sábado, 25 de abril de 2009
Madriles
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alberto senante
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Etiquetas: madriles ciudad
martes, 21 de abril de 2009
Antes de Pekín
Para seguir con estas visiones, tal vez sea una buena idea echar la vista atrás y esbozar una pincelada de sinceridad: antes de llegar a Pekín, tuve miedo. Me encontré en el aeropuerto de Helsinki, solo, resacoso (como casi siempre que viajo) y me pregunté a mí mismo, mientras me miraba al espejo en los baños del aeropuerto, qué diablos me llevaba a China. ¿Por qué? ¿Cuál era el motivo de atravesar 8.000 kilómetros para partirme la cabeza en un país tan extraño?
La pesadilla desapareció una vez que me monté en el avión. Allí estaban esos rostros asiáticos de ojos rasgados y expresividad goyesca, ajenos a los estereotipos creados en Europa, tan naturales como un primer beso. El alboroto en el avión era tan monumental que por un momento me creí en un estadio de fútbol. Allí, frente a mí, estaba el reto y lo bonito de esta experiencia: comprender esos sonidos chinos ya medio familiares, desentrañar los pensamientos detrás de sus pupilas negras; montar el mismo follón con ellos en el próximo tren o avión.
En el asiento de al lado, la casualidad me colocó como compañera de viaje a una española que iba a China para adoptar a una niña. Era su “ya casi primera vez” en China. Estaba inquieta, nerviosa; miraba los caracteres chinos escritos en la mesita del avión con casi tanto miedo como curiosidad. Después de cuatro años de gestiones, este viaje a China era la última etapa en su sueño por conseguir una hija.
En ese momento, los vínculos de tantas familias españolas, de tantas niñas de origen chino que corretean por nuestras calles, me tranquilizó. Me hizo sentir que no iba a un lugar tan lejano. Y bajé del avión con la sensación de llegar a mi nuevo hogar.
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Dani
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lunes, 6 de abril de 2009
Apuntes de un parado
Es distinta la Casa de Campo los martes. Los fines de semana es un alivio, un “verdadero pulmón” creo que lo llaman los urbanistas cuando se entrometen a poetas. Pero el martes la Casa de Campo tenía la tristeza de las aulas vacías, inquietante como un estadio sin multitudes.
Sólo los árboles, como sin hacer nada, algún jubilado paseante temeroso del colesterol (hay sustos que hacen a cualquiera ponerse un chándal). A eso de las dos en las pistas aparecieron esporádicos oficinistas dispuestos a destilar marrones en 30 minutos al trote. Para ellos, esto debe seguir siendo un “alivio”, un “pulmón”. Como lo eran para mí las tostadas tranquilas del sábado, las mismas que ahora me susurran que no valgo para nada.
En cambio a las prostitutas parecían no faltarles trabajo. Eso me puso pensativo: ¿Cómo afectará la crisis a las prostitutas? ¿Tendrán más clientes agobiados que las utilizan para olvidarse de sus hipotecas y sus pagos? ¿O muchos habrán tenido que renunciar a ese caprichito? ¿Debería alegrarme que las prostitutas sigan teniendo trabajo? ¿Y de lo contrario?
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alberto senante
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miércoles, 1 de abril de 2009
Descubriendo Pekín
Aunque llegar a China supone volver a la guardería, con el tiempo uno comienza a reconocerse en sus ciudades, a llenar cada esquina con una anécdota, a distinguir acentos.
Uno se levanta por la mañana y ya no se sorprende al salir al patio de su casa, ni le parece extraño ir a la universidad en bicicleta. Desayunas té, saludas a la vecina que vende flores en la acera de enfrente y cruzas la calle con los semáforos en rojo con la naturalidad de un local.
Uno se siente cómodo cuando le llaman por su nombre chino (incluso parece que suena mejor) y escucha la radio por las mañanas para estar al tanto de las nuevas canciones chinas.
Las luces de neón y los karaokes se han convertido en parte de tu vida (y ya no recuerdas un mundo en el que no lo fueran).
Ahora, cuando hay que empujar para subir al autobús, tú eres el primero.
Pekín toma forma.
Por suerte, cuando comienzas a comprenderlo todo, cuando crees ver la ciudad tal y como es, aparecen nuevos misterios. Pekín no se acaba nunca.
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Dani
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lunes, 23 de marzo de 2009
Libros-escudo
Ir con libros hace que mire a quienes llevan otros libros, escudos como el mío. Y que en ese cruce de miradas se formen rimas, guiños, encuentros. Como cuando se abren en el metro frente a frente Borges y Cortázar a primera hora de la mañana, el tiempo de los duelos de otra época. O como cuando dos esperan, a la sombra de un madroño, uno con Beckett y tú con Shakespeare… y los personajes huyen como fantasmas de los libros y confunden sus diálogos en el aire.
Aunque hay encuentros más humildes, sin necesidad de grandes nombres, en que lo importante es reconocer que el otro también necesita protegerse con su escudo. Y sentirse aliviados, como dos que comparten paraguas.
A veces los encuentros de escudos provocan decepciones. Como cuando en el césped de aquel parquecito apartado del mundo, un pelo rizado donde perderse, una espalda como esperando ser dibujada, lee mordiéndose los labios, acariciando las páginas. Y cuando estás a un milímetro de lanzarte al vacío y preguntarle por un café cercano, le llaman al móvil, deja el libro bocarriba en la hierba y te sorprende el título de un escudo-tonto (que los hay) y borra con un soplido de dibujos animados toda la magia que habías fabricado.
También puede haber algo de competición en ese espiarse el nombre del escudo del prójimo (hasta llegar a posiciones incomodísimas). Pero es un duelo donde no se busca vencer, sino entenderse con el otro, y que deje de ser un desconocido.
Y puede pasar también que la rima sea con la propia vida. Y que tú llegues deliciosamente tarde, y yo pase cuartos de hora saboreando la espera en los tiempos del cólera. O aquella vez que hablamos durante horas de proyectos, ciudades, buhardillas, caminos… y sin querer los dos llevábamos Machado en la mochila.
Y de vez en cuando sucede, que esquivo con la mirada un hombre inoportuno, y confirmo que ella también, ella también lleva entre las manos poesía.
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alberto senante
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lunes, 16 de marzo de 2009
Mo Yan
Mo Yan entra en la sala dubitativo, agarrado a su botella de agua mineral y colocándose con torpeza el micrófono. Cualquiera diría que este escritor con cara de luna llena, dedos gorditos y cejas mirando al cielo es la primera vez que da una conferencia. Y, sin embargo, Mo Yan es uno de los escritores más famosos de China, aclamado por la crítica y querido por el público, autor entre otras novelas de Sorgo Rojo.
Al contrario de lo que pasa con otros escritores, conocerle en persona ayuda a adivinar de donde proviene su talento. Mo Yan esquiva los elogios con elegancia, cada tres frases suelta un chiste y rebosa humildad en todas sus palabras. En la mayoría de sus novelas aparecen animales, aspecto que explica con una historia surrealista que a él le parece lo más natural del mundo: “Siempre me he llevado muy bien con los animales. Cuando era pequeño me echaron de la escuela por hablar demasiado, así que me pasé cinco años de mi infancia rodeado de cabras y ovejas. Los animales pueden ser más inteligentes que las personas”.
Mo Yan reniega de los ordenadores para escribir sus libros y todavía se refugia en la pluma en busca de inspiración. Reconoce que hace algunos años escribió algunas novelas desde Word, lo que él llama “el momento más bajo de mi carrera”. Mo Yan necesita sentir los folios en blanco y las manchas de tinta para sentirse cerca de los hombres.
Mientras el público disfruta de uno de los escritores más naturales y graciosos que ha visto en persona, alguien le pregunta por la influencia que el Realismo Mágico, y sobre todo García Márquez, ha tenido en su obra. Ni corto ni perezoso, Mo Yan cuenta su propia historia sobre Cien Años de Soledad: “Lo comencé a leer en 1987... y lo acabé en 2007, sólo porque García Márquez venía a unas conferencias y me daba vergüenza participar en ellas sin haber leído Cien Años de Soledad”.
Así es Mo Yan: cercano, humilde, humano. Como sus novelas.
domingo, 1 de marzo de 2009
lunes, 23 de febrero de 2009
II Cumpleaños: Batido de Visiones
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alberto senante
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