Para despertar en Pekín es necesario hacerlo sin el pijama de toda la vida; porque aquí ya te no queda bien. Hay que olvidarse de tomar un café por la mañana y de escuchar las noticias por la radio. Dejar a un lado las llaves del coche, volver a la guardería y cambiar de nombre. Porque aquí ya no te llamas ni Jorge, ni George, ni Jordi. Aquí eres otra cosa.
En Pekín eres el guiri al que los niños persiguen por la calle y tiran de los pelos de las piernas. Eres el extranjero que no sabe utilizar palillos y no sabe pedir comida en el restaurante. Eres el único que se pierde entre las callejuelas y sus abuelos jugando a las cartas. El único que mira al cielo sorprendido por las luces de neón y la cantidad de karaokes que pueblan cada avenida.
Durante los primeros días en esta ciudad, uno tiene la sensación de que un árbitro te persigue y te señala fuera de juego en cada acción. Pekín es un lugar donde uno tiene dificultades para agarrarse a cualquier cosa conocida; como si alguien te soltara en medio del Océano y a tu alrededor sólo vieras agua, sin encontrar ningún trozo de madera con el que poder mantenerte a flote. Pero también, por eso mismo, es un lugar perfecto para volver a nacer y empezar de cero.
Pero esto es sólo el principio. Cualquiera que lleve algunas semanas en Pekín se da cuenta de que las diferencias son más profundas que usar palillos, tener los ojos rasgados o vestir otras ropas. Si los silbidos son diferentes en Pekín no es porque lo sea la vibración de los labios, sino por el mecanismo mental que los produce, por las razones por las que se silba. La diferencia con todas las ciudades que has visitado antes se encuentra en la manera en que sus ciudadanos se atan los cordones de los zapatos. En el modo en el que se sube al autobús. En los sueños que cada uno tiene por la noche.
lunes, 29 de octubre de 2007
Volver a la guardería
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Dani
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Etiquetas: extranjero, guardería, pekín, sueños
Despertar en Madrid-Pekín
Bostezamos. Estiramos los brazos. Un poco sin saber dónde estamos. Aún borrosos, abrimos los ojos para encontrarnos. Lo primero es comprobar que todavía tenemos piernas, y brazos y ombligo, y la curiosidad de saber qué hay detrás de la siguiente esquina. Y ganas de contarlo.
Nos despertamos con París y Florencia aún en la retina. En sus calles nacieron nuestras Visiones, aunque este proyecto no podía quedar recluido a dos lugares. Ni tan siquiera a dos personas. Visiones no es una moda pasajera ni un accidente en la autopista: es una forma de mirar a la carretera. Por eso, el cuerpo, de forma natural e incontrolada, nos sigue pidiendo lo mismo: más lugares, más cafés, más personas y más vidas. Por eso nuestros ojos se siguen abriendo a las ciudades que vivimos, y a nosotros dentro de ellas. Porque, como dijo un poeta, «un hombre es la ciudad/ en la que viven otros hombres».
Este año nuestras miradas se detienen en terreno familiar -Madrid- y sienten el vértigo de adentrarse en lo desconocido. De alguna manera, todos habíamos estado en Florencia y París. Pero ahora nos enfrentamos al reto de descubrir Pekín, esa ciudad casi mitológica que muchos piensan que ni siquiera existe. Donde las letras se convierten en trazos y los tenedores en palillos. Una ciudad donde vivir otras vidas parece una obligación. Un Pekín que está a miles de kilómetros de Madrid pero que cada día parece estar más cerca. En esta página intentaremos que ambas lleguen a confundirse.
Por eso nos convertimos en Daniel Pekín y Alberto Madrid. Castizos y exóticos, cañas y karaoke, bambú con calamares; rascacielos zen y Lavapiés. Para compartir la emoción que nos dejan los escenarios donde se viven nuestras vidas. Las miradas que nos arañan el alma. Aquel instante donde todo se convirtió en otra cosa.
Cada lunes presentaremos una VISIÓN. A ver si somos capaces, por un ratito, de vivir en la ciudad del otro. Con imágenes que recojan el espíritu de los espacios, frases donde se escuche el murmullo de los mercados, y vídeos que muestren un pedazo de vida. ¿Multimedia? Por supuesto. Pero sin renunciar a la palabra como el modo más profundo en que los hombres cuentan sus emociones.
Tomamos aire, y salimos a la calle…
ya estamos en busca de nuevas VISIONES.
Alberto Madrid
Daniel Pekín
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viernes, 31 de agosto de 2007
Cegados por vacaciones
Después de estos meses de Visiones, hemos decidido colgar el cartel de "Cegados por vacaciones". Para tomar aire, elegir nuevos escenarios y preparar las púpilas para el próximo otoño, en el que se retomarán estos destellos de vida compartida. Si quieren.
Abrazos visionarios,
Alberto y Dani
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alberto senante
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lunes, 13 de agosto de 2007
Adios a Paris
luego París te acompañará, vayas donde vayas, todo el resto de tu vida,
ya que París es una fiesta que nos sigue.
Ernest Hemingway, en una carta a un amigo (1950).
Cuando Filip, uno de mis mejores amigos en París, salió por la puerta de mi casa aguantando las lágrimas, por primera vez me di cuenta: yo también abandonaría dentro de muy poco la ciudad.
Ese mismo día, sobre las cuatro de la mañana, en una de las múltiples fiestas de despedida, las copas comenzaban a hacer aflorar los sentimientos y la nostalgia anticipada. Bertrand, uno de nuestros amigos franceses al que yo siempre llamaba Bernard (primero por equivocación y luego ya para fastidiar), confesó con su aire mitad hippy y mitad homosexual que nos comprendía: “lo entiendo, tío, lo entiendo. Es el final de una época”.
Pero si hay ciudades que te han marcado por las personas con las que la has compartido, París parece querer quitarte este gusto. La ciudad es tan apabullante y tiene tanta personalidad que parece imponerse a las compañías humanas. Cuando estás en París, estás con París. Y aunque un año en esta ciudad ha dejado marcas humanas indelebles, la capital francesa parece no querer perder su protagonismo. Es como si París fuera más fuerte que las personas.
Si tuviera que quedarme con algo de la inmensidad de esta gran ciudad, me quedaría con sus pequeñas callejuelas empedradas, con sus rincones ocultos y solitarios, con ese bar de la esquina que tiene el mismo dueño desde hace décadas. Me olvidaría de los Campos Elíseos, del Arco de Triunfo y del Louvre. Porque la grandeza de París está en sus cosas más pequeñas.
Otra cosa que me perseguirá lejos de esta ciudad es la sensación de que cada barrio, cada calle y cada bar merecen la pena en París. No importa que vivas en un arrondissement (barrio) o en otro. Porque todos ellos tienen esa magia inexplicable que envuelve la ciudad. Todos ellos te sorprenderán cada mañana con sus casas del siglo XIX y sus parques señoriales conquistados por el pueblo. En todos tendrás tu boulangerie (panadería). Y en todos descubrirás decorados donde poder rodar una nueva versión de Amélie.
Adiós a París
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Dani
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Etiquetas: Paris
Irse de Florencia
Estar lejos de la cúpula de Florencia es salir desnudo a la calle. Cuando te has acostumbrado a que sus colinas violetas te protejan como los brazos de un padre primerizo, a que el atardecer desde el Piazzale Michelangelo te dé el sentido de los días, a confesar tus sueños en Santa Croce.
Cuando ya te saluda el camarero de la esquina, el basurero de Sant’Ambroglio, el mimo de los Uffizi… Pasquale, Silvia, el del mercado. Cuando sabes el nombre de las calles y en qué puente las aguas del Arno se llevan los problemas. Cuando ya sientes que la ciudad te protege, que sus calles son las ramas de un nido y que su luz es siempre la justa, irse de Florencia es saborear el desamparo.
Porque fue a las orillas de ese río que los hombres dijeron que las cosas no pueden ser de cualquier manera, que los colores importan. Fue aquí donde quisieron meter la armonía del mundo en un trozo de tela, donde la humanidad cabe dentro del mármol, en cuatro tercetos. Es en esta ciudad donde todavía se palpa la decisión de los hombres de vivir junto a otros hombres.
Y por eso hoy, irse de Florencia es sobre todo dejar de estar con personas para quienes Renacimiento no es un periodo artístico, sino una actitud ante los días. Porque Florencia es lo contrario al pasado, es la cabeza de un niño que está siempre naciendo. Y despertarse aquí es abrir los ojos frente a un lago, cada mañana, como por primera vez.
Pero hay que irse, seguir huyendo en busca de la vida desnuda, ya sin el abrigo de Florencia, pero con la certeza íntima de que está, sabiendo que existe, que hay un lugar en el mundo donde la belleza sirve para darte cobijo, para hacerte compañía.
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lunes, 30 de julio de 2007
Visiones cruzadas
Hay ciudades hechas para el reencuentro; lugares donde el tiempo y el espacio se difuminan. Plazas en las que parece natural tropezarse con el amigo taiwanés que conociste en Canadá hace tres años. O con la chica que trabajaba de camarera en tu pueblo y a la que llevas sin ver decenas de meses. Ciudades, como París, en las que un soplo universal impregna cada avenida. Donde te puedes encontrar con cualquiera en los pasillos del metro. Y donde cualquiera te puede encontrar a ti.
Por eso, cuando Senante y yo nos descubrimos en Montmartre (¿dónde si no?), me pareció lo más natural del mundo. Un canario que venía de Florencia y un asturiano que llegaba de Avignon, unidos por el magnetismo romántico de París. Casi 24 horas de un encuentro en medio de muchos caminos. Suficiente tiempo para perseguir mujeres en el metro, encontrarse con un viejo poeta en un restaurante español o decir adiós a mi último hogar. La primera vez en la que Senante y yo hablamos cara a cara de estas Visiones.
Como los "camaradas" de Saint-Exupéry en Tierra de Hombres, ambos aspiramos a ser aprendices de pilotos y exploradores de rutas. Lo que implica que casi nunca estamos en el mismo lugar. Y que sólo el azar nos une en una estación de tren o en un aeropuerto. En Gijón o en Santa Cruz de Tenerife. En Florencia o en París. En Estambul o en Pekín. Casi siempre lejos en el espacio pero unidos por un mismo cordón umbilical. A veces silenciosos, pero siempre presentes para el otro. Tal vez con respuestas diferentes, pero casi siempre con las mismas preguntas.
Mi última noche en París, improvisada entre vasos de sangría y SMS a última hora, se convirtió en un humilde homenaje a lo vivido durante todo el año. Sentados en torno a la mesa de mármol de mi cocina, dos amigas Erasmus, el canario recién llegado a la ciudad y yo. Tres nacionalidades entre cuatro paredes. Casi sin espacio para moverse dos centímetros. Con una puerta siempre cerrada, como si tuviéramos miedo de que la intimidad recién creada pudiera evaporarse. Juegos casi infantiles. Complicidad entre las cuatro miradas. El placer de hablar por hablar. Sin tabúes y sin rodeos. Como si aquella última noche, fruto de las mayores casualidades, hubiera estado planificada desde nuestros nacimientos. Como escribía Exupéry, "por fin nos habíamos encontrado. Nos apoyamos el uno en el otro. Y nos engrandecimos al descubrir que pertenecíamos a la misma comunidad".
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Dani
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lunes, 23 de julio de 2007
Visiones cruzadas
París. Línea azul (fuerte). Barbés. Sube. Me la tapa una señorona africana con la mirada perdida y un chaval con el monopatín colgado de la mochila. Stalingrad. Más gente, apenas la veo. Belville. Descubro una flor en su chaqueta fina negra que la convierte en aún más deseable. Sigue sin mirarme. Se quita la chaqueta y aparece un hombro. Menos mal que es alta, aunque todavía no sé donde termina su pelo. En medio, tres parejas de abuelitos japoneses que no dejan de comparar el nombre de las estaciones con dos mapas giratorios. Père Lachaise. Me pilla mirándola y hacemos como si nada. Sale en Avron, con prisa. Mira hacia los dos lados para ver qué salida le conviene. Yo imagino su paso firme por París, y ella escapa del marco de mi ventana. Inevitable.
París. Un viejo con citacrices de la vida en la piel, en la mirada, y un pañuelo de pirata urbano al cuello, uno de esos a los que los cantautores dedican canciones y hacen cambiar de acera a las amas de casa, se toma el mejor vino, un Marqués de nosequé, de un restaurante español en una callejuela del Marias; cuando se acaba el segundo vaso paga y le regalan el tercero, entonces saca un folio y empieza a escribir una nota, que nada más irse los camareros empiezan a pasarse entre el desconcierto y la sonrisa. ¿Quién puede asegurar que ese tercer vaso de Marqués dedondesea no haya evitado un suicidio que ya parecía inevitable?
París. Ella le da el teléfono de su país, y le dice que venga cuando quiera, que en su casa hay sitio de sobra. Él le pone la mano en el hombro, mientras dice ha sido un placer vivir contigo (y le asalta el recuerdo de las caricias somnolientas, de sus salidas de la ducha, de las alegres llegadas anunciadas por silbidos). Ella dice gracias por todo, acordándose de aquel bajón de febrero. Él le dice gracias a ti, queriendo decir te quiero. (Todo esto en el pasillo). Y se abrazan porque ella tiene que levantarse temprano y él todavía tiene que hacer la maleta, y una mejilla toca el final de un labio, y durante un instante todo es posible: no acabar la carrera, quedarse los dos en París, juntos en ese apartamento, buscarse cualquier trabajo, amarse sin medida. Pasan los segundos, y sus cuerpos sólo se separan por la inercia de ser formales. Ella, sin saber por qué, le despide desde su habitación y él ve como se le cierra el amor en las narices, inevitable.
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alberto senante
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martes, 17 de julio de 2007
Paris la nuit
París no es sólo la ciudad de las luces, sino también la de la sombras. Cuando los cristales de la pirámide del Louvre se iluminan con el incipiente brillo de las farolas, una nueva vida comienza en la capital francesa. Como las personas, París se vuelve más sincera por la noche. Porque es cuando se encienden las velas y la ciudad se vuelve más íntima.
La noche de París necesita de un poco de paciencia. Uno no puede esperar triunfar en la primera cita. Más de uno se habrá visto atrapado por el mal gusto de las discotecas más famosas, en los Campos Elíseos; o por la falta de vida nocturna en algunos barrios. Pero, una vez que la has conocido y te ha conquistado, la ciudad te mostrará su cara más fiestera. Y si, como Frank Sinatra, quieres levantarte “en una ciudad que nunca duerma”, París también es tu lugar.
Porque puede que la fiesta en Montmartre se haya convertido en un mito; pero en un mito viviente. Si los pintores y la absenta se han evaporado de este legendario barrio, su esencia transgresora y artística nunca ha desaparecido. Es cierto que el Moulin Rouge se ha transformado en una inversión turística; pero el Divan du Monde o el Elysee Montmartre han sabido mantener su espíritu. Y en toda la ciudad, durante toda la semana, la oferta nocturna es tan amplia, que uno puede confirmar que “la fiesta” no es un monopolio español. Asomándose a Belleville (Neuf Billards, Java), acercándose a Gambetta (Fleche d´Or) o inspeccionando la Bourse (Tryptique, Truskel, Rex...) uno puede disfrutar de tanta fiesta como pueda aguantar.
¿Dinero? El presupuesto para la mejor noche en París no cuesta más de una botella de vino. La capital francesa cumple por la noche con todas las expectativas que se han ido creando durante el día. Además de una de las ciudades más sabrosas, París también es de las más borrachas. De las que sacan lo mejor de sí mismas durante la noche.
[Foto vía Kasparov]