El 12 de mayo de 2008, en la cantina del señor Wang sólo se escucha el sonido de la televisión. Los lamentos y los ánimos resuenan en las cuatro paredes de su pequeño restaurante, donde cuatro personas comen en silencio con un ojo puesto en la pequeña pantalla. En cuanto atravieso el umbral de la puerta, el señor Wang se dirige a mí con un murmullo: “¿has visto lo del terremoto en Sichuan?”.
Al poco rato, y después de despacharme más rápido de lo habitual, el señor Wang coge el teléfono con las manos a punto de convertirse en gelatina. Marca un número. Cuelga. Vuelve a marcar. Imposible contactar con sus amigos y familiares. Cuelga. Marca un número. Mueve la cabeza de izquierda a derecha, escrutando el rostro de las cinco personas que nos sentamos en silencio en el restaurante. Cuelga. Nadie responde al otro lado, en Sichuan.
En la universidad, el terremoto de Sichuan se ha convertido en un compañero de clase más. Parece el típico alumno silencioso que se sienta en la última fila, que participa poco, pero que todo el mundo sabe que está allí. Basta que se le caiga un lápiz al suelo para que el resto de la clase se acuerde de él.
Ahora, en clase, los ejemplos parecen limitarse a Sichuan y al terremoto. No importa que se hable de deportes, de naturaleza o de relaciones sociales: a los profesores sólo se les ocurren ejemplos relacionados con la tragedia. Y cada vez que suena la palabra, cada vez que alguien dice “dizhen” (terremoto), todos bajamos la cabeza y hacemos como que tomamos apuntes mientras al profesor se le atragantan las palabras.
Antes de entrar al aula, las urnas rojas se amontonan en una mesa de la entrada principal, donde varios estudiantes se encargan de recibir las donaciones. Los estudiantes pasan por ellas en procesión, uno detrás de otro. Los organizadores llevan camisetas blancas en las que han pintado a rotulador mensajes como “todos con Sichuan”, “¡ánimo China!” o “Wenchuan en nuestros corazones”. Por la ciudad, cada día se ven más camisetas con un corazón en medio que dice “I love China”. En los edificios de las grandes oficinas, desde las ventanas, la gente improvisa pancartas de apoyo a las víctimas del terremoto. En los callejones más recónditos, los vecinos han colocado a lo largo de la calle lazos y corazones.
Ayer, varios periódicos cambiaron sus habituales ediciones en color por el blanco y negro. Ni un atisbo de rojos, amarillos o verdes: sólo el blanco y negro de una tragedia que ha acabado con los colores. Los presentadores en la televisión visten de negro de los pies a la cabeza; las páginas web están de luto. El naranja y el rosa se han perdido en la imaginación colectiva.
Una semana después, a la misma hora en la que la Tierra se abrió por la mitad, las 14.28 horas, China guardó tres minutos de silencio. Los restaurantes dejaron de servir comida. Las normalmente congestionadas avenidas de Pekín quedaron congeladas en una fotografía de 180 segundos. En las peluquerías, los trabajadores se quedaron con las tijeras en la mano mientras los clientes miraban al suelo. El hombre que arregla bicicletas debajo de mi casa dejó de trabajar por primera vez en su vida. Y así en Shanghai, en Xi´an, en Guangdong y en Chengdu. Un quinto de la humanidad guardó silencio durante tres minutos.
Durante una semana, miedo e incomunicación. El señor Wang todavía no ha localizado a sus amigos de Sichuan. Nadie responde al otro lado. Una amiga coreana llega llorando a clase: ella tampoco ha podido hablar con sus amigas de la Universidad de Chengdu. Li Feng ha dejado Pekín y ha vuelto a su casa, en Sichuan, para preguntar por las calles con una fotografía si alguien ha visto a su padre. Y en Pekín, como en el resto de China, la gente baja a los parques de forma improvisada con velas en la mano.
A 1.500 kilómetros del epicentro, el terremoto todavía retumba en Pekín.
miércoles 21 de mayo de 2008
Réplicas en Pekín
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domingo 11 de mayo de 2008
Hombres Isla
Una estudiante de Bellas Artes reparte periódicos, de ésos que no valen nada, a las puertas del Metro. Lo dobla lo muestra, y una mano se lo arranca. No hay diálogo. A ella, que le encanta espiar rostros, no le da tiempo -ni ganas- de rescatar una mirada. A veces también toma apuntes mentales de los cambios de luz para la clase siguiente.
En medio de bares, tiendas de muebles, lámparas y somieres. Entre inmobiliarias, abrigos de visón, panaderías de diseño. En medio de Chamberí, una huerta, un vivero, una tienda de flores que de noche se oye respirar y cuando cierra la verja le dan ganas de profanar sus propios rosales.
¿Tiene tarjeta DIA? bip bi bip bip bi bip bi bip bi bip bi bip, ¿En metálico? Son 24’77, con esto hacen 25, y 5 más hacen 30, y la factura. ¿Tarjeta DIA?
A los 14 años todavía no le ha dado tiempo de ser niño. Si lo fuera, diríamos que es travieso. Pero como decidió irse de casa y de país, ahora es la mascota de travestis y camellos en las espaldas de Malasaña. Se hace el duro y es gracioso, cumple con los recados. Y cuando le sale bien un trapicheo, paga 30 euros por quedarse dormido una hora en todos los regazos que le faltan.
En Gran Vía, un limpiador de zapatos para los Caballeros de toda la vida. Su figura encorvada, su trabajo manual, chirría en la ciudad. Él, que sólo se arrodilla ante su trabajo, se da la vuelta y ve alejarse su tiempo.
En su país no sabía que esto se podía hacer. Pero aquí todos le han dicho que, en su situación, es lo mejor. Por la mitad del sueldo de un mes, todo se soluciona. Menos el desamparo a la salida de la clínica, la violencia del mundo en las entrañas, la envidia de cualquier ternura, y encima no se le ocurrió coger paraguas.
Hombres Isla en Madrid, rodeados de soledad por todas partes. Basta un gesto para que se conviertan en península.
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lunes 28 de abril de 2008
Pinceles
Un trazo. Un movimiento rápido sobre el papel. Una pincelada para dibujar un árbol, tres gotas de agua o un esbozo del cuerpo humano. Así es como se forman las palabras en China; juntando dos árboles para decir bosque. Y poniendo un pequeño fuego debajo de ellos para escribir “incendio”.
Dos trazos. En el parque de Ritan, una persona mayor coloca con esmero un pequeño cubo de agua mientras prepara su pincel. A su alrededor la gente realiza ejercicios de Taichi o pasea en la intimidad, y el anciano comienza a dibujar caracteres en el suelo. Lo hace a toda velocidad aunque con la tranquilidad de quien sabe lo que hace, concentrado en cada movimiento, en cada pincelada de agua que deja su marca en el suelo de cemento. Escribe poemas de la dinastía Tang o fragmentos de las grandes novelas chinas. Y los caracteres se quedan en el suelo durante varios segundos, unos instantes en los que la escritura parece tener vida propia, en los que no importa tanto el significado de los caracteres como su elegancia, la forma en la que las palabras son escritas para convertirse en arte. Y dos minutos después los caracteres de agua han desaparecido para que el anciano tenga que seguir escribiendo.
Tres trazos. Los suficientes para expresar el "cielo" y la "tierra". Dos palabras que, como la mayoría de los caracteres chinos, no sólo traen consigo un sonido y un significado, sino también una imagen. Muchos afirman que poder leer poesía china es uno de los mayores placeres literarios universales: porque no sólo se juega con la rima y con el contenido del poema, sino también con esas imágenes (barcos, caballos, insectos, bocas, lunas) que parecen dejar en el poema la marca de la pintura.
Cuatro trazos. La cita es el Instituto Cervantes de Pekín, donde después de una conferencia sobre literatura china y española nos invitan a un cocktail silencioso. Se trata de una actividad experimental para comprobar la fuerza del silencio: mientras las bandejas llenas de canapés y vino se mueven por la sala, el público, durante 30 minutos, no puede pronunciar una palabra. Cocktail. Silencioso.
En medio de este experimento, lo único que escucho son los pasos tímidos de la gente que se mueve en busca de un vaso de vino. El tintín íntimo al chocar las copas. Las miradas que se llenan de significado por la falta de palabras.
Al rato, una chica china se acerca hasta mí con una sonrisa (“¿qué tal”) y un levantar de cejas (“quién eres”). Le respondo tocándome el pelo con las manos (“mierda, no podemos hablar”) y acercándome hasta casi parecer mal educado (“pareces simpática”). En ese momento ella me coge la mano derecha con calma y comienza a dibujar sobre la palma de mi mano caracteres con el dedo índice. Primero dibuja una mano y una lanza (que significa “yo”), después unas gotas de agua, una tapa y un niño (“estudio”) y luego la palabra “español”. Y en esos momentos mi mano ya se ha convertido en una página en blanco y su dedo índice en un pincel. Y ella escribe “lunas”, “corazones”, “hombres”, “manos” y “soles”. Y yo tengo la sensación de que un cocktail silencioso nunca pudo ser tan romántico como en China.
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lunes 14 de abril de 2008
El finde fuera
Pasar el finde fuera. Desde el jueves por la noche, viajar haciendo la maleta, metiendo lo imprescindible: cepillo, calzoncillos, otra camiseta. En la última media hora de oficina ya sólo pensar en el destino, y salir a las 3 como niños del colegio.
Un par de bocadillos. Dejar la ciudad en un desvío, que a eso de las 6 queda infinitamente atrás. Agua y pistachos en la tienda de la gasolinera. La mano haciendo olas de viento en la ventanilla, la meseta que cambia de color.
La llegada eufórica, con la música muy alta y unos estúpidos nervios al abrir la casa. Quizás meter los pies en el mar después de la cena, o dar una vuelta en la plaza, o subir hasta la colina, que no es nada, pero si está al lado… La curiosidad por otra almohada. Y la felicidad que huele a café, a tostadas con tomate y solecito en la terraza.
Y luego hacer algo, cualquier cosa. Cualquier cosa como volver a la cama y que se haga tardísimo. O ir a ese sitio tan especial que siempre dicen y nunca vamos. Pasear por fin, en vez de ir a alguna parte. Y confirmar la alegría de los acentos en los saludos del camarero, porque -ya que estamos- cenamos fuera. Y tomamos eso que sólo lo hacen aquí y está tan bueno.
Levantarse por segunda vez, como de siempre. Apurar la mañana. Hablar con los del pueblo, informarse concienzudamente sobre las antropológicas problemáticas locales. Y calcular la despedida. Con la tristeza de quitar la luz, el gas, cerrar las persianas de fuera, darle doble vuelta a las llaves. Ritualizar la salida. Contar los kilómetros que quedan. Las medias horas, si no hay atascos. Hablar del futuro. Cuando ya aparecen, por última vez en la semana, las estrellas encima del horizonte en movimiento.
Quedarse dormido sobre un hombro, una mano en la barriga hace de manta. Y despertarse con las primeras luces de las fábricas de la periferia. Bostezar llegando a un Madrid inmóvil, tan de domingo que intuye el lunes. Estirar las piernas, sorprenderse de estar en casa.
Pasar el finde fuera. Moverse, viajar. Viajar todo lo que nos dejan. Viajar, y que no importe dónde. Viajar, y que lo bueno sea hacerlo, y lo mejor con quien.
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lunes 7 de abril de 2008
La calle sin nombre
Justo debajo de mi casa hay una calle sin nombre. Al principio pensé que, aunque no hubiera placa al entrar, este callejón debía poseer como mínimo un par de caracteres chinos. Pero nadie parece tener respuesta a esta pregunta. Y, aunque muchos trabajan y viven en este pequeño callejón desde hace años, a nadie le ha parecido tan importante como para ponerle nombre.
La calle es estrecha, de unos cuatro metros de ancho, lo suficientemente grande como para que pasen tres bicicletas y dos viandantes al mismo tiempo. No necesita más. A su alrededor hay obras por todos lados, rascacielos que albergan oficinas de multinacionales y centros comerciales. Pero esta calle se mantiene alejada de las pretensiones de la nueva China, sin marcas de ropa, perfumes femeninos ni televisiones de plasma.
Aquí todas las niñas se recogen el pelo en dos coletas y visten de rosa, y los jóvenes se mueven en bicicleta por ella como si estuvieran en su pueblo. Por la noche los ancianos se juntan para jugar a las cartas o al ajedrez en cualquiera de sus esquinas, y un sofá abandonado hace de bar alternativo para los más rebeldes. La calle tiene tres billares al aire libre con bombillas improvisadas para jugar hasta las dos de la mañana; y durante el día las madres lavan la ropa mientras cotillean con la vecina las novedades del barrio. Al fondo del todo, con una luz violeta en espiral que no deja de girar, hay una peluquería, aunque algunos dicen que a determinadas horas de la noche se convierte en prostíbulo.
De buscarle un nombre a esta calle, debería estar relacionado con la gran variedad de comida que uno puede degustar a lo largo de sus escasos 100 metros. Justo a la entrada siempre está Xin Qiming, que con su gorro blanco y playeros de deporte cocina pinchos de carne en una especie de barbacoa. Un poco más allá una joven (aquí todo el mundo la llama xiaojie) sirve por tres yuanes platos de pasta con verduras y carnes, y una especie de tortita llena de especias picantes. En frente, la gente se sienta en sillas de plástico para comer pinchos hervidos; y a la derecha los niños hacen cola (sin mucho orden) frente a una panadería llena de dulces. En uno de estos restaurantes, con una cocina de dos metros cuadrados y sólo un cocinero, uno puede degustar más de doscientos platos. Una oferta de alta calidad y bajo precio que se repite en cada uno de los rincones ocultos de esta calle, y que de estar en los Campos Elíseos sería considerada como ejemplo de haute cuisine.
A pesar de ser una de las calles más chinas de Pekín, uno respira el aire internacional que le confiere un país tan grande como este. A lo largo de sus restaurantes y puestos de bebidas, uno se encuentra con acentos de Shanxi, Hubei, Sichuan o Hebei, y cada una de estas personas parece venir de un planeta distinto, de unas provincias alejadas cientos o miles de kilómetros de la capital. Y todos ellos, misteriosamente, han venido a parar a esta calle sin nombre.
De todas las personas que viven en este callejón, Wang Deshu se ha convertido en mi anfitrión. Su restaurante tiene el techo lleno de pósters comunistas de hace 40 años y junto a él casi siempre está su hija, que tiene dos años y todavía no va al colegio. Wang me ha pedido que, a partir de ahora, le llame Maestro Wang (Wang laoshi), porque entre comida y comida hace como que me enseña chino. Y, cuando le pregunto por el nombre de esta calle, Wang se encoge de hombros y esboza una sonrisa: “¿Qué te parece la calle del Maestro Wang?”.
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lunes 31 de marzo de 2008
Un barco en Madrid
La Calle Barco quiso zarpar de una plaza donde, en vez de olas, se escucha el murmullo de los botellones exiliados. Una plaza con regusto a Venecia en las costas de Malasaña (vaya usted a saber por qué). Ése es el puerto de la única calle de Madrid con aspiraciones oceánicas.
Calle Barco es una goleta de madera, de esas de una época. Siempre atracada en pleno centro, sólo puede verse de noche, porque son las farolas las que marcan precisas la curva del casco. En los camarotes de las primeras plantas cuelgan las enrededaderas y las macetas sonrientes. De ahí se escapan viejas canciones portuarias, venidas de todos los mares. Y los piratas de fin de semana se marean por culpa de un ron de garrafón y vomitan en cubierta, y los grumetes mean aliviados sin contar con la acción del viento.
En Barco, de proa a popa: un Restaurante ecuatoriano, Café el torero, frente a Moda regalos y Hostal Mozart, al lado de Hnos. Conejero reformas en general, que comparte pared con Bar García. Máquinas de punto, junto a Lavandería autoservicio Alba, Panadería y lácteos, Bar and Company, que está en frente de Talleres Céspedes, un Sex- Shop, y en el camarote del Capitán, Peluquería Zarana y una Clínica dental. Es decir, todo lo necesario para una navegación alegre, una felicidad de andar por casa.
Sin embargo, la goleta naufraga a unos metros de la gloria de Gran Vía. Barco no aguanta la tormenta, y la madera cruje entre las olas concéntricas de las cucharas donde se cuecen el crack y la heroína. La tripulación se resigna al naufragio antes de partir, a vivir sin rumbo en la única goleta que ni siquiera llegó a ver el mar.
Y ahí está este Barco, encallado en medio de Castilla. A pesar de su fortuna esquiva, si pasas por la esquina de su proa, un mascarón te enseñará sus pechos, presumirá de labios, igual que esas esculturas de bronce que surcan el océano. Tú seguirás de largo, con el paso y el aliento entrecortado. En cambio ella acepta su destino travestido, el naufragio al iniciar la travesía, cuando el viento la condujo a la calle Desengaño.
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lunes 24 de marzo de 2008
Sucio y asqueroso Pekín
Al abrir la puerta de casa para bajar a la calle, me encontré con el pasillo mal iluminado y bicicletas por todos lados. Las paredes combinaban el gris comunista con manchas negras (de aceite, grasa y ruedas de bicicleta) y en el suelo a alguien se le había caído parte de la bolsa de la basura. Al llegar al ascensor vi algunas manchas de barro. Ayer llovió en Pekín. Tal vez por eso, las bicicletas, que todo el mundo deja dentro del edificio por miedo al robo (“las bicicletas en Pekín pueden durar menos que un té”), convirtieron los pasillos en un patatal. En cualquier momento parecía que pudiera aparecer una gallina o un pato subiendo por las escaleras.
Así es Pekín. En ocasiones, desde el piso número 11 de mi casa, apenas puedo ver los edificios que están a tan sólo unos metros de distancia. La contaminación es tan pesada que la ciudad parece envuelta por una niebla con aires a Segunda Guerra Mundial; cualquier sonido estridente parece ser el de un bombardero en misión militar. El aire en Pekín está tan contaminado que muchos dicen que es más sano quedarse en casa comiendo patatas fritas que salir a la calle a correr.
Pekín es masculino, rudo y sucio. Tan viril, tan imponente, que a uno le cuesta nombrarla en femenino. Pekín es edificios gigantescos, avenidas interminables, bicicletas estropeadas y empujones en el metro. Pekín huele a asfalto quemado y hace tanto daño como la arena del desierto en los ojos. Pekín es la dentera que produce rascar las uñas sobre una pizarra.
Pero hay otro Pekín. En China se tiene la idea de que las gentes del norte son más bromistas, borrachas y acogedoras que en el Sur. Esta es también una de las marcas de la casa de Pekín, compuesta sobre todo por chinos venidos del norte, que llegaron con sus licores de 60 grados, sus comidas picantes y sus acentos que suenan a Heavy Metal. Pequineses (de toda China) que tiran papeles por el suelo y no cumplen los pasos de peatones, pero que te invitan a cenar a sus casas, te preguntan por tu familia como si fuera la suya y que, después de varias cervezas, son capaces de intentar emparentarte con sus hijas o hermanas.
En Pekín no existe la hipocresía ni las buenas formas, y cuando uno camina por la calle tiene la sensación de cruzarse con hombres y mujeres de carne y hueso, que cantan y escupen por la calle. En Pekín no existe la vergüenza, y los mayores hacen ejercicios de Tai-chi en los parques y los enamorados acuden a las plazas para aprender a bailar. Los niños, cuando tienen ganas, se ríen y mean en la calle. Las mujeres, a las que nadie les enseñó a utilizar un lápiz de labios, son hermosas sin maquillaje ni ropas de marca. Y la ciudad tiene la sinceridad de las personas honestas, francas y directas, que te pueden llamar “hijo de puta” a la cara, pero que siempre te ayudarán cuando lo necesites.
Sucio y asqueroso Pekín.
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Dani
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lunes 17 de marzo de 2008
Cercanías de Madrid
En el aire se toca el cansancio, las horas extra, los descansos de un pitillo con prisas, la cena de anoche recalentada en el táper. En el vagón de vuelta del tren de Cercanías, las oficinas cuelgan de los párpados, los jefes se agolpan en los hombros, el ordenador deja la misma marca que los ladrillos. Las secretarias, los camareros, los directivos, los albañiles, se sientan con sus fotocopias, sus bandejas, sus decisiones y sus carretillas, aún a cuestas.
Las cabezas asienten vencidas por el mínimo traqueteo, pensando en el mismo sofá, en la bienvenida universal al llegar a casa, en el descalzarse, idéntico en todos los idiomas. Y como se contagian los bostezos, la euforia en los estadios, o se reproducen las caricias, del mismo modo, se van mezclando los sueños que entran cada vez que alguien mira por la ventana.
Por eso, en los vagones de vuelta, también revoltean las nostalgias, los futuros que cumplimos a medias. El de al lado nos pasa sus miedos y su dolor de cabeza. Al abrirse las puertas, huiremos como hormigas. Pero antes, el vaivén ya habrá removido las ideas, habremos dado nuestras ilusiones al vecino, nos habrán pasado una duda con un roce entre codos.
Al igual que los olores, se mezclan las emociones. Y en el trasbordo iremos preocupados, sin saberlo, por aquel sobrino de Colombia, por ese mejor amigo que decidió quedarse, por las malas notas de un hijo, con el meláncolico jet lag de la azafata, recordando el primer día en la obra de un ingeniero polaco... y seguimos andando confundidos, como si llévaramos los zapatos de otro.
Eso es Madrid, así es la vida en las grandes ciudades, sus inevitables cercanías.
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