cuarentena y se han llenado de pies sin calcetines.

La primavera en París, como tantas otras cosas, ha llegado acompañada de botellas de vino y quesos. Antes resguardados en casas y bodegas, los alimentos básicos de un buen parisino han salido ahora a la calle para ocupar bancos, parques y aceras. Desde el Bois de Bologne, en el este de la ciudad, hasta el otro pulmón en los confines del oeste, el Bois de Vincennes, París se ha llenado de manteles por el suelo, olor a queso y sacacorchos. El picnic se ha convertido en una forma de vida.

Cualquier lugar es apto para enfundarse los tenedores de plástico y comenzar el ritual. Es una de las ventajas de París. Sea en el parquecito frente al Louvre, en la intimidad de la Place de Vosgues (con Víctor Hugo como invitado) o a la orilla del Sena, el decorado de París es sin duda alguna el restaurante más acogedor. Empezando por el jamón o las ensaladas, las baguettes, el queso y el vino son las protagonistas de estos banquetes improvisados.

Sin embargo, en los almuerzos y cenas inolvidables la comida se convierte en un elemento más. Llega un momento en el que ésta desaparece de la mesa, nadie le presta atención, y los comensales se enzarzan en discusiones sin sentido, admiran el palacio que tienen en frente o se relajan buscando nubes con formas humanas. La buena compañía es la mejor garantía de una comida exquisita; y París es sin duda alguna el mejor compañero de mesa.

domingo, 1 de abril de 2007

EL FUTBOLISTA DE LA PIRULETA

A las afueras de París, a unos pocos kilómetros del centro de la capital, un joven juega al fútbol con una piruleta en la boca. No lleva pantalones cortos, ni medias, ni botas de fútbol. Lo que sí lleva es una de esas camisetas “falsas” del Inter del Milán (rayas azules y negras) y un chándal blanco casi fosforito.

Lejos quedan las ropas de marca de los Campos Elíseos, las miradas arrogantes en los cafés de Saint-Germain de Près y las señoronas de Trocadero. Aquí, en la banlieue parisina, hecha famosa al calor de los coches quemados hace un año y medio, no rigen los trucos de bohemio con aire romántico. Lejos del centro, la capital francesa se deja llevar por su corazón universal, casi de andar por casa: hay jóvenes que juegan descalzos al fútbol, otros que bajan en zapatillas.

El francés sigue siendo el idioma más hablado, pero ahora con acento africano, con más fuerza, con menos pedantería. Blancos, negros y amarillos, los mestizos de esta Francia universal se unen en torno a un deshilachado balón de fútbol. El futbolista de la piruleta juega con el balón y con su caramelo, da un pase, se saca la piruleta de la boca, otro pase. A su lado, otro joven escucha música mientras pide el balón. Y el portero, que está despistado discutiendo a voces el último partido entre el Marsella y el Paris Saint-Germain, no puede evitar otro gol.

En estas canchas de fútbol, en las que la figura de Zidane se respira tras cada carrera, se terminan las jerarquías de la elitista París. Con un balón de por medio, sin marcas ni arrogancias, la banlieue se desprende del peso de la ciudad. Y París puede ser Argelia, o Marruecos, o Vietnam o Senegal. O simplemente París.

martes, 20 de marzo de 2007

LA RESISTENCIA

En París también hay antros de mala muerte. En uno de éstos, cerca del centro de París, con las paredes llenas de garabatos y chicles por el suelo, un parisino con bigotes del siglo XVIII nos confesó un secreto: “¿Sabéis qué? Hubo un tiempo en el que París estuvo ocupada por los nazis”.

Antes de susurrar estas palabras nuestro amigo había subido la música. Tal vez tenía miedo de que la propia ciudad pudiera recordar aquellos tiempos en los que la esvástica ondeaba en la Asamblea Nacional Francesa y Hitler se paseaba con su ejército por los Campos Elíseos.

Le dije que no lo entendía. Que no podía ser cierto. Que, a pesar de que lo había estudiado en el colegio y había visto fotos, todavía no podía imaginar un París ocupado por los nazis. Nuestro amigo nos puso otra cerveza y bajó la música: la conversación se había terminado.


Los días siguientes, intrigado por las palabras de nuestro amigo de bigotes del siglo XVIII, estuve investigando algo sobre la ocupación de París. Casi todos los historiadores afirman que la resistencia francesa fue un mito. Que en realidad la mayoría de los franceses aceptaron el régimen nazi, y que los que cogieron las armas para defender la libertad de Francia no llegaron ni al 5%. Según ellos, la resistencia no fue sino un acto de propaganda para levantar la moral de Francia tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero cuesta imaginarse que París no protestara contra esa ocupación. Tal vez los eruditos se centraron en cifras y datos, y olvidaron escuchar las quejas que corrían por las alcantarillas de la ciudad. Seguro que las entrañas de París gritaban de rabia, y en el subsuelo de la capital se gestaba otra revolución. Seguro que los historiadores no escucharon el grito de protesta de Balzac desde su tumba. Ni sintieron la depresión de los lienzos abandonados en Montmartre. Y se olvidaron de las lágrimas de Víctor Hugo en el Panteón.

El portero de mi edificio, un viejo portugués que llegó a París en los años 30, me confesó que París era una revolución constante: las aceras se levantaban para impedir el paso de los tanques, la Torre Eiffel se escondía para no servir de punto de orientación a los despistados nazis, y las farolas se encendía y apagaban para confundir a los ocupantes.

domingo, 4 de marzo de 2007

LA BATALLA DE LOS TUBOS CONTRA LOS BALCONES


Desde hace 30 años, en el centro de París, muy cerca de los clásicos Notre-Damme, Hotel de Ville o Louvre, un grupo de tubos de colores, cilindros y vidrios vive al calor de los crêpes y la música callejera. Más conocido como Centro Georges Pompidou (o Beaubourg), en las últimas tres décadas el museo ha librado una batalla silenciosa (y no tanto) contra las vecinas casas burguesas que lo rodean y que se oponían a su llegada al barrio. A día de hoy, nadie duda de que las tuberías le han ganado la partida a las pequeñas casas parisinas.

El centro Georges Pompidou es un amasijo de tubos y cilindros, algunos blancos, otros rojos, también azules. Sus piezas sobresalen aquí y allá, despuntan por un lado y se esconden por otro, en una figura irregular pero uniforme. El dominio del edificio no se reduce sólo a sus metros cuadrados de superficie: los tubos se han ido expandiendo alrededor de él como pequeñas y silenciosas serpientes, creciendo en la plaza de enfrente, desafiando a la Iglesia Saint-Merri.

Sus vecinas, esas casas burguesas con aire de superioridad, le miraron en un primer momento con recelo. Ellas eran las señoras del barrio. Se llevaban muy bien con los grandes burgueses de París: la catedral de Notre-Damme, el Hotel de Ville y el Museo de Louvre. Todos estaban de acuerdo en que introducir un monstruo como ese (un espantapájaros de colores, decían) no haría sino afear la belleza de esas señoras burguesas, con sus balcones del XIX y su color gris París.

Pero, mientras las señoras tendían la ropa en sus ventanas y sus maridos fumaban puros en el bar de abajo, el centro de París se llenó de hierros y colores. Un día eran azules, otro blancos. El pequeño monstruo, el nuevo Frankestein (gritaban las vecinas burguesas), iba naciendo frente a sus balcones. Era primavera, y los tubos crecían por todas partes y se expandían lentamente por el centro de París, casi como si de una conspiración silenciosa se tratara.

En realidad, tal vez no haya sido una victoria de los tubos frente a los balcones, sino un acercamiento constante; una negociación continuada que al final ha llegado a buen puerto. Igual que cuando los jugadores de fútbol forman una barrera y se acercan tímidamente al balón sin que el árbitro se dé cuenta. O como ese primer beso que caricia tras caricia no puede sino acabar en la cama. De la misma forma, los edificios cerca del Pompidou parecen haberse tornado azules y rojos; y el propio museo haber tomado algo del aire gris y burgués de sus vecinas.

Todavía hoy, los turistas despistados se frotan los ojos frente al Beaubourg. Después de corretear por las estrechas calles adyacentes, de embelesarse con la torre Eiffel o de tomar un vino en un buen restaurante parisino, el edificio de los tubos provoca el delirio. Dicen que, frente a la plaza, una ambulancia está siempre disponible para atender los posibles desmayos de los turistas.

Mientras estos turistas (adultos e insensibles) sufren cortocircuitos cerebrales, los hijos deciden soltarse de sus manos para disfrutar del espectáculo. Beaubourg se ha convertido en un lugar para niños y soñadores, para jugadores de fútbol en miniatura, para paseos a ninguna parte. Dicen que por las noches, una vez que las vecinas burguesas se han metido en la cama, el museo se llena de piratas que llegan desde el Sena.

Los niños, acostumbrados a las monótonas calles parisinas, al llegar a Beaubourg descubren al mismo tiempo la plaza y los tubos, los colores y los cilindros, los cristales y las palomas, los malabaristas con sus caras pintadas de azul. Y un impulso les lleva hacia esa gran masa de hierro, como si la corriente de un tsunami les arrastrara. Tal vez el arte siempre debería pasar por el filtro de los niños.

Treinta años más tarde, sigue pareciendo un milagro que este Beaubourg pudiera haber sido construido. Frente a todas esas pequeñas casas, casi de miniatura, con sus formas redondas y amables y su aire de abuelas presuntuosas, el monstruo se eleva omnipotente, con la luz de sus cristales y el color de sus tubos. Frente al París del siglo XIX y la melancolía de los parisinos por el pasado, el Beaubourg es el mejor ejemplo de que el siglo XXI también será el siglo de París.


La batalla de los tubos contra los balcones, en Fotos