
Hace unos días, un amigo me relataba con cierta decepción una visita que había hecho a los Guerreros de Terracota. Yo, recién llegado de un viaje por Xian y por supuesto de ver esta maravilla, me esforzaba en comprenderle, aunque no compartía su opinión. “Es como un parque temático”, insistía mi amigo. “Hombre, algo de razón tienes. Hay muchos visitantes, están en un lugar muy frío...”, contestaba. Y él asentía.
Pero por dentro pensaba en lo interesante que me pareció la visita, en el viaje interior que, mientras me abría paso entre los turistas, hacía a través de los libros que había leído, de los documentales vistos, buscando los conocimientos aprendidos para contrastarlos in situ. Era como volver al pasado en un lugar que tal vez no invitaba a ello, imaginando como hubiese sido quedarse encerrado en las galerías y transitar entre los miles de soldados de terracota con una antorcha de fuego y poder ver sus rostros impertérritos, preparados para la posteridad.
En una de esas estaba cuando de pronto vi una imagen extraordinaria de unos cuantos guerreros, parcialmente iluminados por los rayos del sol que entraban por los ventanales. Era como un juego de luces y sombras que rompían con la monotonía del lugar, con la luz uniforme, con las filas interminables de soldados. Gracias a esos rayos de sol, algún que otro soldado cambiaba de rostro por unos segundos, se hacía diferente y, al menos para mí, adquiría vida. Saqué mi cámara e hice diez fotos, hasta estar totalmente satisfecho. Puede que la realidad no fuese así, que los tonos fueran diferentes (¡qué más da!) pero es la imagen que mejor transmite lo que yo sentía.
¿Cómo no iba a disfrutar de esta visita? De alguna forma, en aquella nave industrial de grandes ventanales, yo había disfrutado de una perspectiva privilegiada. Ni siquiera un grupo de turistas que atendían sin pestañear a su guía en el lugar en cuestión habían reparado en la visión. Esto me lleva a pensar que ese día podía haber visto cualquier cosa, a saber, un soldado haciendo
estiramientos después de miles de años o un par de ellos que se cambiaban de lugar. Aquel día, estaba predestinado a hacer un gran descubrimiento desde el momento en que decidí embarcarme en mi particular viaje al pasado.
lunes 16 de noviembre de 2009
Un 'viaje' alternativo
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Planelló
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Etiquetas: guerreros terracota, Xian
lunes 9 de noviembre de 2009
Seúl, moderna y detallista
Seúl desprende modernidad en cada una de sus esquinas, restaurantes y avenidas, como si las pocas horas de avión te hubieran trasladado no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Cuando paseas entre sus rascacielos, te metes en sus centros comerciales o te acercas a un ordenador, uno tiene la impresión de que esto todavía no ha llegado a muchos países, pero que llegará tarde o temprano.
Por encima de esta apariencia exterior, de esas luces de neón que toman las calles por la noche, la modernidad surcoreana se siente como algo interno, algo que emana del comportamiento y la personalidad de sus ciudadanos. En el metro, cada uno de los pasajeros ve los culebrones coreanos en la pantalla de su teléfono móvil. Algunos llevan gafas de pasta sólo por el gusto estético, sin dioptrías de por medio. En las oficinas de información turística, los mapas y folletos han sido sustituidos por lápices de memoria (USB) que los viajeros descargan en su ordenador o teléfono móvil. La surcoreana es una sociedad cableada, moderna, donde las tecnologías han dejado de ser un canal para convertirse en parte importante de la vida. Y esta sensación te produce tantos escalofríos como el de un hombre de la Edad Media que hubiera saltado hasta el siglo XX.
Como todo lugar lleno de contradicciones, a Corea del Sur se le podría intercambiar la etiqueta de “moderna” por “tradicional”. No habría ningún problema en ello y todo el mundo lo entendería como algo natural. Porque Seúl es dinámica y estática, innovadora y conservadora. Aunque uno se puede pegar un baño en un spa, hacerse las uñas y cantar en un karaoke (todo ello al mismo tiempo), a nadie se le ocurriría romper con la armonía de sus parques. Los surcoreanos construyeron sus templos y palacios atendiendo más a la naturaleza que al hombre, y en el Changdeokgung, un antiguo palacio imperial, uno puede sentir como cada una de las piedras se colocó pensando en las hojas de los árboles que estaban en frente.
Otra de las características de Seúl es su simpleza, marca de la casa en el arte y las consideraciones estéticas. Y el orden, la dedicación, el detalle. Si durante el siglo XIII los coreanos grabaron en tablas de madera los 26 millones de caracteres de las escrituras budistas, con un gusto preciso por el detalle, la sociedad actual se ha dedicado a hacer lo mismo con chips electrónicos. De cuidar bonsáis a ser líderes en tecnología. Todo por ese gusto por la precisión y el detalle, que se siente en las frutas que se colocan en la calle (“armonía”, que dirían ellos) y las piedras que uno encuentra por el camino.
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Dani
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sábado 24 de octubre de 2009
Los hay
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domingo 18 de octubre de 2009
Visiones de todos
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martes 28 de julio de 2009
Cegamos por vacaciones
Los visionarios volvemos a colgar el cartel de "Cegados por vacaciones" (Sólo hay algo peor que un mal juego de palabras: repetirlo).
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sábado 18 de julio de 2009
Desperté en Pekín (Visiones que casi se cruzan)


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domingo 21 de junio de 2009
En el andén de la duda
lunes 8 de junio de 2009
El ruso que quería ser chino
Era alto y delgado, tan blanco como los perros de Siberia, y cuando entraba en clase el aula se llenaba de silencio. La única que parecía tenerle cierto aprecio era la profesora, que admiraba la disciplina y dedicación de su único estudiante ruso, un hombre que presumía de saberse de memoria las 50 primeras páginas del diccinario chino publicado por la editorial Xinhua.
Un vistazo a sus libros era suficiente para comprender su método de aprendizaje: el vocabulario a estudiar lo tenía subrayado en fosforito amarilllo, la gramática en azul y las estructuras fijas en verde. Todo este arco iris de estudio le servía para reconocer cada carácter, cada uno de los trazos, y para mostrarse casi imbatible ante cualquier pregunta de la profesora. Pero si sus compañeros de clase le odiaban no era sólo por su enfermiza obsesión con el chino: en un ambiente internacional en el que casi todos utilizaban el inglés en los descansos y después de clase, el ruso se mantenía siempre en las fronteras del mandarín. Algunos comentaban que esta actitud era herencia de la Guerra Fría y el enfrentamiento con el mundo anglosajón, y a juzgar por sus enfados cada vez que algún chino le intentaba hablar en inglés, era evidente que no era precisamente un fan de la CNN.
De hecho, su interés por el chino comenzó gracias al ejército del Partido Comunista, en la época en la que éste todavía no había llegado al poder y se encontraba en las montañas de la provincia de Shaanxi. Los comunistas habían inventado un juego que a él le llegó muchas décadas después a través de su versión en inglés (imagínate su cabreo) bajo el título de “Know the characters”, y que tenía como objetivo alfabetizar a los soldados comunistas. Eran un total de 600 tarjetas donde los estudiantes debían adivinar y reproducir el caracter chino insinuado. Él se tomó el juego con tanto interés que las primeras expresiones que aprendió en chino fueron “abajo con los japoneses”, “muerte al Kuomindang” o “viva la revolución proletaria”. A sus 23 años, decidió abandonar su carrera de ajedrecista profesional en Moscú para estudiar chino en Pekín.
Los pocos españoles que le conocían le llamaban “el ruso loco”, y por todos era sabido que era tan tacaño con el dinero como generoso en sus horas de estudio. De todos los edificios de la Universidad, vivía en el más cutre (aunque nadie conocía a sus compañeros de cuarto, lo cual alimentaba todo tipo de leyendas entre los estudiantes) y a la hora de comer siempre escogía la opción más económica. No era sólo una forma de ahorrar dinero, sino también de sentirse más chino. Porque ésta era en realidad su misión en Pekín.
Después de cuatro meses en China, comenzó a tener la sensación, las pocas veces que se miraba en el espejo, de que sus rasgos rusos se iban difuminando en un rostro oriental. Llevaba más de 120 días concentrado en el estudio del chino, no había pronunciado una sola palabra en ninguna otra lengua (ni siquiera llamaba a sus padres por teléfono) y sus contactos con otros extranjeros se reducían a la obligatoriedad de las clases. Por eso, comenzó a sentir como su pelo se volvía negro y lacio, sus ojos se oscurecían y su nariz se metía hacía dentro. Incluso tenía la sensación de haber encogido unos centímetros. Ahora, cada vez que pensaba en el ser humano en general, siempre le veía con rasgos orientales. Cuando recordaba las calles de Moscú las encontraba llenas de chinos que a paso acelerado salían del metro o entraban a trabajar. Su ex-novia rusa, que había sido modelo para una famosa marca de cosméticos, se había vuelto mucho más delgada y sus pechos reducidos a la mitad. Incluso sus padres, en el recuerdo, se habían convertido en padres chinos.
Al día siguiente, su nueva vida de chino le esperaba.
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Dani
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