jueves, 7 de febrero de 2008

Personas en el camino

Guangzhou: me alojo en casa de Bangbang, una artista china que parece española: se echa todos los días a las dos de la mañana, se levanta a las doce (“si es que me apetece”) y come a las tres de la tarde. Enseguida me doy cuenta de que lo de artista para ella no es una profesión, sino una forma de vida: hasta verla fumar un cigarrillo se convierte en una representación de teatro. Su cara, llena de pequeñas heridas y cicatrices, le dan un toque de artista caótica, oscura, parecida a las pinturas negras de Goya. De golpe, me dice sin rubor que en ocasiones tiene que ejercer de prostituta para poder pagar la casa. Y entonces me doy cuenta de que estoy visitando el Guangzhou oscuro.

Shenzhen: me encuentro con una chica colombiana (Diana) que trabaja para una empresa estadounidense de ordenadores. Me recibe en esta ciudad apabullante, con sólo 30 años de vida, casi virgen, y que sin embargo parece ya haber envejecido a base de rascacielos y dinero. Diana, de cara tan sonriente y brillante que parece uno de esos soles dibujados por los niños, me enseña que se puede vivir rodeado de hipocresía y dinero y aún así ver la vida como una comedia. “¿Cómo lo haces?”, le pregunto. “¿Cómo consigues seguir bailando con esta música de fondo?”. Y Diana me regala otra sonrisa como respuesta.

Tainan (sur de Taiwan): Kevin, estadounidense y soñador, me viene a buscar en scooter a la estación de trenes. Su vida, complicada como pocas, parece sencilla cuando se contempla con sus lentes: todo parece fácil cuando Kevin está a tu lado. Al llegar a su casa me doy cuenta de que no ha cerrado la puerta con llave, y de que deja fuera su moto, sin candado y con las llaves puestas. “¿Quién sería el cabrón que inventó las llaves?”, me dice en su perfecto español.

Taipei: Chia-Chun estudió ingeniería técnica, y es una de las pocas personas que me ha enseñado que los números pueden hacer mejor a las personas; y que las matemáticas no están reñidas con el arte. De pequeña (seguro que tenía la misma cara redonda y sonrojada que tiene ahora) hacía ejercicios de Tai-chi en el patio de su casa, y ahora es voluntaria (¡“tengo mucho tiempo libre”!) en la biblioteca de su pueblo. Con 30 años, todavía está encantanda de vivir con su familia (los abuelos en el primer piso, ella en el segundo, los tíos en el tercero y sus padres en el cuarto). Pero lo que más le gusta (y me lo confiesa muy seria, como si fuera una ministro) es su trabajo: “Enseño a los niños a utilizar los LEGO”. Y es feliz porque sabe que tiene el mejor trabajo del mundo.

lunes, 28 de enero de 2008

De viaje: Pekín, Guangzhou, Shenzhen, Taipei

Pekín, en la estación de trenes más grande de Asia. Miles de personas cruzan sus caminos y sus deseos, sus lugares de origen con su próximo destino. Un lugar donde asombrarse con la inmensidad de China: pequineses que van a Shanghai, gentes de Xinjiang que vuelven a sus hogares, niños de Guangdong que echan de menos a sus abuelas. En la estación, algunos mayores comen palos de caramelo, cientos de bolsas gigantes de cuadros forman montañas en el suelo, y en las esquinas se juega a las cartas.

Rostros pálidos y casi negros, miradas perdidas y soñadoras, acentos de Henán y de Cantón, perillas con bigote, mayores todavía imberbes. Una estación que respira humanidad en cada uno de sus metros cuadrados, y donde parece posible que, de un momento a otro, en los pasillos, una mujer vaya a dar a luz frente a miles de personas.


Guangzhou, una ciudad de andar por casa. Un lugar donde “La Plaza del Pueblo” no es sólo un nombre propio, sino una realidad llena de sentido. En esta plaza se improvisa todos los días una especie de circo entre vecinos: con clases de baile, un coro, ejercicios con espada, práctica de artes marciales y conciertos de música tradicional. Un lugar donde la frontera entre el hogar y la calle parece haber desparecido. Una ciudad de siete millones de personas donde los vecinos todavía bajan en pijama y zapatillas a la calle.


Shenzhen, un museo de almohadas. La cultura china llegó a ser tan refinada que la decoración de almohadas se convirtió en un arte. De cerámica o de jade, blancas, verdes o amarillas. Algunas adoptaban la forma de un tigre para proteger al que dormía; en otras se escribían poemas para poder leerlos antes de irse a la cama.


Taipei, un apartamento de estudiantes. Conviven en la casa una taiwanesa, un japonés y dos españolas. Al grupo nos unimos otras ocho personas, cada uno de un país distinto, convirtiendo la casa en una mini reunión de Naciones Unidas. Hablamos de un país y de otro, de diferencias y estereotipos. Mientras, fumamos tabaco de Estados Unidos, bebemos cerveza de Japón y comemos jamón serrano de España.

En medio del humo y las cervezas vacías, de pronto se hace el silencio. Suena una canción japonesa en la cadena de música. Nuestro amigo japonés, con los ojos mirando al techo, comienza a cantar con una voz profunda hasta entonces desconocida. El resto, asombrados, escuchamos en silencio. Él no nos explica nada. Tan sólo señala la cadena de música con una mano y se toca el pecho con la otra. Y mientras su voz y la música toman la habitación, tal vez se acuerda de su primer beso, de aquel adiós que no tuvo tiempo a decir, de esa persona a la que todavía ama en secreto. La canción es en japonés y ninguno entiende la letra; pero todos comprendemos algo.

lunes, 21 de enero de 2008

Bostezos de Madrid

No está mal madrugar en Madrid, uno se siente acompañado. De lunes a viernes, hay un tiempo en el que la ciudad se despereza, estira los brazos. Sale de los portales, apura el café, ojea el periódico, se quita las legañas. Las luces son débiles, y Madrid marcha resignada a la obligación, deambulando encogida a ritmo de bostezo.

Los niños de todas las pieles revolotean a las puertas de los colegios, tras despedirse de sus padres en doble fila. En el metro, hay quien improvisa una almohada colgando el brazo de la barra. Otros leen medios capítulos de novelas y reglamentos. Junto a estudiantes que repasan las características del arte visigodo mientras escuchan sus ipods. Los tornos se presentan como los brazos ejecutores del pensamiento único -por donde todos pasamos-, y uno acaba sintiéndose en un hormiguero sin salida.

Pero en medio de esos bostezos pragmáticos, surge el empeño por seguir siendo humanos. Muchos aguantan las pesadas puertas del metro hasta que llega el siguiente. Un camarero, convertido en héroe, devuelve el cambio con un “que pases un buen día”, aliviando la barbarie que supone desayunar en un transbordo. Y desde las ventanas del Cercanías miramos las luces que se apagan, nostálgicos de nadie sabe cuándo.

Algunos madrileños, nietos de campesinos, todavía creen escuchar el sonido del gallo al despertar. Los funcionarios se aferran a las sábanas como en su primer día de colegio. Al abrir los ojos, cada uno piensa en su idioma, y se da cuenta que soñó con las expresiones de su barrio. En los bares Antonio lo de siempre, y el kioskero resume la actualidad con refranes centenarios. Enfrente, un desconocido se despereza, y al cruzarse las miradas somnolientas dan ganas de saludarse.

La capital bosteza, y en ese gesto enseña los pueblos que lleva dentro.


En cambio, en la mañana del domingo la vida es siempre tan reciente, tan croissant, tan a rayas. Con esa luz de seda a punto de romperse. Y es ahí cuando suceden los milagros, los abrazos infinitos, el amor en los portales; y al final del Paseo, un primer beso envuelto en bicicletas, como dos submarinistas en medio de un banco de peces plateados.

miércoles, 9 de enero de 2008

lunes, 7 de enero de 2008

Encuentro en el camino

lunes, 31 de diciembre de 2007

Un 25 de diciembre con sabor a 4 de febrero

25 de diciembre. Las calles de Pekín se despiertan atascadas con cientos de coches. En la Universidad, los estudiantes se agolpan en la biblioteca para preparar sus exámenes. A la una de la tarde, el telediario vuelve a ser tan aburrido como de costumbre: el presidente de China “inaugura un pantano”, una nueva empresa estadounidense llega a Shanghai, otra autopista que se construye a cientos de kilómetros de la capital.

1 de enero. El tenderete de debajo de mi casa prepara pinchos desde las siete de la mañana. El profesor de expresión escrita llega puntual, a las ocho. Antes de ir a trabajar, las parejas se separan en sus casas con una caricia. Y algunos niños lloran en la guardería cuando sus padres les sueltan de la mano.

Ni anuncios de Navidad, ni cordero, ni lucecitas por la calle. Ni sopa de marisco ni los mazapanes de la abuela. Ni cestas de la compra ni “hay que ver lo caros que están los langostinos este año”. El teléfono no suena más de lo habitual en casa y no se escuchan villancicos en los supermercados. Nadie grita por las calles “Feliz Navidad”; y el viejo Papá Noel, presente en algunas tiendas y con ojos achinados, parece más cansado que de costumbre.

Ni uvas ni campanas. Ni Ramón García en la televisión ni vestirse de gala la noche del 31. No hay fiestas con barra libre ni sonrisas al abrir las botellas de champán. Ni fuegos artificiales ni fotografías. No se escucha el “qué rápido pasa el tiempo”; ni hay momentos para el "a ver si el año que viene dejo de fumar”. No hay resaca monumental, ni películas maratonianas la tarde del 1 de enero.

Y, por encima de todo, naturalidad. Aceptación. Como si, por un año, la Navidad no existiese. Y esto fuera lo más normal del mundo.

lunes, 10 de diciembre de 2007

China en color



lunes, 3 de diciembre de 2007

La ciudad ocupada


La ciudad estaba ocupada. Sitiada por un ejército de instantes que revoloteaban entre las piernas a cada paso. La ciudad entera sumergida; tan empapada de invasión que era imposible salir a la calle sin mojarse.

La ocupación sucedió deprisa, cuestión de semanas. Profunda e inevitable como un cambio de estaciones. Y con más dolor que miedo. Con más miedo que lamento. Indefensa, la ciudad aceptó su propia conquista.

La ciudad fue ocupada desde el primer bostezo hasta el vaivén de los columpios inútiles por la noche. Invadida en sus últimos rincones: la estela de las bicicletas, la corteza de los árboles, el borde de las almohadas. La ocupación se colaba entre las rendijas que dejan abiertas las canciones, los diálogos de las novelas. Se apoderó de la espera en los andenes y el perfume de castañas. Incluso cambió el alma de las calles, como hace la nieve con los parques. Y como pasa siempre cuando nieva, pareció que todo sucedía por primera vez.

El caos tomó la ciudad. La invasión instaló túneles de tiempo como otra red de metro. Las ventanas de las buhardillas reflejaban el futuro. En los restaurantes indios el postre se tomaba en Calcuta. Y en la confusión, podías quedarte encerrado en una caja de galletas, mientras paseabas distraído por el centro.

En las plazas no cabía otro recuerdo. No podías sentarte en ningún banco, ir a ningún teatro, porque estaban repletos de suspiros. El ejército había tomado posiciones en las salidas del metro, en los miradores y los tejados, en cada camino de vuelta a casa; y por la tarde disparaba con el viento, camuflado entre los destellos de las hojas.

Sólo quedaba rendirse sin condiciones. La ciudad estaba ocupada. Toda Madrid asediada por un solo deseo, una sola piel, una sola ausencia.



“tú me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas”
Silvio Rodríguez